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PERSONAJES

PERALTA

CAMPUZANO

CIPIÓN

BERGANZA

CAICEDO

Novela y coloquio que pasó entre Cipión y Berganza, perros del Hospital de la Resurrección, que está en la ciudad de Valladolid, fuera de la Puerta del Campo, a quien comúnmente llaman los perros de Mahudes.

 

 Apolo, dios de la Poesía, y que preside a la duración de los tiempos, preserve mis versos de la destrucción para que en remotas edades lleguen a noticia de los venideros y sea conocido por su aspecto y por sus señales.

Gerónimo Fracastoro,

Syphilis

CAPÍTULO 1

Día.

Hospital de la Resurrección. Sala de ingreso. Habitación reducida. Una puerta, una pequeña ventana, un escritorio, una camilla, un biombo. Se oye un rumor de voces que viene desde afuera. 

Peralta se viste para comenzar a atender pacientes. Abre la puerta, llama al primero en la lista.

PERALTA: ¡Campuzano! ¡Campuzano! Venga. Venga. ¿Usted es Campuzano? Bueno. Entre. Venga.

Lento y con mucho cuidado entra Campuzano.

CAMPUZANO: ¿Entro?

PERALTA: Sí, pase. Tranquilo.

Peralta cierra la puerta. El golpe pone en alerta a Campuzano.

PERALTA: Tranquilo. Tranquilo.

CAMPUZANO: Me sorprendió.

PERALTA: Pase. Siéntese.

CAMPUZANO: Permiso.

PERALTA: ¿Hace cuánto está esperando para ingresar?

CAMPUZANO: Es un milagro.

PERALTA: Siéntese. Siéntese, por favor.

CAMPUZANO: ¿Acá?

PERALTA: Sí, en la silla.

CAMPUZANO: Gracias.

PERALTA: ¿Está esperando hace mucho tiempo?

CAMPUZANO: ¿En la plaza? Hace unos días. Es un milagro poder sentarme en una silla y estar hablando así como un ser humano.

PERALTA: Tranquilo. Quédese tranquilo.

CAMPUZANO: Es un milagro.

PERALTA: ¿No tuvo trato con otras personas en estos días?

CAMPUZANO: No mucho.

PERALTA: No mucho. Vamos a ir llenando un formulario para la internación. ¿Nombre completo?

CAMPUZANO: Disculpe, no me siento bien.

PERALTA: Dígame su nombre completo para el ingreso.

CAMPUZANO: Salvador… Campuzano.

PERALTA: ¿Nombre de sus padres?

CAMPUZANO: No le sabría decir.

PERALTA: ¿No se acuerda?

CAMPUZANO: Es que a mí no me criaron mis padres, me dejaron en una iglesia.

PERALTA: Expósito.

CAMPUZANO: No, en el depósito no, en la puerta; y me críe en el matadero…

Golpean la puerta. 

PERALTA: Disculpe, voy a abrir.

CAMPUZANO: Cuidado.

PERALTA: Tranquilo, no pasa nada.

CAMPUZANO: Tenga cuidado.

Peralta abre la puerta muy despacio, por la rendija aparece la cabeza de Cipión.

CIPIÓN: ¿Me llamaron?

PERALTA: No, no lo llamé. ¿Cómo es su nombre?

CIPIÓN: Cipión.

PERALTA: Cipión… Cipión. Sí, es el que sigue. Tiene que esperar un momento. Ya lo llamo.

Peralta cierra la puerta. Antes que llegue al escritorio vuelven a golpear. Peralta vuelve a abrir.

PERALTA: Ya le dije que tiene que…

CIPIÓN: ¿Me deja pasar?

PERALTA: Tiene que esperar afuera.

CIPIÓN: ¿Y no se puede pasar?

PERALTA: Si lo dejo entrar a usted otros pacientes van a querer pasar también.

CIPIÓN: No, otros no. Sólo yo.

PERALTA: Me compromete.

CIPIÓN: Es que hace mucho frío en el pasillo, señor.

PERALTA: Bueno, pase. Tiene que esperar, ahora estoy atendiendo pero puede esperar ahí en la camilla si quiere.

