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PERSONAJES

LA JOYA

INGA C

 

 

 

«De día unas aves petrificadas fantásticas volaban

En la selva petrificada, y

Unos cocodrilos enjoyados centelleaban como

Salamandras heráldicas a orillas

Del río cristalino.

De noche el hombre iluminado

Corría entre los árboles,

Los brazos como ruedas de un carro de oro,

La cabeza como una corona espectral…»

El Mundo de Cristal, J. G. Ballard.

 

 

 

«Si en tu cabeza tan ingeniosa no moran tonterías y eres más bien la cordura personificada, y así lo parece en este momento, puedes subir.»

Microgramas, Robert Walser.

 

 

«Primero flotó en un océano helado las puntas de los zapatos surgiendo de la espuma en dos icebergs y pedazos de hielo desgarraron medusas y crujieron contra él y luces resbalaron desde las crestas de las olas rasgándolas y rompieron contra él. Después amaneceres sin frío. El ojo echado en el vaso solía parpadear fatigado hasta la parálisis. Tardes hundidas agonizando sin calor frente al vaso abollado hacían brotar la frente furiosa de un cachalote. Después las noches se conglomeraron en cristales de sal negra sin refinar sin amargura. Estrellas derrapando abatidas traían tufillo de gaviotas electrificadas lanzando chispas al pavimento. Úlceras cristalizadas reverberaron para siempre instaladas en los bordes del mundo y se desmoronaron relámpagos aparatosamente en chancros metálicos sobre la tierra húmeda y dorada. Coágulos de hielo borboteó el cielo oprimiendo su deslumbrante piltrafa. Sin vacilar La Joya dio un traspié en el barro haciendo graznar una piedra. Su osamenta restalló despanzurrando rocas colosales y tripas y petróleo. Los ecos violándose entre sí vomitaron esquirlas estelares y alaridos tintinearon ebrios el cráneo recubierto de copas trizadas. Resolló sin atisbo de ansia ráfagas que derritieron la majestad trasnochada de las montañas y escalofríos escupieron dientes astillados contra las manos crispadas. La Joya abismada imitó un cuchillo guiñando oscuridad medio hueca que colapsó el ambiente. Baboso de fracturas balbucea y modula iridiscencias y prismas de sangre y bilis sofocan la garganta y astillas rojas verdes azules incrustadas se pierden en la boca. Es esta atmósfera percute huesos la que calibrará el dispositivo de los reflejos en el espacio.

 La caída no es más que el prolapso anal de un diamante…»

  Estupor de la piedra preciosa, Lorna Derec.

 

 

 

Oscuridad. Se oye, profunda y larga, una sucia inhalación. Queda a medias el silencio. Cerca, una rana croa un eructo. Sigue la respectiva exhalación fracturada por una risa ahogada. Otra rana responde, distante. El aliento expulsado va agotándose hasta extinguirse. Las ranas comienzan a expresarse a intervalos impredecibles. Uno que otro grillo matiza; el trino de un pájaro desconocido que rebota en las montañas demasiado tarde para recordar su procedencia; rocas y piedrecillas desprendiéndose a ritmos inciertos.

LA JOYA: El sol se esfumó. Se fue dejando su estela brillante de gran babosa. En todo. En ti y en mí. Sí… En ti y en mí… Arriba un pájaro se hunde en una mancha de oscuridad, y es todo. Lo seguí. Él me siguió. Nos seguimos. Nos perdimos de vista. Listo. Empiezan a prenderse las luces de la ciudad; la reverberación eléctrica hincha el follaje de los árboles, abajo en el horizonte. Radiaciones verdosas de tubos fluorescentes luchan -¿se aparean?-… con rasguños de neón rojo, morado, azul. Todos esos resplandores laten como golpes en la cabeza… Cada dolor tiene su destello. Acá, la penumbra se estrangula en un parpadeo que ahoga a otro parpadeo, a otro parpadeo,  a otro, y a otro. Así se ve… Las pupilas muerden las manchas en los ojos. Así se siente… (Un lobo sin carácter, aúlla.) – ¿Te ha pasado?… ¿Has sacudido la cabeza cantando para borrar lo que te avergüenza?… (Risilla.) –Te conozco… Sí. Te conozco… Una tiniebla va a lavar a la otra, así como las manos por todo lo que dure la vida… La noche se instaló al fin y al cabo. Fin del proceso. (Se alza un coro de grillos.) –No recuerdo cómo es la oscuridad totalmente negra porque jamás he visto oscuridad totalmente negra, sin manchas, sin espectros luminosos. Sólo imagino cómo debería ser una noche absolutamente negra. Nada más… Es lo último que digo sobre la oscuridad… Me acuerdo, cuando era un jovenzuelo, hubo un gran apagón, y una mujer estaba sentada junto a mí, sin percatarse de mí… Tenía las piernas cruzadas, un muslo amasando al otro, lentamente. Y cuando se cortó la luz quedó guiñando la imagen de sus muslos, frotándose, alejándose en la oscuridad, en medio de los alaridos emocionados de la multitud. Cerré los ojos para limpiar la mancha que siguió latiendo, pero los muslos insistieron en intermitir su fantasma en la oscuridad dentro de mí… ¿Te ha pasado? ¿Que  de repente en la sombra aparece guiñando el alma perdida de viejos recuerdos?… Ahora mismo veo los muslos: ¡sí!, se alejan haciéndose pequeños… Listo. Se fueron. (Suspiro.) –Todos estos fenómenos traen a mi memoria noches adolescentes, donde todo era tan… ¿tosco?… ¿crudo?… Cuando la oscuridad coagula de golpe el cuerpo automáticamente se instala en esa incertidumbre; esa incertidumbre -es lo que digo-; una crispación que varía de intensidad, pero nunca afloja… Acecha, olfatea… Y se hace el silencio. Se hace, literalmente, porque los cuerpos lo fabrican, lo mismo que un zorrillo expulsa su fetidez. Ambos dispositivos, el silencioso y el corporal, se retroalimentan disparando su producción; a mayor silencio se incrementa el sonido, y si  aumenta el sonido se hincha el silencio -más claro sería grotesco-… Entonces en esta atmósfera de mutua colaboración comienzan a oírse -no iré en orden de intensidad-: suspiros, risillas, respiraciones agitadas, saliva siendo tragada, saliva siendo expulsada  -goteando, por supuesto- labios que se separan húmedos, que se separan secos -creo que se le llama chasquido-, narices obstruidas, ropa rosándose con otra ropa, con pieles, manos que rascan, soban, palmean, ruidos insólitos de gargantas extrañas, toses, silbidos, tripas que reprimen gases y tripas que no reprimen nada, en menor cifra interjecciones y muy raramente una grosería exasperada. El sonido que prefiero es el de alguien que se ha excitado estimulado por las especulaciones y no se da cuenta, sumido en un trance, que jadea ruidosamente, sin saber que está siendo escuchado, juzgado, o siendo motivo de burlas y comentarios maliciosos -o todas las anteriores, la gente no escatima en infamia-, lo que da más variedad al ambiente sonoro. En ocasiones, hay otros que solidarizan y terminan excitándose, también, pero con mayor control, con un refinado sentido del decoro… Creo que esas personas se oyen más salvajes cuando pretenden erigirse como guardianes de su voluptuosidad… A mí me parece… Y la oscuridad termina latiendo al ritmo de corazones extraviados que patean con fuerza… Cuando digo excitación, me refiero a la sublevación de lo carnal, a la concupiscencia. Ante la oscuridad hay quienes se duermen, o simplemente se quedan vagando sin reflexión o imaginación, porque han levantado su vida sobre la experiencia concreta de lo visual. Personalmente a mí me gustan todas las experiencias… Yo podría reconocer tu resuello entre la multitud, ¿sabes?… Provengo de una familia amorosa y delicada, de un ambiente muy sensual; mi madre me dejaba beber agua de sus clavículas y de su ombligo… Y un domingo por la mañana me dejó succionar sus pezones para constatar que no le quedaba leche… No es un recuerdo de resonancia psicoanalítica… Sólo pezones resecos y ya. Fin… Un fenómeno libera a otro, eso tiene un nombre; no me acuerdo… En los paisajes rurales y montañeses no se da esta interacción de la que hablo… Me refiero a la relación pactada tácitamente por los cuerpos. La flora y la fauna hacen lo que se les plazca. Ahí está esa vaca oliendo su boñiga, rumiando una abstracción, si es que el instinto logra abstraerse -yo creo que sí-; abajo, los escarabajos peloteros empujando su basura; unos centímetros a la derecha, el cuerpo de un ratón recubierto de larvas y gusanos; pájaros aleteando en sus ramas amenazando con emprender el vuelo, pero finalmente durmiéndose; un caballo tratando de montar a otro; y los pequeños cánidos, felinos, roedores, etcétera, de siempre. Ah, y más arriba en los escarpados, cabras manteniendo el equilibrio… Su equilibrio. Y no me olvido de las luciérnagas. No las veo ahora pero deben estar por ahí… Cada animal está en lo suyo practicando la indiferencia como lo hacía Duchamp. Eso decía Duchamp, que practicaba la indiferencia… Ninguno aguarda emocionado la salida de la luna -que debe estar por asomar- ninguno piensa en la muerte ni en los dividendos que ofrece la vida… Sólo duran lo que tienen que durar, sin desesperación, contradicciones, sin… No me convence el tono de este cacareo… Lo que trato de decir es que todos los que coexistimos en este paisaje asistimos a un rito arcaico, chapucero y olvidado, esos que la naturaleza pergeña y desecha, arrojándolo como una bolita de papel al basurero del mundo, demasiado descabellado para ser comprendido en lo que dura la existencia… Creo que no llego… Lo que estoy intentando transmitir es que este puñado de criaturas ni siquiera sabe que existen, y en eso se parecen a mí que hace tiempo dejé de saber que sabía que existía o que, en general, sabía algo… Y por abatimiento nos entregamos al ruido y al resplandor y a la oscuridad, sin azar ni destino… Esta forma aforística es la más apropiada cuando uno no sabe de qué está hablando… Si fuese alguien embutido en lo poético, como tú, podría expresar con vehemencia lírica los pensamientos de este instante… Una vez que las personas se enteran que fueron presentidas y absorbidas por medio de su aura sonora, tienen la opción de plegarse o replegarse, así como una mano que aprieta o suelta… La energía en una u otra acción va a depender de qué tan percibida la persona se sienta… Se perciba percibida en la percepción de un segundo y un tercero… Entonces adoptan otra serie de posturas; la musculatura hace lo que se le antoja, lo mismo la osamenta -obvio-, las extremidades, los órganos en general, buscan nuevas formas de asociación, y las pieles se aflojan y los recovecos emanan sus fragancias, a pesar de maquillajes, jabones, perfumes, lociones. Se huelen pliegues húmedos, afiebrados; glándulas hirviendo en efluvios hormonales, genitales chapoteando en distintas superficies textiles -con ropa interior o sin ropa interior-; las axilas, siempre indomables, se reactivan virulentas; toda la variedad de tufillos derivados de la ingesta de alimentos, o la falta de alimentos -aludo al tufo deprimente del hambre-,y también el aliento de los temperamentos nerviosos que arroja una pestilencia insoportable a intestinos corruptos; además, pieles con crema para las hemorroides, hongos genitales, eczemas, psoriasis; anos, vaginas, penes, en todas las situaciones higiénicas y pervertidas imaginables, impregnados de fluidos, de látex con lubricantes, empapados de saliva, lenguas con restos de comida, de papeles, de sangre; o también alguien que olvidó quitarse el preservativo o le gusta dejárselo puesto -todo puede ser detectado si aguzas la nariz-; y, etcétera, etcétera, etcétera, úteros y estómagos alterados, sobreexplotados, y así… (Largo rumor de la brisa en el ramaje.) –Son cosas que sé por ciertas lecturas, y un puñado de experiencias furtivas… (Suspiro.) –Ah, el viejo aprendizaje… Yo podría reconocer tu aroma en un oleaje de sombras transpiradas… Creo que te he olido en todos los contextos posibles.

El viento mece el ramaje de los árboles. Se descuelgan fugaces algunos rayos lunares insinuando las formas de La Joya, encuclillada. Desaparecen dejando una leve claridad.

LA JOYA: Claridad lunar, qué salvaje y tersa eres… Es parecida al éxtasis, ¿cierto?… Más fulminante que el éxtasis que abisma a los santos… Es otra actitud la de la luna… Con el sol veo todo blanco, de un blanco absoluto, sin manchas, ¿sabías?… La luz solar se me ha hecho espantosa… Pero la luna… Es otra cosa… Me gustaría quitarme la ropa, pero quiero dejarlo para después, como gran final. Quitármela sin explicaciones, sin afectación… (Una vaca muge.) –Lorna… ¿Sabes dónde estoy, qué estoy haciendo? Estoy esperándote, me estoy tocando sugestivamente pensando en tus particularidades psicológicas y físicas… Contigo puedo ser espontáneo, ¿te has dado cuenta?… (La Joya se condensa. La atmósfera fluctúa. Extático. Se «escapa», medio borracho.) – ¡Oh!… Las estrellas se ven como gigantescas arañas arreboladas y cargadas de rutilantes abalorios pendiendo de la bóveda jaspeada de galaxias, escupiendo su fulgor en todas direcciones, conglomerando la leche cristaloide de la vía láctea en cubos de materia iridiscente capaz de arrullar antimateria, que se curva en luctuosas fluctuaciones del espacio tiempo, tejiendo redes destellantes entre sensibilidades interplanetarias donde el paso de los cometas se asemeja a diamantinos chorros de semen… Y aquí debajo de todo aquello, luciérnagas encolerizadas por mis melosos cánticos redoblan el fuego de sus traseros -¿por qué me obsesionan las luciérnagas?-… Y las luciérnagas encolerizadas aunque absortas ante la belleza cruel de mis ojos, puesto que mis ojos robaron y perfeccionaron su fulgor, el de las luciérnagas, multiplicándolo como una infección de destellos que haría sollozar y babear el cuello enjoyado de los aristócratas petrificados en su relumbrante esnobismo… Estos complejos prismas incrustados en mi cráneo, como dos gemas que violaron primorosamente el concepto de plusvalía, y que me hacen recordar una obra de arte muy moderna de un tal Damien Hirst, melancolizan y deprimen, anímicamente, las iridiscencias que supura el frío glacial que ornamenta con fausto la cabeza de las montañas, donde los arrieros con sus cabras se abisman hipnotizados por la asaz obscenidad de los milagros inalcanzables… ¿Sí? ¡¿Sí?! ¿Te toca mi potencia? ¡¿Te llega algo?! (Risa.) –Soy un anticuado…

La Joya canta una canción sin letra. Se calla. Desenrosca su petaca y se inclina para echarse un largo lingotazo. El choque del líquido al volver al fondo libera un blup.

