Cooperación española / Cultura
IV Centenario Muerte Cervantes
Roberto Contador

Roberto Contador

Chile

Escritor, licenciado en Cine. Ha trabajado en cine, teatro y televisión. Colaboró en varios largometrajes entre los que se cuentan, El Inquisidor, La Taberna de Los Descalzos, ganador Fondo Audiovisual 2013 y El eco de las Canciones, obteniendo reconocimientos en el Festival de Cine de Marsella, Festival de Cine de Valdivia, DOC Leipzig, BAFICI y RIDM.

Trabajó en las adaptaciones que realizó el director Alfredo Castro de las obras Distinto de Eugene O’Neill y Un tranvía llamado Deseo de Tennessee Williams.

Su texto Clavo Crudo a Dos Centavos fue seleccionado en la XIV Muestra de Dramaturgia Nacional. Posteriormente esta obra fue montada por Guillermo Ugalde, director de la Compañía La Península. Reducida, un monólogo, fue presentado en el ciclo Lecturas 100, de Matucana 100. La lectura fue dirigida por Heidrun Breier.

Entre los años 2000 y 2001 realiza una investigación sobre los Antecedentes de la Literatura Contemporánea en la Biblioteca Nacional de Madrid, España.

Actualmente se encuentra trabajando en el largometraje Una vez la Noche silenciosa, de la directora Antonia Rossi.

El universo en torno a la obra

A decir verdad, no debería escribir sobre ella

A decir verdad, no debería escribir sobre ella, pero lo haré con una delicadeza, un cuidado y un cariño absolutos. Parece simpática porque es nueva. Es nueva en el sentido de que no lleva mucho tiempo en estos círculos. Reparé en que era nueva tan pronto como la vi; en primer lugar, porque nunca hasta entonces la había visto, y, en segundo, porque advertí en ella pequeños detalles, como, por ejemplo, una rapidez que solemos llamar prisa. Los recién llegados quieren aclimatarse, familiarizarse cuanto antes con todo lo que les rodea, de ahí las dosis de buena voluntad que manifiestan. ¿Cómo nos convertimos en la novedad? Apareciendo en un lugar distinto del habitual. Para aparecer de mala manera en un lugar distinto del habitual, puede que sea necesario pedir perdón, cosa que yo hago siempre. Y de buen grado. […]. Esta muchacha nueva a quien dedico este artículo me gusta porque es víctima de su timidez a la hora de actuar, aunque no mucho, la verdad es que sólo un poco. Esto causa muy buena impresión. Se fija en todo cuanto los de siempre ya no estiman oportuno fijarse. La nueva me conmueve por la novedad que representa. Tiene una mirada pensativa, como si tuviera que meditar sobre el lugar en que se encuentra y reflexionara acerca de las situaciones pasadas. Un poco de seriedad en el rostro siempre sienta bien, aunque no demasiada, claro está, sólo una pizca, no más. Quizás me decida a apadrinarla, con discreción, se entiende. Hay que andar con mucha discreción cuando se muestra interés o se siente predilección por una persona. Ay, cuando se sabe todo, cuando uno lo conoce todo de un lugar, es fácil que empiece a echar de menos alguna cosa; ¿y cuál será el motivo de que eso, el ser nuevo en un lugar, sea tan agradable? En realidad, todos necesitamos de cierta renovación. ¿Qué si eso es cierto? Puede que lo sea desde cierto punto de vista.

Robert Walter, Escrito a lápiz.

 

En la época en que Sarah Bernhardt cosechaba grandes éxitos

En la época  en que Sarah Bernhardt cosechaba grandes éxitos y los cuadros de los impresionistas iban a parar, uno tras otro, directamente de sus estudios a manos de los compradores, y Beardsley dibujaba y escribía poesía, una pobre proletaria destacó de la gente de su clase queriéndose arrojar al mar porque se había descubierto que había querido meterse en el bolsillo una cucharilla de plata sin que nadie se lo hubiera pedido. Se avergonzó de su propósito de adueñarse de un bien ajeno; tanto que se consideró indigna de seguir siendo un miembro activo de la humana sociedad, y así se llevó consigo a su hijo a vivir a la playa, que presentaba un aspecto encantador, de serenidad, y por la que paseaban arriba y abajo unas personas muy engalanadas que, de tan amables como eran, se hacían reverencias cada vez que se cruzaban en sus idas y venidas. Un joven escritor que acababa de saltar a la luz pública con su primera novela yacía soñador en la resplandeciente arena. […]. Mujercita, ¿de dónde crees que sacarás el valor para cumplir lo que te has propuesto? No cesaba de asentirse a sí misma con la cabeza, como si en todo momento quisiera mostrase conforme con su plan. Los caballeros llevaban sombreros altos, largos y negros como los tubos de una estufa. La vida a orillas del mar, los árboles, los chiringuitos, los banderines y las sillas blancas, algunas libres y otras ocupadas por personas de ambos sexos, todo eso parecía pintado por la mano de un artista genial. El niño se agarraba a la falda de su madre. Caminaron por un desembarcadero hasta llegar a su extremo, donde se detuvieron, y puede que en ese instante, en la ciudad, un mecenas dijera a un pintor: «Venga a verme esta noche y traiga a su amigo», y ahora deberían ahogarse la mujer y su hijo, y todo por una menudencia, por un objeto de plata que ella se metió debajo de la falda porque lo estimaba en mucho. Sin comprender muy bien qué ocurría, la criatura miró a su madre, que al instante cambió de opinión y dio un paso atrás; estaba dispuesta a seguir con vida y a luchar contra la sospecha que pesaba sobre ella por la cucharilla de plata, a luchar con delicadeza, esto es, sin brusquedad ni desafíos, sino más bien en silencio, abriéndose paso a través de la calumnia, trabajando para su hijo, exponiendo a la ignominia un honor que ahora, de repente, volvía a parecerle importante.

Robert Walser, Escrito a lápiz.