CIPIÓN: Gracias, gracias, gracias.

Peralta deja espacio para que pase Cipión. Berganza empuja la puerta y entra siguiendo a Cipión.

BERGANZA: Permiso.

PERALTA: ¿Y usted?

CIPIÓN: ¿Puede pasar mi amigo también?

BERGANZA: Hace mucho calor en el pasillo.

CIPIÓN: Mucho frío.

BERGANZA: Mucho frío.

PERALTA: Bueno, pasen, pero sin hacer ruido por favor.

BERGANZA: Muchas gracias, muchas gracias, muchas gracias, muchas gracias, muchas gracias, muchas gracias…

PERALTA: Acomódese por ahí en la camilla.

BERGANZA: No, acá en el piso. No hay problema. Yo me hago un lugarcito acá y no molesto. Tiramos una cobija y pronto. Acá está mucho más lindo.

CIPIÓN: Afuera está helado.

BERGANZA: Una heladera. Una heladera. Una heladera.

PERALTA: Estábamos en… la edad…

CAMPUZANO: Sesenta y tres.

BERGANZA: Sesenta y tres.

PERALTA: Perdón.

CIPIÓN: Cállese Berganza, que el doctor nos va a echar.

PERALTA: Yo no soy doctor, soy licenciado.

CIPIÓN: Eso, eso. Que nos van a echar.

CAMPUZANO: ¿Usted no es doctor?

PERALTA: No. El doctor les examina la orina si es necesario y de ahí resuelve cuál es el tratamiento. Hay muchos enfermos. Pero tiene suerte, en media hora le podemos hacer el ingreso. Si nos apuramos entran en ese grupo.

Peralta se coloca guantes de látex.

CAMPUZANO: Gracias. Me parece un milagro.

PERALTA: ¿Picazón?

CAMPUZANO: Pica un poco.

BERGANZA: A mí me pica toda la espalda.

CIPIÓN: No te vuelvo a rascar.

BERGANZA: Perdón, se me escapó.

PERALTA: ¿Dónde le pica?

CAMPUZANO: Abajo del brazo, el cuello, la espalda.

BERGANZA: A mí también me pica la espalda.

PERALTA: Tiene los dientes machados. Abra la boca.

CIPIÓN: Había que lavarse los dientes.

PERALTA: No se lava muy seguido.

BERGANZA: Yo traje cepillo.

CAMPUZANO: Me los estropeó comer tanta carne. También la sangre la tengo más gruesa de comer tanta carne.

PERALTA: ¿Sabe dónde nació?

CAMPUZANO: No, pero me críe en el matadero. De chico empecé a trabajar con el Romo, un carnicero de ahí. Petiso, trabado, muy calentón. Me enseñó a tirar un toro agarrándolo de las orejas con los dientes. Yo salí un ave en eso.

CIPIÓN: A hacer daño se aprende enseguidita.

CAMPUZANO: Lo que pasa es que en ese ambiente es así. En mi vida vi gente más violenta, sin corazón, ladrones. Porque viven de lo que roban en el matadero. Si usted viera, las caras de las mujeres de madrugada… los días de carne… el matadero se llena de gente esperando para picotear algo, cualquier cosa. Y el dueño de la vaca no puede hacer nada, cada uno le saca un pedazo y listo. No hay nada que hacer. He visto pelar una vaca como si fuera un árbol. Dejarle las ramitas nada más. Y son gente que lo mismo mata un ternero como mata a un cristiano. He visto abrir la barriga a una persona así.

BERGANZA: Yo me voy a lavar los dientes…

CIPIÓN: Usted se queda.

PERALTA: Mire Campuzano me parece que no tendría que estar hablando así. No hace falta hacer tantos gestos. No sea malo. Con un poco menos de impulso, ¿no le parece?

BERGANZA: Tiene razón.

CAMPUZANO: Digo… entonces que…

PERALTA: Continúe.

CAMPUZANO: Mi patrón me mandaba a repartir carne como mandadero, un trabajo digno, ¿no?

PERALTA: Sí, claro que sí.