LA JOYA: (Canturrea.) –Tocándome, tras el follaje, en el ramaje, bajo el sauce… (Un coyote ladra, muy lejos. Un rayo de luna cae a sus pies.) – ¿Lorna?… ¿Estás cerca?… A mí no me desagradan los olores de la carne. Al contrario, me rellenan del anhelo de las cosas que tuve… Añoranza de cosas que no existen y que nunca existirán… Por mi parte hace tiempo expulsé mis últimas fragancias. Nunca más volvieron. Ahora no transpiro, no huelo, no excreto… soy una substancia insípida, inodora, sin temperatura… No secreto. Ningún animal puede presentirme; puedo caminar tranquilamente en la oscuridad ignorando la presencia de las fieras. Tampoco los mosquitos me pican; ni un perro me ladra, ni hablar de una mordida… Cuando bajaba mi cierre para orinar, o simplemente para ventilarme, mi pubis liberaba un perfume que se podía oler en todo el parque. Lo notaba porque los perros ladraban enloquecidos como si se les hubiera aparecido el diablo, y los amantes que se magreaban soltaban carcajadas y chillidos lascivos como si estuviesen en una orgía… (Bebe.) – ¿Quieres un traguito?… Ya no logro emborracharme. Lo descubrí poco después de perder mis olores, cuando traté de consolarme con una fila de vasos… Esta asepsia tiene sus ventajas para el amor… Lorna, adorada, a veces no sé muy bien cuál es el orden de lo que estoy hablando y cómo lo estoy hablando. Pierdo el hilo de la acción: no sé cuál es el hilo; ni idea de la acción… El hilo del hilo, la acción de la acción… Los sonidos y los olores de la raza humana, al fin y al cabo, son cuestiones que no me importan; les doy vuelta por costumbre, para reírnos… Y apenas has sonreído, y admito que eso me gusta… (Tiempo.) – ¡¿Ni siquiera has sonreído?!… Me gusta de todos modos… Vengo de una familia jovial con mucho sentido del humor. Siempre que uno abría una puerta, alguien te asustaba o te caía en la cabeza un cubo con agua, no importaba que fuera invierno… Así mi abuelo murió de pulmonía. Todos estábamos contentos alrededor del ataúd… Ah, días de infancia… (Mareado de alcohol.) –Qué más da. Calma… Lorna, ¿qué es lo poético?… ¿Qué hace la poesía, Lorna?… ¿Lorna?… Cuando se acabó la primera parte de mi vida quise evadirme en lo poético, pero lo poético y sus trucos fueron incapaces de expresar la existencia de esto…  De denunciar esto, acusarlo… Esto de acá que soy yo… Mi pobre guiñapo… Dejé de ser una experiencia humana… Totalmente humana… Esta asepsia desinfecta el amor y lo vuelve puro, te lo puedo probar… Dejar de ser una experiencia humana, totalmente humana, ¿no es conveniente? ¿No es lo que todos desean inconscientemente, sacudirse lo humano? Yo era de esa clase humana de una ferocidad excepcional. En todos los sentidos… Aunque entré tarde a la lujuria… La lujuria; un asunto con demasiadas aristas… (Suspiro.) –Soy un alambique que no destila: el vidrio reseco, mellado, a partes trizado, las tripas serpentines, el seso una caldera vacía… Este tópico del alambique lo único que hace es realzar el halo anticuado que me corroe, y me veo fuera de tiempo, desactualizado, sin interacción, como si mi conocimiento fuese la herencia de una dinastía de campesinos donde se practica la endogamia… Pero es tan agradable palpar mi protuberancia desnudo tras el follaje… Lorna, ¿te fuiste?… (Un búho.) –Oh, estás aquí… Aunque me veas limpio de lo humano, sin olor ni sabor, yo te huelo y te saboreo… Te veo… Yo sé cómo comes. Sé cómo duermes. Sé cómo y dónde defecas, en qué divagas cuando orinas… Yo sé cómo te masturbas. Sé dónde estás y dónde no estás.

Claro de luna. La Joya se prende: está visiblemente borracho, sucio y ensangrentado. Su traje de fiesta luce toda clase de manchas, sobre todo en el cuello y alrededor del cierre del pantalón. En la pantorrilla tiene una mordida ensangrentada y reseca. Mira fijamente un punto en el espacio.

LA JOYA: Aquí estoy yo. No soy una alucinación. Es al revés… Calma. Tampoco soy una cosa sobresaliente o inesperada, lo sé -aunque a veces puedo lucir extravagante-… Soy corriente como el perro de hocico largo y orejas puntiagudas. Cola respingada. Ladrido chillón… Me gustan las digresiones… Confío en que usar esta palabra va a cambiar la impresión que puedas tener de mí… Las digresiones revelan poca inteligencia… Si se piensa de otro modo, la digresión significa que un alma está intentando acercarse a otra alma desde distintos lugares. Es una forma de conocer a una persona cuando no se sabe lo que esa persona es… (Sonríe.) –Adoro este momento… Provengo de una familia amorosa y jovial de naturaleza nocturna… Antes de atreverme a aparecer ante ti me propuse elegir un… ¿suceso?… sí, un suceso insistente en mi memoria, que fuese capaz de dar una idea precisa de mí -echando abajo los prejuicios-, de mis fantasías, mis sentimientos, mi deseo -lo animal-… Fue difícil porque hablar de algo así puede resultar confuso, inducir ideas contradictorias en quien escucha… (Suspiro.) –Aquí voy: algunas noches me posee un sobrecogedor ensueño: estoy solo, templado, me siento liviano, un rayo de luz débil me ilumina, estoy de rodillas en mi cama sintiéndome desnudo, pero un vestido corto ciñe mis muslos, mis muslos bien formados y tonificados oprimidos por el vestido -algo como un corpiño asfixiando el abdomen-; digo oprimido porque creo que mis muslos son lo único joven que todavía poseo -no sé qué tiene que ver, pero creo que hay una relación entre lo joven y lo oprimido que no puedo explicar ahora-, entonces, de pronto, una mano blanca con uñas de un rojo desconocido aparece, levanta el vestido, hurga, separa mis muslos, pacientemente, y luego se dedica a sostener suavemente mi escroto (ilustra con la mano.)(sin aliento.) –Sólo eso: sostiene. Tranquilamente. No es algo que me altere, al revés: me tranquiliza, me hace olvidar. Y me quedo de rodillas en la cama, sin memoria, sin preguntas. Sin aliento… Fin. Las últimas noches han sido agobiantes -no he dormido-, tratando de encontrar algo que confiarte como ofrenda de mi adoración, sin divagaciones, en medio del fragor del cuerpo que quiere penetrar el espíritu que a su vez se niega a que lo penetren, y el espíritu queriendo tomar por la fuerza al cuerpo que se resiste… (Encantador.) –Es la sensación general que he tenido los últimos años de mi vida… Mi imagen con un vestido ajustado, de rodillas sobre la cama, se combina con una serie de episodios extrasensoriales -no sé cómo llamarlos-, de este estilo; el olor de un juguete a la hora de la siesta; una brisa desinflada y distante rosa mis mejillas y refresca mis gónadas; una pátina verde que me recubre y libera escalofríos en mi piel (gesto y sonido.); –una canción que canto con los ojos cerrados, y que cuando los abro desaparece dejando únicamente la letra sin consonantes… (Montado en su relato.) –Y labios rojos, dulces y brillantes -que brotan de ninguna parte- que lamen y besan mi pene como si no fuese un pene. No como se lame un pene cuando uno está avanzado en la tradición del placer y ha perdido imaginación y espontaneidad… Me refiero al caso puntual de los que lamen penes a menudo -creo que yo podría hacerlo a diario hasta perfeccionar la técnica y hacerla fresca-… (Piensa.) –Lamieron y besaron porque era su necesidad desesperada de expresión besar y lamer; sin gestos lascivos, sin ruidos guturales… (Ojos cerrados.) –Mi cerebro vaga al ritmo de una vieja tonada… Todos estos sucesos que no son recuerdos me hacen entrar a esta noche con la sensación de que será una noche sin final… (Conmovido.) –Oh… Alguna vez mi corazón azotó mi cuerpo… Una vez todo adentro de mí azotó mi cuerpo… Y… (Se paraliza.) – ¿Eso fue un parpadeo?… Parpadeaste… ¿Se pone la luna detrás de mi cabeza?… (Se gira. Vuelve.) –Mira, el viento sacude las ropas de fiesta, sube faldas, arranca sombreros, el sol se pone y las gaviotas van dando gritos hacia él… Escucha, las sirenas de los barcos en la niebla, amor mío, y el zumbido de los postes de telégrafo… (Para sí.) –Una historia es una cadena despreciable de acciones, exhumada de una tumba de creencias anticuadas… ¡Qué horrible!… No es una sentencia. Tampoco una cita. (Acecha.) –No tengas vergüenza de que te escuche jadear o tragar saliva; compartimos un modesto ardor, no sabes qué sentir, y eso es lo emocionante. Yo te entiendo, te siento. Confía. Me tienes, Lorna, soy tuyo… Cuando te descubrí pensé que podías tener entre quince y sesenta y cinco años, y no sabía cuál era tu sexo; esos detallitos de tu aspecto me atravesaron -y con qué furia me atravesaron-… Tengo la certeza de haberte deseado desde siempre… (Disimula un eructo.) –Me fascina el verde pálido de tu piel, más verde cerca de la boca que luce el color de labios de un ahogado; tu cabellera tupida, caliente, debe ser como meter la mano en una olla donde se cocina mermelada de moras… Y tu esqueleto que no tolera la elasticidad, y que me empuja a fantasear con dos o tres posturas sexuales, sólo dos o tres; estoy seguro que no necesitamos más… Perdona mi torpeza, pero nunca he podido (gesto.)… –Vivir en lo poético… Y… Y… (Lee de la palma de su mano.) –Tu voz cascada le da un efecto hechizante a tus poemas, como si estuviesen grabados en un disco rayado… Y cuando sonríes tu boca es una herida que se abre y que hiere, y que de todas formas me hierve… Quiero decirte algo sin doble intención: Mi pene brilla en la noche como un sueño de hielo, como un cuento transformado en un castillo encantado… (Ríe.) –Gracias, gracias, tú sí que eres una compañía animada… (Tenso. Un trino cerca.) – ¿Y yo? ¿Qué piensas de mí?… Oh, ¿te diste cuenta?: me consume un tipo mediocre y asqueroso de destrucción, lo llamo degradación… Tengo muchos defectos, pero el que no tiene perdón es que, lamentablemente, no hay nada atractivo en mis agujeros existenciales… (Un estremecimiento.) –Nos están mirando, vienen a buscarte… (Un temblor en la barbilla.) – ¡Llévame!… No vuelvas sola a tu burbuja, Lorna… No esta noche, por favor… (Tirita reteniendo lágrimas.) –Si nos hubiésemos llevado bien, habríamos dado un paseo hacia la noche -¡me produces tanta curiosidad!-, y yo te hubiese explicado como en la segunda parte de mi vida…

Suena Inga c.: «¡Pst!… Pssst… ¡Hey!».

LA JOYA: (Escucha; apenas reacciona. Enardecido.) –En esa parte de mi vida… (A «otro».) – ¡Tú! ¡Oye tú! ¡Sí, tú!… No finjas que lees las etiquetas de las botellas para llenarte el vaso… ¡Asquerosa rata oportunista!… ¡No eres más que una porquería vergonzosa para los colegas!… (Medio en sí.) –Si hubiésemos ido a pasear hacia la noche, todas las noches a la medianoche, habría hecho una descripción (Gesto.)… – ¡Detallada y arrebatadora!… De cómo por una, ¡una!, mordida desapareció el misterio que gobernaba a la primera parte de mi vida… (Desbaratándose.) –Esa primera parte de mi vida que me hizo vivir cosas que ahora no tengo y extraño desesperadamente…

INGA C.: Hey, amigo… ¡Amigo!… ¿Puedes hablar más despacio o quedarte completamente callado?

LA JOYA: (Violento.) – ¡Qué!… Sigan bailando… ¡Sigan bailando!… (Lleva el compás con las palmas.) – ¡A bailar todos! Mírense coquetos, abrácense, hagan una reverencia… ¡La reverencia!… (Progresivamente fuera de sí.) –Te conozco. Esto te va a interesar, yo te voy a interesar, te vas a emocionar como nunca… Estuve las primeras horas esperándote al lado de las sillas vacías, el viento estaba frío, y yo salí tan desabrigado y eufórico (Gesto.)… –Adornaban la mesa y ponían bandejas con comida, estaban las cosas que yo necesitaba, pero pensaba en ti y no en las bandejas… Y todo este grupo de gente despreciable, y por lo mismo tan conmovedor, bailaba la música de los discos rayados… ¡Y tú y yo también somos miserables y conmovedores y los discos siguen girando para nosotros!…

INGA C.: ¡Muchacho, qué pasa!… ¡Joven!… Necesito que te tranquilices o voy a tener que tomar medidas…

LA JOYA: (Rápido vistazo a su alrededor. Progresivamente frenético.) – ¿Sabes qué pensamiento brota cuando veo a alguien como tú? -sí, a alguien como tú y no a otro-, que el mundo no deja de asombrarme…. Está soplando… Yo puedo soplar… La digresión es lo único que nos permite ver a otra alma desde adentro de la propia alma… ¡Soy un movimiento!… Pero un movimiento que sólo ¡tú! puedes atrapar, sin significado, sin trazo, un movimiento imprevisible y sólo tú (Gestos.)… – ¡Sentir!… Yo no voy a modificar nada de ti, sólo quiero transmitirte una fantástica vibración para toda la vida… Me voy a poner de rodillas (va a arrodillarse pero no lo hace.), –por horas -no me duelen las rodillas-, y te miro fijamente, y está cálido y mis manos tocan tus muslos, tú misma te pegas a mí… Bajo tus pantalones despacio, después tus calzones, pero ya sé que esta noche no te pusiste porque los viernes te gusta salir sin calzones; puedo hacer este movimiento sin asustarte; estoy hechizado pero soy confiable, arrasado por esta pasión que me retuerce… (Va tambaleándose.) –Huelo tu pubis, tus pelos me hacen cosquillas en la nariz, beso tus ingles, soy un movimiento ideal, soy el ideal sin ideales, algo extraño que no provoca extrañeza… ¡Suavemente soplo tu vagina, la abro con la lengua!… Con el dedo meñique hago movimientos circulares controlando la presión… Hago lo que me pidas; si quieres puedes tenderte en la hierba y hundir tu mano en el arroyo mientras yo estampo palabras en tus labios menores, y puedes cantar y mirar el trigo meciéndose con el viento… El mundo pude ser una gran cosa misteriosa sin fin  y tú puedes ir a donde se te dé la gana…

Llora, besa, extasiado. Entra una mano enguantada a su espacio inmediato. Baja por su pecho palpándolo hasta llegar a su pubis. Sostiene su escroto: La Joya se paraliza y emite frases ininteligibles. La mano sube y retuerce dolorosamente una patilla, sacándolo lentamente de su trance, instalándolo aparatosamente en un estado que mezcla sopor alcohólico y alerta.

INGA C.: (Susurra.) – ¡¿Estás hablando conmigo, amigo?!… Qué te pasa… ¿Quieres molestarme… ¡desgraciado!?… ¡¿Estás borracho?!… ¡Estás haciendo mucho ruido! Estoy intentando despejar algunas cosas y tú… ¡Por qué no te vas! ¡¿Este lugar es tuyo?! ¿Vives acá?… ¡Pues no había nadie cuando llegué!

La Joya, sin saber dónde está, sin saber qué hacer, comienza a sacudirse la ropa.

INGA C.: ¡Qué haces aquí!… ¿Estás solo?… Quién es Lorna, ¿también anda por acá?

LA JOYA: … Lorna

INGA C.: ¡Yo no soy Lorna!

LA JOYA: ¿Por qué me hablas así?

INGA C.: (Susurra iracunda.) –Porque estamos en medio de la naturaleza, amigo, este lugar es un santuario y tú llegaste a violar la atmósfera espiritual que tanto trabajo me costó… ¡Lograr!… ¿Qué pasa con tu delicadeza?… No quiero que nadie sepa que estoy acá… (Desconfiada.) – ¿Alguien te mandó a buscarme?

LA JOYA:

INGA C.: ¿Qué estás haciendo aquí?… ¡Dime o vas a saber qué soy capaz de hacerte!

Luz de luna. Aparece Inga c. en medio de un claro. Tiene la cabellera rubia y voluminosa. Usa un traje ejecutivo de fiesta. Sostiene un libro abierto. Elementos impertinentes pero funcionales componen su campamento. Al verla, sin dejar de sacudir su ropa, La Joya suelta una risa desesperada, renegando con la cabeza.

LA JOYA: (Risa a lo «crisis nerviosa».) –Quién eres tú… ¡Quién eres tú!

INGA C.: No, señor: quién es usted y qué hace acá.

La Joya echa miradas furtivas en rededor, liberando tontas risotadas. Finalmente se sienta, se calla, y observa fijamente a Inga c. Toma un trapito del bolsillo y se lo pasa por la cara y por las manos como si fuese una mosca.

INGA C.: Mejor… Quién eres.

La Joya levanta los hombros.

INGA C.: De dónde vienes.

Tiempo. La Joya con un dedo señala el suelo.

INGA C.: ¿De abajo del pueblo?… ¿Del pueblucho de pescadores?

Asiente.

INGA C.: ¿Estás solo?

Niega reprimiendo un sollozo.

INGA C.: ¿Alguien sabe que estás acá?… ¿Estás completamente solo?

Niega reprimiendo otro sollozo. Ahora se lleva la mano al mentón, fingiendo que medita, que está cansado, que bosteza… Lo que sea. Inga c. algo aliviada, lo escruta.

INGA C.: ¿Sabes dónde estás?

Un escalofrío. Niega… Lo única que le queda es volver a limpiarse compulsivamente con su trapo, escupiéndolo para después pasárselo por la cara. Se detiene. Se suena.

LA JOYA: (Apenas audible.) –… No sé dónde estoy…

INGA C.: ¿Cómo?

La Joya vuelve a sonarse. Se deja el trapo sobre la cabeza.

LA JOYA: … Que no sé dónde estoy…

INGA C.: ¿Quién es Lorna?

Una rana irrumpe con salvaje entusiasmo.

INGA C.: ¡Shhh! (La rana se calla.) – ¿Es algo?

Niega.

INGA C.: (Con una pizca de sadismo.) – ¿Es una idealización?… (Graciosa.) – ¿La vocecita en tu cabeza? (Se felicita con una sonrisa.)

LA JOYA: Era… Mi amor… Mi último amor…

La Joya toma un papelito y se lo extiende a Inga c., quien lo coge, luego se echa a llorar apaciblemente. Inga c. desdobla el papel y toma una rodaja de salame con el meñique y el pulgar.

INGA C.: ¿Salame?

La Joya se levanta. Toma el salame. Vuelve a su lugar. Se lo come de un bocado. Sigue llorando. Inga c. lee.

INGA C.: Ya veo, un poema impreso con una letra juguetona… Estupor de la piedra preciosa, Lorna Derec… Sí, sí, ya entiendo… (Algo sarcástica.) –Así que Lorna escribe poemas…

LA JOYA: «Primero flotó en un océano helado las puntas de los zapatos surgiendo de la espuma en dos icebergs y pedazos de hielo desgarraron medusas y crujieron contra él y luces resbalaron desde las crestas de las olas rasgándolas y rompieron contra él. Después amaneceres sin frío. El ojo echado en el vaso solía parpadear fatigado hasta la parálisis. (Comienza a tambalearse.) –Tardes hundidas agonizando sin calor frente al vaso… abollado… hacían brotar la frente furiosa de un cachalote… Después las noches… (Se golpea la frente con un dedo.) –Después las noches… Después las noches…» (Se viene abajo.) –Oh, no, no, no, no, no, no… Lorna… No, no no, no, no, no…

La Joya se extingue. Toma el pañuelo y se cubre los ojos. Impaciente, Inga c. rebusca en sus pertenencias. Toma una botella, un vaso. Lo llena y se lo pasa a La Joya, quien lo recibe, lo sostiene y lo mira.

INGA C.: Amigo, no sé cuál es tu dilema. No voy a ser tan ruin como para subestimar la magnitud de lo que te debe estar pasando… (Se ayuda con una mano.) –Pero en este preciso momento necesito algo de paz; intento resolver cuestiones sumamente importantes para poder continuar… Continuar en el camino de la vida… No puedes llegar rodando de la nada, vomitando palabras como si… (Retoma.) –Según este libro que estaba leyendo cuando (un gesto de ilusionista.) –apareciste… Creo que -es lo dice este libro-… podría estar viéndome arrasada, perdida… Decía el párrafo, que justo estaba releyendo, que podía verme postrada emocionalmente, y se me ocurre que todas estas palabras sugieren, finalmente, que soy algo así como una presencia muerta, una no-presencia, algo no-vivo, (tajante.) –es decir un cadáver de pie en la mesa de autopsia… Aunque a veces me sorprendo tan desbordada que me cuesta creer que soy una cosa no-viva, ¿me entiendes?…

LA JOYA:

La Joya trata de mirarla sin ser visto. Opta por agachar la cabeza. Inga c., toma una cajita, pellizca su contenido y se lo lleva a una fosa nasal. Aspira. Ofrece la cajita a La Joya que rehúsa. Ambos se observan. Tiempo. Inga c. vuelve a tomar la cajita y aspira dos veces por cada fosa. Continúan observándose. La Joya se toma el vaso de un trago, sin ansia. Deja el vaso en el suelo y respira profundo.

INGA C.: (Progresivamente afectada, relaja la mandíbula inferior moviéndola circularmente.) –Sí, sí, sí, sí sé, siempre se me olvida que las cosas pueden volverse un poco movidas… Pero voy a salir adelante -salir adelante; ¡ja, qué línea!-…Creo que lo mejor que puedo hacer es quedarme aquí indefinidamente… ¡Por ahora! (Da un vistazo.) –No va a ser fácil, pero estaría exagerando si digo que va a ser insoportable. (Se coloca las manos en los bolsillos de la chaqueta, «activándose».) –Siempre en mi vida me he sentido seducida por la dificultad…. Y paso por las mismas etapas cuando estoy hasta el cuello con un lío de (subrayando.) –estos (con los dedos.) –Sorpresa, incredulidad, sospecha, abismamiento, sometimiento, rechazo, resolución y éxito… Revisando el pasado no tengo reparo en decir que he salido victoriosa de todas las pruebas que la vida, tramposamente, me ha puesto…

La Joya se pone de pie.

LA JOYA: Gracias por el trago.

INGA C.: ¿Hambriento?

LA JOYA: Sí…

Inga c. va a comenzar a moverse pero La Joya la detiene con un gesto.

LA JOYA: (A veces con la lengua traposa.) –La vida se ha ensañado conmigo obligándome a vivir a la sombra de la violencia, el rechazo y la expulsión… ¡Soy un indeseable, un expulsado! ¡Y a la larga también me echarán de aquí, tú, los grillos o las vacas! Prefiero irme solo. Buena suerte.

Busca por donde irse.

INGA C.: ¡¿Rechazado?! ¡¿Expulsado?!… ¡Por quién, de dónde!

LA JOYA: Por las comunidades de todas partes. Voy a ser honesto: soy un depravado, un mirón, un acosador lascivo que pasa el tiempo espiando ocultándose tras los arbustos. Me gusta observar y punto… Buenas noches.

INGA C.: (Deslumbrada, aunque imperiosa.) –Por favor, ordenémonos… Qué está pasando aquí, ¿ah?, ¡¿qué está pasando?! Aclaremos el asunto, por favor.

La Joya indica la botella. Inga c. asiente. Va por ella. De camino encuentra un pedazo de queso; lo señala. Inga c. asiente. La Joya lo toma.

INGA C.: (Musitando.) –Un acosador mirón y lascivo, expulsado.

La Joya agradece con un movimiento de cabeza. Parte el queso en dos: se come una mitad rápidamente y guarda la otra en el pañuelo.

LA JOYA: (Llenándose el vaso.) –Antes de continuar en lo que continuemos, quiero señalar que no estoy de acuerdo con que ambos nos encontremos en un mismo sitio… tan apartado. Soy inofensivo a mi manera, aunque sería un embustero si no reconozco que tengo una pésima estrella… (Busca algo.) –Estar al lado de un hombre como yo no te traerá más que problemas… (Da con una silla de playa.) –Mi condición de indeseable se contagia como un virus letal, puedo garantizarlo… (Desplegándola.) – ¿Te gusta la dificultad, el lado duro de las cosas? ¡Perfecto! Conmigo vas a tener todo eso.

Se sienta en la silla con su trago en la mano. Se acomoda. Inga c., tranquilamente, toma la botella y se sirve un vaso. Se queda de pie. Ambos están absortos en sus tragos. Los grillos cantan plácidamente.

LA JOYA: Estaba en una celebración, abajo. Era una celebración que organizan los vecinos de la iglesia para darle de comer a los sin hogar. Lo hacen en la playa, en un muelle medio destartalado. Así la brisa marina puede ocultar la hediondez de los menesterosos. Es un contexto algo «melancólico», para no decir triste, para no decir patético, para no decir despreciable…

INGA C.: Lo imagino.

LA JOYA: Ponen música, sirven comida arriba de unas mesas largas, son dos mesas, una para los vecinos, una para los pobres bastardos -puedes imaginarlo-, algunos de los vecinos, los más parlanchines, dan discursos humanísticos, algunos leen poemas, otros cantan, y al final, antes que se haga la noche, y terminar completamente borrachos, arreglan todo para un baile…

INGA C.: ¿Bailan con los vagabundos?

LA JOYA: Deberían, pero no.

INGA C.: (Asintiendo, cínica.) – ¿Tú diste un discurso, bailaste?

LA JOYA: (Exasperado.) –… ¡Pfff!

INGA C.:

LA JOYA:

INGA C.: (Una mano a la boca en señal de asombro -aprovecha sorberse la nariz-.) – ¡Ya veo, ya veo, ya veo! ¡Con que tú…! Ya veo, ya veo…

Inga c. comienza a dar vueltas por el campamento tomando objetos de un sitio y dejándolos en otro, sin pensar, sin quitarle los ojos de encima a La Joya, que la observa disimuladamente. Inga c. llena los vasos. Agarra un banquillo. Se sienta. Levanta las cejas, interrogante.

LA JOYA: Había llegado cuando estaban poniendo las mesas. Eran pocos los entusiastas. Yo tenía claro lo que tenía que hacer, lo que debía lograr. Sabía que era mi última oportunidad. Una de mis últimas oportunidades… Siempre pienso que es la última, y lo extraño es que no nunca es la última; siempre aparece otra, otra y otra… Me siento muy bien acá, gracias.

Inga c. asiente. La Joya se enjuga una lágrima. Bebe.

LA JOYA: Me había instalado hace unas semanas en una parcela abandonada un poco más arriba del pueblo. Un sitio lleno de mierda donde crece la mala hierba.

INGA C.: ¿Otros pordioseros?

LA JOYA: Mala hierba, ¡mala hierba!: plantas parásitas… Una noche yo me encontraba en un estado de prosternación bucólica, si sabes a lo que me refiero…

INGA C.: No, pero sigue.

LA JOYA: Y estaba echado en un colchón de mala hierba, pensando en mis cosas, cuando vi que una sombra vibraba a un lado de mi campo visual…

INGA C.: ¡Lorna!

LA JOYA: Vivía más allá de unos sauces y como yo no soy curioso -¡aunque lo soy!-, pero no esa noche, no en la circunstancia en la que estaba, no me animé a asomar la nariz más allá de los sauces… Yo no reconocí inmediato que era una mujer…

INGA C.: (Se ríe.) – ¡La poetisa!

La Joya, le alza las cejas. Inga c. desdobla el poema y lo lee.

INGA C.: Es un poema horrible, te lo digo yo que soy refinada. No pensé que lo había escrito una mujer. Estupor de la piedra preciosa… Un nombre pomposo, patético, típico del poeta gordo que goza de la buena vida, esos que pretenden retirarse a escribir en la soledad de una casa a orillas del mar, rodeado de amigos y de comodidades… ¡Estafadores!

Inga c. le devuelve el poema. Saca su cajita; la pellizca; se lo piensa. Inhala una vez por cada fosa.

LA JOYA: La noche siguiente, que sí me sentía curioso a pesar de mi circunstancia, me animé a asomar la nariz más allá de los sauces. Había luna llena. Y ahí estaba su casita con la luz encendida… Era una cabaña arreglada, pero una cabaña al fin y al cabo, rodeada de jardines, etcétera… Me eché a meditar apoyado en un sauce porque se me habían acabado las fuerzas para volver. De pronto ella salió. Lo único que tenía puesto era una pollera vieja, parecía un huérfano… Y sí, hasta donde podía ver, era una mujer. Llevaba una bacinica en la mano, y antes que yo pensara en cualquier cosa, estaba volcando su mierda sobre las rosas y las hortensias. Después se quitó la pollera, se limpió el trasero y la colgó de un alambre para la ropa. Ese detalle me fulminó. Y se quedó sentada en una silla tocándose la… (Señala la pelvis de Inga c.)

 Inga c. se levanta del banquillo, inquieta: mira alrededor.                 Vuelve a sentarse.

INGA C.: Por qué tiene que haber gente así.

LA JOYA: Porque sí. Sabemos que existe gente así porque yo espío a gente así.

INGA C.: Tienes razón. Es cierto: quién sabe lo que una hace estando sola, viéndose perturbadora, de ese tipo de perturbación (un golpe al aire.) –que te desestabiliza y te saca de la realidad y te adormece la parte de atrás de las mandíbulas con un hormigueo…

Inga c. se pone de pie, se pasea abrazándose a sí misma. Vuelve a sentarse.

LA JOYA: Eso… Después, cuando me dediqué a acecharla profesionalmente, supe que era la poetisa del pueblo, una eminencia, un alma extravagante que gozaba de organizar bailes para alimentar a los parias… Exagero al decir que gozaba; mataba el tiempo, mejor dicho… Si supieras cómo es… ¡Yo caí redondo!… No porque fuera una eminencia o repartiera comida… Amor desrealizado, ¿platónico?…Me mataron sus mil detalles inútiles, su conducta…

INGA C.: Qué detalles, qué conducta…

LA JOYA: Detalles, sólo detalles.

INGA C.: ¿Ella escribió ese poema para ti?

LA JOYA:… ¿Cómo sabes eso?

INGA C.: ¿Cómo TÚ sabes eso?

LA JOYA:

INGA C.:

LA JOYA: ¡Bueno porque sé!

Inga c. se pone de pie. Los grillos cantan rabiosos.

INGA C.: Hay demasiado ruido… ¡Hay demasiado ruido, pordiosero!

La Joya se levanta y comienza a dar palmadas con las manos en todas direcciones, imitando el trino de un pájaro. Los grillos aflojan. La Joya vuelve a sentarse, pero no está cómodo. Inga c. se acerca a él y se encuclilla a su lado.

INGA C.: Perdona, no te pregunté tu nombre, cómo te llamas… Me llamo Inga.

La Joya niega.

INGA C.: No entiendo… ¿Sin nombres?

La Joya asiente. La ve.

INGA C.: (Inquieta.) –Tienes la razón, otra vez: olvídate de mi nombre, no me llamo Inga… Conozcámonos bien, muy bien, pero sin los nombres, ¿bueno?… (Toma la mano de La Joya, que da un respingo.) –Todo está bien, tranquilo, ¿te molesta si te tomo la mano?… No voy hacerte algo malo… (Besa la mano automáticamente.) –Perdóname, no está pasando nada. Supongo que no vas a hablar de ti toda la noche, ¿cierto? Imagino que me va a tocar a mí, también…

LA JOYA: (Sin aliento.) –No quise ser egoísta…

INGA C.: Imagino que uno puede contar algo y el otro otra cosa, intercalándonos, uno después de otro, ¿no es verdad? Se pueden repasar tantas cosas…

LA JOYA: (Algo pasmado, le da una palmadita tímida en la mano.) –Si, hagámoslo como tú dices…

INGA C.: Cuando apareciste estaba leyendo ese libro que te dije y desde ese momento empecé a sentirme un poco extraña… (Mirándolo.) –Hace un tiempo me he estado sintiendo algo extraña, como desarmada… Por partes, en pedazos… Ando como montada; eso es, montándome y desmontándome a través de los días, quizás siempre fui así y no me di cuenta hasta que todo… ¡Paf!… Cómo explicártelo, quizás ando ¿sorda de los sentidos, de las emociones?… (Su mano libre la ayuda en todo momento a sonar «trivial». A veces soltará la mano y dará un paseo. Siempre vuelve a la mano.) –En este último período me pasa, si ya te dije, que me desmonto y me vuelvo a montar rehaciéndome, o sea, sé que suena abstracto pero es muy común… Lo que pasa es que me separo y me vuelvo a juntar, y es evidente que cuando me reúno en mí es de una manera distinta cada vez… Lo que no cambia es que siempre es lo mismo: montarse y desmontarse… Y hay algo que se mantiene a pesar de lo que te digo. Es una fórmula que flota constantemente en mi cabeza, me imagino que es como un corcho, siempre flota, me inmoviliza, o sea, me fija en algo, aunque esté armándome y desarmándome… Mi viejo recuerdo de mí quedó paralizado en una idea vieja que se me olvida, sin un cuerpo fijo, y lo que se mueve de mí son las recombinaciones que mis partes hacen de mí… Se vuelven a organizar mis elementos, por dentro y por fuera, digo elementos porque no son sólo las partes físicas, entonces cuando la serie de mis pedazos se vuelve a ordenar surgen distintas percepciones y distintas conclusiones acerca de mí… Es evidente… Hay veces que me siento decepcionada de lo que se realiza cuando me rearmo, porque no varío mucho de un modelo y de otro, y me frustra porque es incómodo estar así… Lo único que se mantiene es esa fórmula que te digo yo, ésa orden, es como una instrucción de un manual… Y no me queda otra cosa más que abandonarme al proceso… Aunque nunca es el mismo proceso… Es un drama defectuoso porque siempre falta una pieza… Pero no sé cómo sé… que sé… que falta algo… Quizás no estoy así por el montaje-desmontaje o el ensordecimiento, puede ser otra cosa… (Besa la mano.) – ¿Ya quieres hablar tú?

La Joya niega obnubilado. Cambia de actitud cuando Inga c. lo mira con algo de desconfianza. La Joya se atreve a entrelazar sus dedos con los de ella. Suelta un temblor, disfrazándolo con una fuerte inhalación.

LA JOYA: Te estoy escuchando.

INGA C.: Tú y yo necesitamos hablar de las cosas… ¿Has conocido a mujeres como yo antes? No pienses que soy soberbia, mis papás no eran vanidosos, pero te tengo que decir que soy lo que llaman una mujer de mundo. Y tengo algo de plata, pero no es herencia son ahorros. Tuve una educación privilegiada como la de una joven judía en New York, pero no soy judía y no vivo en New York, obvio; tampoco me quitan el sueño los judíos. También he tenido varias profesiones y oficios; he sido abogada y dama de compañía para los empresarios de las multinacionales. Entiendo tres idiomas, puedo leer a nivel intermedio en cuatro, ¡ah!, y tengo un barco. Es chico porque me gusta gobernarlo sola, así se dice: gobernar. Me gusta la soledad en el mar, estar sola sin ropa a pleno sol, hace tanto calor que me dan escalofríos y puedo imaginarme un montón de cosas… También tengo varios amantes, puedo seducir a hombres y a mujeres, sin hacerme problemas… Porque me entrego a mi apetito sin preguntas, me abandono… Puedo seducir a gente de todo tipo… Puedo entrar a una población de noche; nadie me hace nada… También me mandaba correos con el príncipe Charly, nos gustaba juguetear y escribirnos mails sucios. Él es de verdad… Puede hablar como un degenerado de verdad… A mí me gusta sentir eso… Yo creo que él puede hablar así por la influencia zigzagueante de lo plebeyo en su vida… Porque la fantasía de la aristocracia es la canalla y por lo mismo la canalla busca lo aristocrático, porque saben que los reyes y las reinas son por naturaleza obscenos y vulgares…

LA JOYA: (Flotando, leve.) –Capto… (Rápido.) – ¿Qué pasa cuando alguien tiene tantos amantes? Soy un pordiosero y no sé de eso…

INGA C.: Nada… Si te cuidas bien no pasa nada. Yo me he infectado con varios virus pero tengo buenas defensas y los he rechazado a todos, les he ganado a todos los virus, a todas las enfermedades. Mi sangre tiene la memoria de todas esas peleas, así me explicó mi doctor…

LA JOYA: No sabía…

INGA C.: ¡Ah, sí, sí! Sí sé de qué estás hablando… ¡Nada, no pasa nada!… Es lo mismo. Después de estar con alguien, o cuando estás con alguien que se te mete, piensas algunas cosas, pero después se te olvidan…

Inga c. se pone de pie sin soltarse. Mira al cielo, respira profundo. Toma su cajita, la abre y se la pasa a La Joya, quien la recibe sin saber qué hacer. Inga c. vuelve a encuclillarse y le ofrece la nariz. La Joya entiende: pellizca y aproxima los dedos a las fosas de Inga c. Ella espera a que él haga lo mismo.

LA JOYA: Más rato… ¿Puedo quitarme la chaqueta?

INGA C.: (Asintiendo.) – ¿Puedo quitármela yo también?

La Joya asiente: ambos se levantan y se quitan las chaquetas. La claridad lunar aumenta. Aproximan las sillas y se sientan, sin mirarse. La Joya alisa su pelo. Inga c. alisa su falda, en trance. Se detiene. Se levanta de la silla y acaricia una mejilla de La Joya. Vuelve a sentarse.

INGA C.: ¿Quieres hablar?

La Joya niega.

INGA C.: No confío en ti, todavía, pero creo que es bueno que escuches algo que me pasó… Te quiero contar lo que me pasó y es por eso estoy acá… Bueno. (Respira.) –Todo empezó con una revuelta en la ópera. Una revuelta… ¿Se entiende?… Todo empezó con un motín en la ópera. Y ese motín fue el paroxismo de la infamia, y de esa infamia nació una conspiración en contra mía… Fue la noche en que la totalidad de mis cosas naufragaron… Y mis pedazos quedaron flotando… Chocando, separándose…

Inga c. tose y se da unos golpecitos en el pecho. Mueve la mandíbula, relajándola. La Joya llena los vasos. Beben.

INGA C.: Qué atento eres… Entonces antes de ir a la ópera yo estaba en mi casa… Toda mi ropa estaba húmeda porque no sabía que iba a salir de mi casa y era el día del lavado… No sé por qué no había necesitado salir de mi casa los últimos meses… Me quedaba viendo la pantalla del teléfono, la pantalla del computador, la pantalla del televisor… Entonces esa tarde tomé uno de los vestidos de mi mamá, que era lo que tenía a mano para salir de la casa sin perder impulso, porque tenía que ir a la ópera esa noche… Tenía que salir de mi casa… Era un corte anticuado; a mí nunca me ha preocupado mi aspecto… Siempre limpia y planchada es mi lema, prefiero calzones rotos a usar dos días seguidos el mismo… El vestido de mi mamá tenía hongos y secreciones resecas en las copas que eran muy ajustadas, y aún conservaba la caspa de esos años como una especie de semilla fosilizada, como una cosa arqueológica que venía del recubierto de su cabeza… Las fiestas a las que iba mi mamá eran de intelectuales, muy locas… Era muy conmovedor esa tarde descubrir esas reliquias de la superficie de su cabeza… Y había una cana medio teñida de azul… Y varios detalles de ella a lo largo del vestido, pero son personales… El vestido era rojo negro con algunos encajes… Su musculatura tuvo que haber sido insuperable… Andar elástico, propensión a contonearse… No como mi andar, yo soy más hecha… Yo no tengo propensiones… Su esqueleto, su musculatura constituida con mil quinientos cincuenta y cinco músculos; única en el mundo… Antes de ponerme el vestido de mi madre me quité la ropa y me eché en la cama que también era de ella, porque estaba en la pieza de mi madre… Y me quedé viendo mis pezones aplastados contra mi pecho, hipnotizada… Se veían como si estuvieran lejos, parecían dos pedazos de hielo rosado derritiéndose… Estaban medio hundidos exactamente en el centro de las aréolas… Inclinados, medio aplastados… Parecían perinolas que habían dejado de girar… Me quedé pensando con un ruido de percusión, leve, por debajo de los pensamientos, delicado, por arriba y abajo del pensamiento… Echada en la cama estaba atenta a la puesta de sol, pensando en la temperatura que tiene la traición y la crueldad y sobre esa serie de procesos mentales que experimenta un hombre ante la presencia de una mujer, y una mujer ante la presencia de otra mujer y de un hombre… No sé por qué… A veces es aburrido pensar en eso, pero esa tarde no… Todas mis meditaciones, esa tarde cuando tomé el vestido, terminaban con la imagen de un chorro de líquido que atravesaba la oscuridad en mi cabeza… ¡Fazzz!… Como un grito magnético… No pienses que hablo de estas imágenes por las secreciones en el vestido de mi mamá…

La Joya niega.

INGA C.: Estupendo… Entonces me fui de mí. El paisaje del mundo se desanudó y se hizo una sola línea y la línea perdió contorno… Pensé que nunca iba a pasarme, pero me pasó… Los extremos del ambiente no se tocaban pero se anudaron con la línea en la que me convertí yo, tirada en la cama de mi madre a punto de ponerme el vestido… Mi contorno estaba en alguna parte de esa línea, vibrando… Pero todavía subsistía esa temperatura de traición y crueldad, que ahora tenía un sabor… ¡Paf!… Me puse de pie… Me puse el vestido de mi madre y me pareció como una serpiente negra con la boca roja que me tragaba desde los talones… La tela crujía… Me digería… Mi piel por partes hacía frufrú contra el vestido… Me senté y volví a ponerme de pie automáticamente; los resortes de esa cama son muy buenos… De pie me vi la punta de los zapatos, y vi cómo el vestido ceñía mi vientre, y pensé en la naturaleza de los vestidos, y en quién había invocado sus formas para el uso de lo que algunos denominaban la mujer… Mi estómago estaba asfixiado por el vestido… Me subió el olor nauseabundo de la tela medio podrida. Sabía que iba a salir a la calle con ese vestido puesto, y quizás eso no estaba bien… Di vueltas por la casa para ver en los muros lo último que se pegoteaba del sol, me sentía animada como si hubiese dormido bien… Las luces se fueron. Aguanté la respiración diez segundos y salí a la ópera en mi punto de máxima excitación…

Inga C. vuelve a arrodillarse y a tomar la mano de La Joya. La besa. Se pone de pie y se aparta unos cuantos pasos. Vuelve a encuclillarse dándole la espalda. Separa las piernas, se aparta el calzón y orina estremeciéndose. La Joya se pone de pie instantáneamente, se pone la chaqueta. Toma su trapo y se limpia las manos y la cara. Se masajea la nuca.

INGA C.: No te acerques o te vas a ensuciar los zapatos.

LA JOYA: No me voy a acercar.

Inga C. termina. Se arregla.

INGA C.: Hace tiempo tenía ganas.

LA JOYA: ¿Puedo?

INGA C.: Qué cosa.

LA JOYA: La caja.

INGA C.: Por supuesto.

LA JOYA: ¿Qué hace?

INGA C.: Nada especial, te relaja. Las personas ignorantes creen que te pones agresivo, pero nada de eso, solamente te relaja.

LA JOYA: Oh…

Inga C. le extiende la caja. La Joya la pellizca, tímido, y aspira.

INGA C.: Pssst, amigo mío, mironcillo, espía de la noche, ¿por qué no me cuentas cómo llegaste acá? Te interrumpí, ¿te acuerdas? Cuando me dio por hablar… Y sí que hablé… ¡Me tenían amarrada!

La Joya sonríe. Se ve algo afectado. Da unos paseos. Mira la luna.

LA JOYA: ¿Y qué pasó en la ópera?

INGA C.: ¿Ópera?… ¡Ah, la ópera! Era el teatro, fue en el teatro, me gusta decirle ópera porque suena más… Operático.

LA JOYA: Qué pasó en el teatro.

INGA C.: Es algo realmente violento. No quiero que te perturbe. Ahí empezó…

Se oye una roca desprenderse. Los grillos se callan. Por cada golpe que da en su descenso la roca libera un eco, y los ecos liberan otros ecos. Ambos escuchan. Los grillos no vuelven.

INGA C.: Maravilloso.

LA JOYA: Un suicida.

INGA C.: Cómo… ¿Tan fuerte?

LA JOYA: O un arriero dio un traspié o una cabra se abismó. Pero fue un cuerpo que cayó empujando a una roca y la roca empujó a la avalancha.

INGA C.: Lo que más me va a gustar de vivir aquí es poder subir las montañas cuando quiera.

LA JOYA: (Señalando su cuerpo.) – ¿Ves esto?

No lo mira.

LA JOYA: ¿Lo estás viendo?

No lo mira.

INGA C.: Sí, lo veo… Voy a subir y la niebla va a trepar conmigo las montañas a la misma velocidad.

LA JOYA: ¿Crees que algo puede perturbarme?

INGA C.: Y voy a ver la niebla en las montañas estando yo entre la niebla.

LA JOYA: Me gustaría quitarme la ropa en la niebla.

INGA C.: ¿Incómodo? Sácatela ahora si quieres.

La Joya queda paralizado. Trata de relajar la mandíbula, moviéndola.

LA JOYA: Ahora no, puede que al final.

INGA C.: (Lo mira.) –Si no me equivoco, yo te había dicho, te había explicado que es mejor hablar intercalados. Si yo repaso los hechos de estos últimos días de una sola vez va a ser lo mismo que contar una historia, y las historias no funcionan, no sé explicarlo, pero contar la historia finalmente no da resultado.

La Joya asiente. Recuerda.

LA JOYA: Yo quería probar una posibilidad. Quise algo de ella. Porque sé algo de ella que ella sabía pero que no…

INGA C.: ¿La poetisa?

LA JOYA: Lorna, la poetisa.

INGA C: ¿Sabes en qué he estado pensando?… ¿Sabes a lo que le he estado dando vueltas?… Tú eres de (despectiva.) –esos que se obsesiona con la gente así como ella, que se enamoran de ese tipo de gente de clase alta, rural, como en las novelas rusas. Eso tiene un nombre.

LA JOYA: ¡¿Qué?!… ¿Cómo?… ¡No!

INGA C.: Me lo explicó un doctor que sabe de estas manifestaciones y me hizo sentido, y ahora me hace más sentido que nunca.

La Joya patea la silla de playa.

LA JOYA: ¡No!… ¿Amor? ¿Clase? Yo te voy a hacer sentido.

Ahora patea el banquillo de Inga C., mirándola.

LA JOYA: ¡Me molesta tu presencia!

Va donde quedó la chaqueta de Inga C., va a orinar sobre ella pero no sale nada. Se anima haciendo sonidos con la boca. Nada. Termina escupiéndola, torpemente. Ella se acerca a él y hace amague de darle un puñetazo, sonorizándolo, él se cubre la cara. Ella ríe. Él va abofetearla, pero no lo hace. De todos modos ella se tira al suelo dando un grito agudo, falso. Se levanta rápidamente y comienza a lanzar varios puñetazos al aire, sonorizándolos. Él retrocede con los pasos tristes y patéticos de un pobre anciano decrépito.

LA JOYA: ¿Clase?… ¿¡Clase?!… ¡Yo no sé de clases! ¿Cla-se? Me sacas espuma por la boca… ¡Siento que supuro espuma y bilis por la boca! ¡Yo…! ¡Yo soy…! ¡Yo he sabido cosas, ¿sabes?!… ¡Y aún sé cosas! (Levantando un dedo, temblando.) – ¡Yo he visto cosas mirándolas a mi manera, aproximándome a MI modo particular!…Yo no reconozco clases… No me inclino ante nadie… ¿Conoces a Marcel Duchamp?

INGA C.: No… ¡O sea sí!

LA JOYA: (Con asombro, echando chispas.) – ¿Lo conoces sí o no?

INGA C.:… Sí.

LA JOYA: ¿Sabes dónde vive?

INGA C.: Puede que sí… Mmm… A ver… Sí sí sí… Sí.

LA JOYA: (Oscuro, definitivo.) –Pues bueno, cuando lo veas… Dile a Marcel Duchamp que lo ando buscando y que cuando lo encuentre… Lo voy a matar.

INGA C.:

LA JOYA:

INGA C: Parece que ya se murió.

LA JOYA: (Incrédulo.) – ¡Ja!… ¡Entonces lo mato otra vez! ¡Porque yo…! (Piensa.) – ¡Yo soy apto para decirle un par de cosas que lo van a resucitar y que lo van a volver a matar!

Temblando, La Joya restituye las cosas que pateó a su sitio. Resuella. Intenta respirar profundo. Mira a Inga C. Duda. Vuelve a mirarla y le señala la botella. Ella alza los hombros. La Joya se llena el vaso.

LA JOYA: (Trémulo.) –Yo quería probar una posibilidad… (Para sí.) – ¡¿Clase?!… ¿Tú crees que ella tiene clase? (Conmovido.) –Vive como si estuviera en la época de la Gran Depresión, ¿entiendes?… Era como una secuestrada de sí misma, meada completamente hasta los huesos, sucia y sarnosa… Cómo decirlo… Está en otra parte, nada le importa… Yo adoraba esos detalles delicados en ella… Yo quería probar algo a su lado, ¿no entiendes?

INGA C.: Qué.

LA JOYA: Que qué…

INGA C.: Probar qué cosa.

LA JOYA: La posibilidad de asociarnos, sin… (Trabándose.) –La posibilidad de intercambiar sin la necesidad de… De compenetrarnos pasando por alto las ratificaciones de lo orgánico… (Vacila.) –No acecharnos materialmente, existir en la periferia del otro, no obstante, aún así… Yo quería escuchar sus secretos… Yo necesito sacudirme de esta lepra, esta ignorancia sin tener que recurrir… (Desconcertado.) –Sí, soy de lágrima fácil…

Se echa a llorar. Una vaca muge, otra toma el relevo, lejos, otra toma el relevo, cerca. Inga C. lo mira, luego se va a hurgar a una de sus maletas. Toma lo necesario para preparar un par de cócteles. Se pone manos a la obra. Los grillos vuelven. El viento mece el ramaje y alza levemente la ropa de Inga C. y La Joya. Rayos lunares caen sobre el campamento.

LA JOYA: Cuando desperté para la celebración de la iglesia no desperté, realmente. Estaba en una especie de transporte que pasó de los sueños a la vigilia. Me acordé de una vez que me eché a dormir una siesta en una barca que estaba amarrada al muelle de un río, y un mocoso, ¡uno!, la desamarró y le dio un empujón… Admirable… La barca se fue silenciosamente y yo desperté en ella y me dio lo mismo su desplazamiento, ni siquiera me asomé por el borde, sólo me dediqué a ver lo que el cielo me ofrecía, soñoliento… Qué movimiento… Saqué una mano y la dejé hundirse en el agua. Era otra época, otro contexto socioeconómico; ya no sacaba la mano por la ventana del auto para resistir el viento; ahora la hundía en el agua, derrotado… Mi zarpa de uñas largas y sucias, me ha sido tan útil… En ese estado -no sé con precisión cuál-, estaba cuando llegué al muelle, suspirando como una máquina y con ganas de desbaratarme cuando aparecía en mi mente la mueca tensa de Lorna, destronando la fila de imágenes recurrentes que ocupaba mi cabeza y que invariablemente circulaba… Qué solo circulaba… Repasé mentalmente todo lo que le iba a decir, saqué lustre a las palabras que iba a utilizar. Estaba seguro de mi efervescencia, no tenía dudas: por medio de mi elocuencia borraría mi primera imagen y levantaría la fantasmagoría de una segunda… Las personas fueron llegando, y pusieron música, las mesas con comida, etcétera, lo que se sabe… Cayeron los discursos humanoides como globos sin aire, las gaviotas chillaban como nunca -despreciables bichos repelentes-… El mar se enrojecía… ¿Se enrojecía, se ruborizaba?… ¿Por qué dije eso?… Vi a los otros de mi especie esperando la comida, levantando los pies, alternativamente, de una rabiosa impaciencia, como si les estuvieran quemando las plantas con brazas al rojo… Sí, al rojo… Unos babeaban, saqueaban las bandejas de comida y se iban. Yo habría hecho lo mismo pero no tenía hambre, y si comí, comí con distinción, derrochando jovialidad, como si fuese el organizador de la fiesta o el dueño del yate más elegante del mundo… Como tenía el estómago vacío al segundo canapé comencé a eructar.

Inga C. se aproxima con dos cócteles rutilantes. Le da uno a La Joya. Lo prueba.

LA JOYA: Qué es.

INGA C.: Levántate amor… Por si acaso he estado escuchando, ¿bueno?

La Joya asiente. Inga C. enciende una lámpara y la pone en el banquillo, entre ella y La Joya. Canturrea una canción o quizás echa a andar, muy despacio, un tocadiscos portátil, que en contrapunto con la atmósfera sonora de la montaña termina resultando una maravilla.

LA JOYA: ¿Cuál es la pertinencia en el mundo de los gestos del hambre? Una belleza prehistórica arrebatadora… El aparato facial va mutando de una expresión ávida a otra… Y me sentí desbordado por una especie de sentimiento solidario, de comprensión, camaradería más bien, hacia las ruinas que compartían mi circunstancia material: quién era aquel que caminaba con una pelota de excrementos en el trasero, cómo se llamaba, cuál era el timbre de su voz; y ese otro que bizqueaba cuando veía las faldas de las mujeres levantarse, cuál era su canción favorita o su primera… Su primera, no recuerdo qué  pensé… Y ese que se carcajeaba sin dejar de rascarse las gónadas, ¿tenía un sueño recurrente? ¿Una palabra mágica que pronunciaba ante el miedo?… Aquella encantadora joven borracha, donde florecían costras de mugre, esa de piernas torcidas y atuendo colorido, con el hígado hinchado, lo que le daba cierto garbo al caminar haciendo gala de una endemoniada asimetría… Todos ellos balbuceaban hablando consigo mismos, haciéndose preguntas y respondiéndolas apenas terminaban de preguntar, o si no había respuestas entonces quedaban fijos en el paisaje como… ¿Estacas?… Las migas caían de las bocas, y ellos tan dichosos y previsibles se agachaban para recogerlas y coleccionarlas, o las agarraban con la lengua… Me sentí drogado de esos sentimientos indescifrables, tanto así que mi rostro se transfiguró haciéndome ver pálido y abotargado. Lo supe porque uno de los voluntarios me preguntó, -esos cínicos impertinentes-, si me sentía bien, si llamaban a un médico o si me daban agua con azúcar… ¡Agua con azúcar!… ¡Por favor!…  No respondí; sonreí como la baba empapaba mis labios… Entonces Lorna subió al tablado con la parsimonia de una princesa que iba a ser guillotinada. El sol iniciaba el descenso para comenzar a ponerse, y ella lo sabía. Hasta los veleros parecían acercarse proyectando sus sombras en el agua, escuchando… Y leyó su Estupor de la piedra preciosa… Una tontería sin pies ni cabeza, es cierto, pero tenía entrañas, y estaba seguro que su único propósito era que yo lo escuchara y me sometiera a ella… Cuando terminó, uno de los parroquianos arrojó unos papelitos con los versos impresos; yo tomé uno, lo arrugué y lo oculté en una manga… Lorna ya estaba bebiendo con la mirada perdida, apenas escuchando los elogios aparatosos de los gordos devotos de la iglesia… Sí; supongo que eran estúpidos elogios… Entonces lo hice. Me acerqué a ella hablándole, como si estuviese planeada mi entrada, pautada, como dirían algunos, a más de diez metros. Y hablé y hablé y hablé… Levitaba. Por un momento ella me escuchó, y yo escuché mi voz que aplacaba el caos sembrado en ese mundo. Y vi sus ojos muertos de tiburón que temblaban, amándome, amando mis palabras. Y de pronto algo torció su boca e infló sus ojos, poseyéndola, insuflándole asombro, ahora que lo pienso, quizás atorándola… Se hizo un silencio límbico, negro sin detalles y hasta pude escuchar mi voz en su cabeza tartamudeando con un acento vil, obsceno, violándola, entrando a la habitación polvorienta que era su inconsciente, inundándola de una suprema y viscosa abyección… Volvió en sí… Y me escupió…Y después pegó un grito, no de miedo sino un grito de puro odio y resentimiento… Realmente había perdido el hilo y no sabía lo que le estaba diciendo o, incluso, haciendo… Uno de los colegas que aún no dejaba de masticar un pedazo de salchicha, gritó: «Este quiere sorbetearle la almeja, al agua con él para que se le pase lo caliente»… (Recordando con los ojos fuertemente cerrados.) –«Sorbetearle la almeja», qué espanto… «Lo caliente…»… «Lo…»… Y entonces un par de voluntarios, como si lo hubiesen acordado, no sé en qué momento lo decidieron, me agarraron, me llevaron al fondo del muelle, me dieron unas palmadas en la espalda como felicitando una supuesta insolencia, y me tiraron al agua amarrado a una cuerda por si acaso me hundía… Los vi apoyados en la baranda riéndose y arrojándome migas como si fuese un pelícano viejo… No sé por qué yo me reía también… ¿Por qué me reía?… En ese momento lo sabía, pero ahora se me olvidó… No sé cómo salí del agua, quizás me sacaron, quizás me secaron, quizás me dieron codazos en las costillas por mi sentido del humor, no me acuerdo, puede que también me hayan dado comida en una bolsa para que no guardara rencor… Cuando me estaba secando, medio ahogado, tirado en la arena vi a un grupo niños venir a mí con palos, piedras y los ojos echando chispas… Corrí, corrí, corrí, corrí como pude, no sé cómo, hace tiempo no corría, una eternidad… Lo único que podía ver eran las montañas, eran mi único objetivo, a lo único que podía aspirar… Por el dolor que aún quema mis muslos puede que haya trepando toda una tarde… Hasta ahí llegó todo. No hay dolor más lacerante que el de la vergüenza de una desilusión… Fin.

La música ha cesado. El disco queda crepitando. Inga C., embrujada por la lámpara, suelta un bostezo involuntario. Luego mira a La Joya. Le pone una mano en el hombro.

INGA C.: Te dije: el poema no era para ti.

LA JOYA: Sí era, y tampoco era. Hay cosas que son de uno, que tienen un significado especial y no son para uno, lo que es para otro realmente es para otro… ¿Quién acuerda estas cosas? ¿Quién reparte las decisiones, quién toma las decisiones? Tú no…

INGA C.: Amigo, no te engañes… ¿Para qué?

LA JOYA: Para… Para… Porque… Es algo que no tiene…

INGA C.: ¿No tiene…?

LA JOYA: No me engaño.

INGA C.: Bien.

LA JOYA: Me da igual. Yo me abandono.

INGA C.: Continúa, tienes que continuar. Ve a la aniquilación. Anda a la muerte.

LA JOYA: A veces no puedo. Demasiado para pensar… ¡Soy joven!

INGA C: Sé un animal… ¡No importa!

LA JOYA: Cómo… No puedo.

INGA C.: Quién te crees que eres, mírate.

LA JOYA: Qué.

INGA C.: Mírate. Sé un animal. Sé otra cosa, renacuajo. Pero deja de ser lo que eres.

LA JOYA: Qué tengo que mirar. Qué tipo de animal tienes en mente.

INGA C.: Estás pasado de moda, te lo digo en serio.

LA JOYA: Sí, a mi manera.

INGA C: Tú manera no existe. Te quedaste rezagado y me parece perfecto.

LA JOYA: Quién lo dice.

INGA C.: Yo, piedra preciosa… Eres anticuado.

LA JOYA: ¿Sí?, pero a mí me sirve como a ti te sirven esas cosas sin sentido de ti.

INGA C.: Ahora entiendo esa frase que dice: «Se le corrieron los muebles», o esa frase que dice: «Tiene la cabeza bien amoblada»… ¡No, no sirve nada de tu pobre cuerpecillo, y me gusta mucho esa condición!

LA JOYA: ¿A mí me pasa eso? Cómo… ¿a mí me amueblan?

INGA C.: Tienes la azotea abarrotada con muebles rotos.

LA JOYA: ¿La azotea? Qué… ¿mi cabeza?

INGA C.: No sabes lo qué es la presión.

LA JOYA: No. Y por qué tanta moralina, no me interesan esos conceptos…

INGA C.: Por qué hablas así, deja de hablar así, quién te crees que eres… Dime, por qué hablas solo… ¡No hables!

LA JOYA: Me sale, no me lo propongo.

INGA C.: ¡Entra al útero!

LA JOYA: Cuál útero… Qué útero.

INGA C.: El mío, el útero del aburrimiento.

LA JOYA: ¿Reconoces que eres aburrida?

INGA C.: Entra te digo, no hay temperatura, está empapelado de recortes de diarios y revistas.

LA JOYA: ¿Eres muy aburrida?

INGA C: No hay color, no hay sangre… Me voy a levantar la falda. Entra al útero y aburrámonos juntos.

LA JOYA: ¡Cuál es la imagen! Qué haces. Mentirosa, no eres una mujer de mundo.

INGA C: ¡¿Qué?!… ¡Qué estás diciendo! Cómo te atreves, sinvergüenza. ¡Tira los muebles ahora mismo!

LA JOYA: No voy a ir a la muerte, soy joven, soy joven todavía, me queda fuerza y chispa.

INGA C.: Yo troto por el mundo, troto y me lo tomo como me lo quiero tomar, él no me toma a mí.

LA JOYA: No sabes presarte.

INGA C.: Tú no sabes. Entra, pega un recorte en el útero, inútil. Tira los muebles de la azotea, rómpelos… ¡Quémalos en la azotea!

LA JOYA: ¡Oh! ¡Ahora entiendo, embustera! ¡Tú eres la anticuada y pasada de moda!

INGA C.: Estás incompleto, no te puedo ni ver. Qué asco. Pega un recorte con saliva.

LA JOYA: No voy a hacer eso, tienes un ejército de bacterias, tú lo dijiste… (Ríe.) –Cuando gobiernas tu bote para estar sola realmente lo que quieres es deshacerte de tu infección.

INGA C.: Y a ti qué te importa.

LA JOYA: Me importa si es que entro, y lo único que voy a colgar del útero va a ser un cartel que diga que estás desechada, que eres una cosa inútil, una cosa inútil, y que estás muerta en la mesa de autopsia…

INGA C.: ¿Muerta?

LA JOYA: Eres puro truco, amiga, terminarás lanzándote al precipicio como las cabras.

INGA C.: Yo sé que a los jovencitos como tú les gusta esto, esté muerto o esté vivo. Les gusta. ¡Apriétalas!

LA JOYA: No quiero… Qué cosa.

INGA C.: No eres cautivante; me da igual.

LA JOYA: … Ehm, bueno… Sí sé… ¡Y qué importa!

INGA C.: Demasiado tarde para la indolencia. Los fantasmas te soban los muebles. Ahora van hacia la vitrina de cristal.

LA JOYA: Y qué, que limpien lo que quieran.

INGA C.: Van a hacer clang.

LA JOYA: ¡No!

INGA C.: Y la sífilis va a hacer cling…

LA JOYA: ¡Já! ¿Quién va a hacer qué?

INGA C.: ¿Estás hablando solo, patán? ¿Te atreves hablar solo, otra vez?

LA JOYA: ¿Sí? No sé, perdí el hilo.

INGA C.: Haz una mueca.

LA JOYA: ¿Con todas las partes de la cara?… Bueno.

INGA C.: Yo te voy a hacer otra.

LA JOYA: Yo te voy a hacer una mueca peor.

INGA C.: Ésta es peor que ésa, ¿acaso no ves, gusano?… Mira están empujando el mueble de los cristales, lo van a tirar.

LA JOYA: Dónde es eso.

INGA C.: Ahí.

LA JOYA: No van a poder.

INGA C.: Qué asco. No sé si puedo ver.

LA JOYA: ¿Están vestidos de frac?

INGA C.: Aburrido.

LA JOYA: Me encanta… Que empujen la puta vidriera, me da igual. Tírenla, cerdos, al suelo con ella. Cling cling cling, clang clang clang, choquen las copas… ¡Choca las copas!

INGA C.: Muebles inútiles hasta el infinito. Todas estas palabras me dan arcadas.

LA JOYA: … Sí, lo sé. Y está bien. Bien o mal, que hagan lo que quieran.

INGA C.: ¿Podrías calcular esta curva? ¿A qué se parece esta curva?

LA JOYA: Dime cuál y yo calculo.

INGA C.: Eres un flojito, tonto, pero tus erecciones tienen clase y esa curva es muy tierna y muy salvaje.

Inga c. toma su brazo y se rodea la cintura.

LA JOYA: ¡Oh!… Parece que necesito un trago.

INGA C.: Y yo. ¿Por qué hablas solo, cariño?

LA JOYA: No quiero soltarte.

INGA C.: Caminemos juntos al bar.

LA JOYA: ¿Sabes? Me siento cómodo.

INGA C.: ¿En serio? Por qué no me cantas algo.

Se sientan en las sillas de playa. Pájaros nocturnos se instalan en el ramaje. Cantan. Comienzan a aparecer luciérnagas. Traen un vaso luminoso y lo dejan a los pies de Inga c. y de La Joya. Inga c. le pone hielo. La Joya lo llena hasta la mitad de un licor azulado. Inga c. le pone una rodaja de limón. La Joya termina de llenarlo con soda. Lo dejan en el suelo. Canturrean Ja nuns hons pris, de Ricardo Corazón de León.

LA JOYA: Me siento… (Suspiro.) –Me siento.

INGA C.: Yo nunca me siento como quiero, pero me gusta estar así. Quiero tener un escalofrío, un escalofrío de la memoria.

LA JOYA: Pensé que habías dejado de lado la ópera.

INGA C.: Siempre quiero hablar, me gusta hablar.

LA JOYA: Estoy escuchando.

INGA C.: El escalofrío es un residuo, diáfano como un perfume… (Se huele.)… –Y aparece el contexto ondeando, los recuerdos expulsados del vaporizador de mi memoria… La agenda está abierta sobre el escritorio, las casillas del calendario preñadas de citas, reuniones, exposiciones, hay que hablar… Fsss… Fsss… (Con las manos.)… –Y cada partícula que compone el recuerdo resuena con el sonido de  hielos disueltos en el vaso… (Tose.)… –El problema se planteó… Perdón, hay algo relamido no sé de dónde, del modo…

LA JOYA: A mí me pasa, a veces me desagrada mi modo de hablar. No hay nada peor que sonar afectado, lejano, me saca de mí.

INGA C.: Sí, es el habla del remontaje… Relajémonos, ignoremos la forma.

La Joya asiente.

INGA C.: Entonces voy a entrecerrar los ojos y me voy a inclinar hacia los macizos hinchados sobre la montaña… La niebla del pulverizador se disipa… Los rayos solares débiles, resecos, languidecen sobre todo… Estoy de pie sobre el césped recién cortado… Más allá de la mesa con comida una pareja esquía en el lago desencadenando una serie de ondas pesadas… Conversaciones, intercambios, lo de siempre… Tiemblo el vaso, sacudo los huesos de mi mano, a través de los espasmos de mi muñeca llegan las risillas; los suspiros saltarines, resuellos furibundos de caballo… La timidez que trae la brisa… Estamos en la celebración de fin de año, del trabajo… Todos los colegas… Nuestro jefe sorbe su copa de champaña, mastica una salchicha, se arroja a la piscina, moja al equipo de juniors, que no sé por qué tienen un montón de fotocopias en las manos: pero de que hay alegría hay alegría… Siento el traje de baño ceñido y sudoroso bajo el traje ejecutivo de corte deportivo… ¿Quién inventó los encajes?… ¿Quién tenía que ver la ropa interior translúcida y recubierta de encajes y adornos?… Cuando se puso el sol se encendieron las luces. La decoración pretendía ser como un gran árbol de Navidad…Al lado del parque que la empresa arrendó, pasaban traqueteando los camiones de carga como quistes traviesos trepando la espina dorsal, liberando rugidos sintéticos a través de sus motores supersónicos… Más allá de la carretera la tierra estaba solitaria y caliente; el sol amoratado se desmoronaba por partes como si estuviese sufriendo un infarto… En la zona de los psicólogos laborales los hombres bebían a torso desnudo con las camisas mojadas colgando del cinturón, de pie en el reborde de la piscina… Todos usaban cinturones muy gruesos que se respingaban hacia un lado y en la sombra que proyectaban se veían como penes portentosos y desafiantes, porque así querían ellos que se viera… Y las mujeres vestían blusas sobre los trajes de baño… Y tenían anudadas las blusas por los faldones como si estuviesen en Waikiki sin saber a ciencia cierta lo que es Waikiki…

LA JOYA: Yo sé lo que es Waikiki: nubes grises rebañadas de un sol rosa y dorado, tablas de surf de madera cortada a hachazos, terminadas a cuchilladas; ramaje de palmeras llorando a sacudidas, tórridas puestas de sol que te sacan el agua de los ojos y de los agujeros… Y un lamento dulce que viene de las olas. Eso es Waikiki.

INGA C.: Muy bien expresado.

Se acerca y lo besa tiernamente.

INGA C.: Entonces las ejecutivas estaban con las blusas amarradas como en Waikiki… La que tenía los calzones más grandes y grises, a diez centímetros del busto, era la que atraía las miradas lascivas de hombres y mujeres transpirados en la noche… Ella también era la que sostenía sus zapatos de taco alto con dos dedos, su cadera tapaba la mitad de la mesa… Los furgones se llenaban con los colegas mayores, con los insolados, con los ebrios… Había unos sentimentalmente heridos, otros infectados con el vacilo de la lucha de clases… Yo estaba instalada sobre el césped, completamente húmeda, lo único que me había arremangado era la chaqueta; por las medias entraba el viento helado que ni siquiera me parecía refrescante… Me sentía embalsamada por mis propias secreciones aunque mi piel se mantenía firme y tersa, espléndidamente maquillada contra el cielo estrellado y la fosforescencia de los jardines… Mi jefe y su esposa estaban envueltos en batas junto a la piscina, manteniendo una charla íntima e inspiradora puesto que sonreían con beatitud, y a veces se carcajeaban melodiosamente como si ese sonido fuera una ofrenda… Yo me acerqué a la mesa de comidas y con gesto experimentado me serví una copa de champaña… Fue una experiencia inolvidable verme tan… Continua, sin interrupción… Antes de beber tomé un primoroso canapé y me lo llevé a la boca con la insinuación de una sonrisa, entrecerrando mis ojos hundidos en sudorosas ojeras de petróleo al masticar… Cuando me incliné para beber, puesto que mi nariz no es pequeña…

LA JOYA: Puesto que es un pico enorme de pájaro loco, con penacho rojo y una carcajada estridente.

INGA C.: (Ríe.) –Me encanta que sea grande… Cuando me incliné para beber y vi hincharse en todas direcciones las luces del contexto a través de la copa de champaña, todos se volvieron difusos…

La Joya se inclina con una mano en el estómago. Respira profundo. Vuelve a repantigarse.

LA JOYA: ¿Entonces?…

INGA C.: La copa de champaña sucia de grasa… Ahí estaba ella a través del vidrio… Vi cómo miraba de reojo al resto de los colegas retozando sobre el césped fosforescente, bajo la noche… Ella era muy joven, elástica, lejana. Tenía los dientes grandes, lo que me impresionó mucho, más de la cuenta… Me quedé viendo su cuerpo tonificado y feroz a través de la copa… Cuando sonaban los motores en la carretera junto al parque, ella se crispaba, pero era muy discreta; sólo yo sabía que estaba tensa… Después de varios minutos me cansé de mirarla a través de la copa, los ojos me ardían… Cuando desenganché la copa de mi nariz, bajándola, vi que ella me miraba… Sus ojos llameaban y yo comencé a sentirme sofocada… Con fuerza, con desesperación… Algo vio en mí que la acercaba continuamente a mí, al mismo tiempo que la ponía incómoda, manteniéndola lejos de mí… Se balanceaba sobre sus piernas aristocráticas, como si estuviese colgada… Yo me sentía borracha de verdad pero podía sobrellevarlo y sabía que tenía los pezones duros bajo la blusa, y me imaginaba besándolos -aunque nunca he besado mis pezones, ni siquiera con la punta de la lengua-; era un detalle deslumbrante y refinado que estaba al otro extremo de lo grotesco… Entonces el contexto comenzó a disolverse… Cerré los ojos y bajé la cabeza, sometida a la extinción del contexto… Escuché el contrapunto de pasos sofisticados sobre el césped… Nada igual nunca nada igual… Nunca nada igual para nada igual… La hija del jefe al fin se acercó a hablarme… Antes que abriera la boca vi que el mismísimo jefe y su esposa subían al descapotable despidiéndose de mí con la mano… Era el último modelo, negro con un cromado que no dejaba de guiñar… Uno de sus destellos llegó directamente a mi vagina y se quedó ahí viviendo para siempre… Había sido la última celebración del año, todo un éxito… La hija del jefe me dijo que me podía llevar en su auto, no me quitaba los ojos de encima, no podía disimular su curiosidad por mí…

LA JOYA: ¿Qué es un descapotable?… ¿Un convertible?

INGA C.: Sí… Ella me admiraba por mi indolencia, mi audacia al sostener la copa junto a la piscina, seca y no húmeda como el resto… Nunca nada es igual; nada igual… Me llevó a un parque, una exclusividad  en el negocio de los parques… Un parque privado… Dejó las luces encendidas del auto, muy glamurosas… Y bebimos licores y fumamos e ingerimos drogas recreativas. Y yo sentía mi corazón descomponiéndose como un animal muerto a cada latido que daba, era un placer que no conocía…

LA JOYA: ¿Se sentía como lo que hay en la caja?

INGA C.: Mejor que lo de la caja.

La Joya asiente varias veces. Toma un largo trago.

INGA C.: Voy a quitarme la blusa de adentro de la falda y voy a desordenar un poco mi pelo.

LA JOYA: Y yo me voy a echar en el suelo para estar más atento.

Cada uno hace lo suyo. La Joya se apoya en un codo.

LA JOYA: Tus piernas están brillando. ¿Por qué?

INGA C.: Están húmedas de sudor… Entonces bebimos y nos recreamos con esas drogas. Nos dijimos cosas muy personales… Me habló de sonidos que quería sacar de su cabeza, dijo que los quería sacar besándome… Y nos metimos la una en la otra… Nada del otro mundo. Al final me dijo que yo era excitante, y me pidió que me diera vuelta la copa de champaña en el cuello para que ella pudiera sorberla…

LA JOYA: «Este colega quiere sorberle la almeja».

Se ríen.

INGA C.: Despertamos en mi departamento. Después nos dormimos. Después volví a despertar y ella no estaba… Sentí la cabeza vacía… Algo en el departamento no estaba igual, lo supe apenas desperté…

LA JOYA: ¿Se robó algo?

INGA C.: Vinieron las vacaciones. Me fui un rato a una playa, afuera.

LA JOYA: ¿Afuera de dónde?

INGA C.: Afuera: en el extranjero… Volví al departamento y no estaba igual… Nunca nada igual; nunca para nada igual… Una tarde estaba viendo las fotos de las páginas sociales, pensando en otra cosa… Y dejé de pensar cuando vi que ella estaba en una de las fotos. Se veía diferente. Se la tomaron cuando yo estaba de vacaciones, era un cóctel de una marca elegante de zapatillas… Ella aparecía esbozando una sonrisa inclasificable… Me levanté del sofá donde estaba y fui a cerrar las cortinas. De la calle llegó una carcajada que desapareció cuando me alejé de la ventana… Me acosté y no pude dormir; no sabía si escuchaba la carcajada o la inventaba… El otro fin de semana compré más revistas y volví a ver las fotos de las páginas sociales… Salía ella sonriendo de esa manera… De esa manera… En todas las fotografías… El día lunes…

La Joya se mueve haciendo ruido. Se tiende de espaldas con las manos tras la cabeza, mirando las estrellas.

LA JOYA: Sigo escuchando.

INGA C.: El lunes, lunes laboral, me preparé para salir, cuidadosamente, quería provocar una buena impresión; como dice mi jefe no hay una segunda oportunidad para provocar una primera buena impresión.

LA JOYA: Qué sofisticado.

INGA C.: Cuando terminé me vi en el espejo de mi pieza: deslumbrante, me dije a mí misma… Tomé unas tijeras y me encerré en el baño. Corté la parte del pecho porque quería ver mis pezones; lucían otro color, y me subí el vestido por encima de los muslos… Siempre he sido creativa a la hora de darme el placer. Y me quedé pensando en cómo había solucionado mis problemas a través de mi vida, y me sentí, no lo sé, ¿orgullosa?… De…De ser tan competitiva… Y con los dedos humedecidos por el agua y el jabón toqué mi vagina, mis rodillas y mis costillas, mis codos, la parte de adentro de los brazos, las axilas, los muslos, las pantorrillas, con mis pezones toqué mi barbilla, las rodillas, los codos, la punta de los pies, y la piel se me soltaba, no sabía bien si estaba muy excitada o no lo estaba o si tenía que responder como lo estaba haciendo a ese momento, y no sé por qué tenía la sensación de estar durmiendo mientras me tocaba porque parecía que mi cuerpo se derretía, agotado… Me besaba y me hablaba, me gemía y me susurraba… Entonces tuve un orgasmo y con el orgasmo…

La Joya se pone de pie. Coloca las manos en los bolsillos. Durante el relato de Inga c. continuará mirando las estrellas y de vez en cuando la bajará para meditar.

INGA C.: Tuve un orgasmo al mismo tiempo que empezaba un descomunal dolor de cabeza… Hubo un silencio en el baño… ¿Sabes qué pasó?… ¿Sabes?…Empecé a escuchar risas que venían por el conducto de ventilación y por los desagües… Yo quedé entorpecida por el orgasmo que también había sido grande… Cerré los ojos, saqué el tapón de la tina y me quedé viendo como el agua bajaba dejando huellas en mi cuerpo… Y escuchaba a personas conteniendo la risa… Esa semana no fui al trabajo… Y a la otra semana mi jefe me llamó por teléfono para decirme que prescindía de mis servicios, pero que me lo tomara con humor… Y lo tomé con humor: me compré ropa nueva y todo tipo de revistas… Y no sabes quién aparecía en todas: la hija del jefe con esa sonrisa, y no sólo ella sonreía, los que la rodeaban, también, como si compartieran una broma… Se estaban burlando de mí y todo por el modo particular… que tengo… de… existir. Entonces supe que me había llegado una prueba, una prueba digna de una mujer de mundo…

Vuelven los grillos. La Joya mira a Inga c.

LA JOYA: ¿Puedes cruzar las piernas y mover un muslo sobre otro?

Ella lo hace. La Joya cierra los ojos y sacude la cabeza varias veces como si se tratara de una secuencia. Inga c. amasa un muslo con otro, despacio.

INGA C.: Ahora viene la parte… Cómo llamarla… Corrección; es cuando te das cuenta que toda especulación es inútil, y que para vivir necesitas acción… ¿Quieres?

La Joya asiente. Inga c. toma su cajita. Inhala dos veces; vuelve a pellizcar y pone sus dedos en las fosas de La Joya. Aspira. Inga c. sigue moviendo los muslos y La Joya sigue mirando.

INGA C.: Estaba decidida a tomar las medidas correspondientes… Bajé a comprar el diario. Me quedé leyéndolo en el quiosco. En las páginas del final hablaban de una gran representación, y fíjate en este detalle: se hablaba de una gran representación sólo apta para gustos refinados: entonces supe que ella estaría ahí. Lo supe como si alguien me hubiese soplado esa idea.

Inga se pone de pie. La Joya se vuelve a echar en el suelo mirando las estrellas. Se dejan oír los sonidos de los animales nocturnos coexistiendo en admirable armonía.

INGA C.: Llegué media hora antes vestida para la ocasión: enérgica, vibrante. La gente no lo hacía nada de mal… Entonces la vi venir. Yo sabía exactamente lo que tenía que hacer. Fui a su encuentro y algo me delató porque en su cara vi que intuía que algo no andaba bien. Tomé la navaja de mi cartera y se la clavé en la boca. Yo quería que el cuchillo pasara entre sus dientes y rechinara como en una novela que había leído, pero no sonó.

La Joya se crispa. Trata de levantarse inmediatamente, pero le cuesta. Logra incorporarse. Se acerca a Inga c. y la mira directamente a los ojos. Luego mira su boca.

LA JOYA: La mataste.

INGA C.: No, sólo la hice sangrar. Ella se sacó la navaja y me lanzó un corte que bloqueé con la mano. Nos separaron y nos llevaron al hospital… Una cuchillada en la lengua… Sé que es simbólico pero no lo pensé en el momento.

LA JOYA: ¿Entonces por qué en la lengua?

INGA C.: Porque era lo más delicado que tenía, y porque era lo mejor que tenía y quise decirle sólo eres una lengua. Pero las muchachas así no entienden de lecciones.

LA JOYA: No sé si me gustaría seguir escuchando.

INGA C.: Si escuchas hasta el final te voy a dar lo que quieres.

LA JOYA: ¿Segura?

INGA C.: Nos llevaron con la policía a un hospital. Nos curaron. A mí me interrogaron hasta tarde, no me quitaban los ojos de encima…. Salí a las dos cuarenta y cinco de la mañana… Hamilton me esperaba afuera del hospital.

LA JOYA: ¡¿Hamilton?!

INGA C.: Hamilton es mi hermano, a veces va a ver si necesito algo y se queda a comer. Caminamos en silencio hacia la parte más iluminada de la ciudad…

LA JOYA: ¿Está aquí? ¿Va a venir?

INGA C.: Sí, de alguna manera está… Caminamos… Quería estar borracha, necesitaba estar borracha, aunque sabía que no me convenía estar borracha… Pero me sentía borracha; borracha de otro modo, pero borracha al fin y al cabo… Una luz espesa ahogaba mi cabeza y cuando se ahogaba se disparaba un resplandor en la niebla, algo muy parecido a intentar leer una página en blanco bajo el sol de mediodía…

LA JOYA: No hables así.

INGA C.: Borracha como una insolación… Todavía sentía la presión de la navaja en mi mano… Y recordaba su exclamación que no alcanzó a ser un grito… Era más parecido a un flato, se repetía contra los pasos que daba en la calle, se repetía intercalándose con mis suspiros. Se repetía… Era la primera vez que caminaba tan tarde en la calle solitaria sin tener miedo… Y Hamilton me seguía… A mí me había tocado dar un buen susto… Así creo que lo dijeron cuando me interrogaron… Yo les dije que lo que hice no fue tan horrible como lo que ella me hizo… Porque era una cadena de burlas, a través de los días y del tiempo, y ella envidiaba mi indolencia… Imaginé que Hamilton me violaba para exorcizarme, y pensé que podía funcionar, y lo pensé porque no puedes imaginar qué tan rápido las cosas se solucionan cuando más se complican…Y no era más desconcertante que la sensación de una borrachera sin recuerdos que supuraba luz blanca… Era esa luz precaria sin potencia, lechosa… Caminamos y caminamos… Yo quería llegar con los pies heridos a la casa, amoratados, ensangrentados, para dar una imagen, para ganar un poco de piedad… Quería verme exhausta y trastornada, frágil, sosteniendo un último aliento, pero tampoco llegué cansada. Llegué reanimada por el ejercicio… ¿Estás escuchando?

LA JOYA: Sí…

INGA C.: Quédate quieto, mírame. Arrójame tu luz.

LA JOYA: Qué luz.

INGA C.: Tú sabes qué luz, piedra preciosa… Absorbe mi desesperación.

LA JOYA: No me hables de mí, sigue hablando de ti.

INGA C.: Abrázame, absorbe mi aflicción, piedra preciosa.

Le da una palmada en el hombro.

INGA C.: Entonces estaba reanimada… Y me concentré porque sabía que tenía que entrar en escena. Hamilton me pidió detalles, me pidió exactitud; y yo le di ambas cosas, le hablé de la fiesta, de la hija, del jefe, de la fiesta personal, del placer, de los pensamientos de esos días… Mírame y escucha, ¡no dejes de tocarme!… Absorbe este problema, diamante… Entonces le hablé a él, a Hamilton, y la escena parecía sacada de un relato moderno de clase media esperanzada… Él como siempre que estaba nervioso me escuchaba comiendo queso y tomando cerveza, estábamos sentados en la mesa de la cocina y el refrigerador zumbaba enfermo, y estaba bien porque no podía imaginar qué música escoger para el momento… Lo único que podía pensar era que él fingía preocupación, aunque ahora creo que estaba preocupado de verdad… ¿O fingía?… No sabía cuánto tiempo llevaba hablándole y si él me estaba escuchando… De pronto se le arrancó un gemido… Estaba llorando o se ahogaba, pero no dejaba de masticar… Y entonces se acercó a mí, pero realmente no se acercó a mí, otra vez empezó a gemir, pero con más fuelle… Y los gemidos se hicieron chillidos parecidos a los de un ratón pero más delgados… Y me di cuenta que no lo había mirado desde que entramos a la cocina, y tampoco me atrevía a mirarlo… Sólo me tragaba su presencia… Entonces dejé de escuchar los chirridos de su boca… Y me callé, ya le había dicho lo de las revistas y lo del navajazo en la lengua… Oh, creo que en ese momento lo deseé… a mi manera… Y los chirridos siguieron, pero más bajos… Abrí los ojos y me di cuenta que Hamilton no estaba, pero el chirrido estaba, aunque muy bajo, tan bajo que me ensordecía como si fuese un latido temeroso… Y buscaba con los ojos su presencia y no podía encontrarla. Pero el chirrido se mantenía no sé por qué menos noble, menos robusto que la voz humana, sin eco, sin resonancia… Entonces me fijé en un bicho en la mesa que intentaba empujar un pedazo de queso… Me acerqué sin pensarlo mucho… Y… Supe que era él, vi que era él… Se había convertido en una barata… Y yo… Y yo sabía que se había convertido en una barata por todo lo que le había dicho y que no había podido soportar… Toda la inmundicia humana que le había arrojado encima… Quiero reír sin malicia, liberada de ese sonido; aunque no sé si realmente quiero reír… Sólo quiero continuar.

La Joya le hace cosquillas, apático.

LA JOYA: No eres cosquillosa.

INGA C.: Ahuequé las manos y las puse sobre él para que no se me escapara… Cómo chillaba… Qué doloroso se oía… Algo le dolía y era evidente que estaba sufriendo… Y quizás no, quién sabe qué pasa por ese diminuto órgano que es la mente de un insecto… Como sea, no podía seguir escuchándolo… No obstante, me dije: «Eres una mujer de mundo, no hay una segunda oportunidad para tomar una primera buena decisión…». Entonces lo agarré con una mano, me lo acerqué a los ojos, y me quedé viendo cómo se le movían las antenas y las patas… Y la cocina se desarticuló y yo sufrí el primer desarme de mí y me quedé suspendida entre mis pedazos… Sin mirarlo directamente lo aplasté con los dedos hasta que salió algo como esa luz lechosa de su tórax, seguida de un par de huevos… Puede que hayan sido tres… Lo mantuve apretado hasta que las antenas dejaron de moverse, no quería deformar completamente su caparazón… Me lo metí a la boca… Después de quedarme escuchando el zumbido del termostato lo mastiqué un par de veces y me lo tragué.

La Joya se aparta. Desarma su corbatín y vuelve a hacer el nudo; lentamente.

INGA C.: No se trataba de dejarlo vivo o matarlo, únicamente. Se trataba de borrar una certeza que me atormentaba, y que es la desagradable influencia de mi voz… Me lo comí porque podía y quería saber qué se sentía, lo comí para borrar una huella en mi memoria.

LA JOYA: ¿Este es tu secreto? Yo quiero un secreto.

INGA C.: ¿No es un secreto, hombre de vidrio?

LA JOYA: Quién eres tú.

INGA C.: El espíritu de una vieja cabaretera borracha e iletrada me dijo que si me sentía perdida podía viajar a un olvidado pueblucho de pescadores, primitivo donde aún se cree en la fuerza bruta, donde todos los hombres son criminales porque únicamente creen en los hombres. Que por las noches merodea un muchacho que cree que su cuerpo es de vidrio, y por la aparente pureza de este elemento, reflejado en su transparencia, su razón es ágil, y cuando le preguntas qué hacer con lo que te aflige te responde de tal manera que crees que la vida es una cosa fácil de sobrellevar, y que si aplicas el sentido común, siempre serás feliz.

LA JOYA: Efectivamente, amiga, en el pueblo merodea ese hombre. Soy yo. Cuando mi locura comenzó tenía dieciocho años. Ahora tengo treinta y ocho y el mundo no gira de la misma manera.

INGA C.: Lo sospechaba. Entonces dime, ¿hice algo digno de ser  recordado comiéndome a mi hermano que convertí en barata?

LA JOYA: ¿Parezco de vidrio? ¿Es posible?

INGA C.: Si me convences, sí.

LA JOYA: Ya me olvidé cómo era en esa época. Una gitana me dio un vaso de vino con un hechizo de amor. Era morena y era hermosa, yo era pobre y no sabía nada de mujeres, nada de nada, realmente. La noche que me invitó a salir le dije que no tenía tiempo porque tenía que leer mis libros, eran unos mugrosos textos escolares llenos de mentiras y cachivaches, pero eran libros y los de mi clase sienten reverencia por todo lo que sea papel impreso. Ella era demasiado bella y seductora y le costó creer que yo la había rechazado. Se atrevió a invitarme otras veces y siempre escapaba con la excusa de los libros. Hasta que un día me mandó de regalo una botella de vino contaminada con una poción de amor, de esas que venden en las ferias. No sé de dónde sacaron eso, hasta donde pude conocerla me parecía imposible que ella pensara que el amor absoluto era posible en un sorbo de vino… A no ser que me haya dado vino con un afrodisíaco, pero de haber sido así creo que me hubiese invitado a beberlo a su casa… Cuando más grande descubrí que era bien posible que sintiera algo como amor al recibir una botella de vino de una joven hermosa, pero yo era lento… Quizás si alguien me hubiese enviado una botella de vino ayer en la noche, hoy estaría enamorado de esa persona ahora mismo, digo amor entre comillas; a qué se refiere cada uno cuando habla de amor… ¿Ternura?… ¿Lujuria?… ¿Un deber de la civilización?… Yo soy pobre, y el pobre suele enamorarse de la caridad… Pero, ¿uno se enamora realmente?… Es una reacción muy previsible entre la gente orgullosa de sí misma sentirse herida cuando es ignorada. Yo estaba en edad de saberlo, pero no era un joven de muchas luces, como se dice. Sólo a un tonto le terminan dando siempre su merecido. Las relaciones entre hombres y mujeres siempre me parecieron inhóspitas, por la misma razón creo que entré tarde a la lujuria. Repito: no era un niño precoz… La verdad no sé qué tipo de droga o veneno me dio. Pero nunca me enamoré de ella…. Tomé el vino, después me sentí mal y caí en coma dos meses y cuando desperté no sentí nada de mí, ni por dentro ni por fuera, sólo era una superficie sin color, sin olor, sin sabor, sin textura… Nunca pensé que fuese de vidrio. No sé por qué pensé que todo lo del hechizo podría ser verdad y que si encontraba a la gitana y le decía: «Te amo, perdóname», ella haría que volviera a sentir.

INGA C.: Eso fue porque preferiste el conocimiento de los libros en lugar del conocimiento que te ofrecía una mujer.

LA JOYA: Siempre pienso en eso. Pero no puedo arrepentirme.

Inga c. lo apuñala en el cuello. La Joya se tarda en soltar sangre.

LA JOYA: Entonces era cierto.

Se desploma quedando boca abajo. Inga c .comienza a armar su carpa.

INGA C.: Si le hubiese preguntado, ¿licenciado Vidriera, por qué mato, por qué mato a mi hermano en mi mente y por qué mato en el mundo real?… Su lógica nunca tuvo sentido, quizás la resonancia psicoanalítica de su supuesto delirio lo transformó en una «leyenda». Pero estaba claro que no estaba loco, demasiado aburrido, demasiado idealista en su deseo. ¿A qué se refería con el secreto? No quiero pensar que se refería al problema de la mujer… Aunque puede ser, era de ideas retrogradas. Era ingenioso, y se veía que fue criado por una abuela conservadora que le infundió miedo al sexo. Qué pena… Mmm

No logra armar la carpa. Desenrolla un saco. Luego se quita la ropa y se pone un pijama.

INGA C.: ¿Cómo lidiar con el hecho de que soy una asesina? ¿Qué quiero demostrar? Odio mi falta de penetración, me hace quedar como una tonta… ¿Qué pensó cuando tenía el cuchillo clavado? Creo que me retracto. La especulación, a mi parecer, siempre será un proceso más productivo que la acción. La acción comprime la multiplicidad de causas transformándola en una. Por eso es tan pertinente preguntar: ¿por qué mato? Y podría modificar la pregunta, ¿por qué mato en ciertos instantes y a ciertas personas? Lo que me deja con mal sabor es que posiblemente posea una mentalidad primitiva y no pueda ver más allá de esta lógica. Pero soy sensible, tengo una sensibilidad astuta, a veces.

Inga c. se mete al saco de dormir. Agarra su chaqueta y se la tira a La Joya, cubriéndole la cabeza.

INGA C.: Sí, se lo merecía por flojo, tantos años solo para pensar, espiando a mujeres solas y no salió nunca ningún pensamiento original. Sólo quería que me abalanzara a su pene y se lo chupara con lágrimas en los ojos… Lo hubiese hecho, pero nunca me lo pidió directamente… Como sea, hablé demasiado, estoy cansada, exhausta de mí. Soñaré durante lo que quede de noche…

Se acuesta.

INGA C.: ¡Buenas noches vaca! (Una vaca muge.) – ¡Buenas noches rana! (Una rana croa.) – ¡Buenas noches grillos! (Los grillos cantan.)

Inga c. cierra los ojos. Se duerme.

Leer la obra original de Miguel de Cervantes:

El licenciado Vidriera