CAMPUZANO: Muy especialmente para una muchacha… amiga suya. Yo le llevaba  la carne que él… «reunía» en el matadero de madrugada. Un día iba yo con mi cestita, tranquilo, caminando, y siento que me llaman: «Campuzano, Campuzano». Miro, una muchacha… preciosa. «Campuzano, Campuzano». Me paro, ella se acerca, yo: un cachorrito, ella: una potranca. Me toca la cabeza y pim, me saca la cesta; y se va muerta de risa. «La carne a la carne» me quedé pensando yo. «Decile al Romo que no mande niños al reparto que ya ve», me dice.  Yo le podría haber sacado la cesta si quería, pero no le quise ensuciar esos piecitos, esas pantorrillitas, esos muslitos.

PERALTA: Hizo muy bien en no faltarle el respeto a la señorita.

CAMPUZANO: Sí, y yo que muy bello no soy, no tuve quien me salvara cuando mi patrón se enteró que me habían robado la carne. Me tiró una puñalada a la barriga que si no corro no estaría acá sentado. Patitas para qué las quiero. Esa noche dormí en el campo. Al otro día entré a trabajar de pastor de un rebaño de ovejas y carneros. A mí me pareció mejor que el trabajo del matadero, lo sentí más natural y digno: defender de los poderosos y soberbios a los humildes y los que poco pueden. Me pareció a mí, mucho mejor cuidar unas ovejas que estar metido entre todo aquel malandraje, aquella mugre de gente; gente, si se le puede decir gente, todo el día atento a cumplirle los gustos a las hembras de esos pedazos de…

CIPIÓN: Vamos a lavarnos los dientes.

PERALTA: Campuzano, respire hondo. Así, inhale, exhale, inhale. Mejor vamos cambiando de tema que no está bien asustar a uno aunque eso haga reír a otros.

CAMPUZANO: Si me va a estar criticando todo el tiempo mejor no cuento nada.

PERALTA: No se ofenda, cuénteme: entró a trabajar como pastor y…

CAMPUZANO: No tengo ganas.

PERALTA: Bueno, como quiera. Desnúdese por favor.

CAMPUZANO: ¿Para qué?

PERALTA: Lo tengo que examinar bien.

CAMPUZANO: ¿Es porque no le cuento?

PERALTA: No. Lo tengo que revisar para mandarlo a sala.

Campuzano comienza a quitarse la ropa.

PERALTA: Mientras vamos adelantando. Pase Cipión. Siéntese.

CAMPUZANO: Algún día le cuento lo de los pastores. Nunca vi cosa más sucia. En las canciones se le da mucho color a toda esa vida, eso son todos bolazos, cosas para entretener a la gilada, pero no tienen nada que ver con la verdad. No hay campito lindo, ni arroyito de agüita cristalina, nada, nada… está todo podrido.

PERALTA: Campuzano disculpe que le corte la inspiración, pero desnúdese.

CAMPUZANO: La inspiración me la cortará, pero la memoria no. La cabeza me va tic, tac, tic, tac.

PERALTA: Vaya detrás del biombo me hace el favor. Pase Cipión.

CIPIÓN: Que pase Berganza primero que está apurado para que le vea los dientes.

BERGANZA: Mentira.

PERALTA: Venga, siéntese.

BERGANZA: Recién me estaba acordando de una historia. Se muere.

PERALTA: Antes dígame su nombre completo.

BERGANZA: Domingo Sandoval, Berganza para los amigos. Por esa época yo trabajaba llevando a los hijos de un patrón que tenía acá en la ciudad, a la escuela. Los llevaba, me quedaba por ahí con los muchachos por si precisaban alguna cosa, los traía a la casa. Algún día le cuento bien cómo fue, pero en fin, que no me dejaron llevarlos más a la escuela, parece que alguien dijo algo, que me vieron a mí en algo, no sé.

CIPIÓN: La gente habla, habla, dice cualquier cosa, ensucia.

BERGANZA: En definitiva que me dejan en la casa, de portero, para cuidar que no se meta ningún desconocido. Pero que te cuento que había una negra sirvienta, que andaba con un negro de por ahí que dormía en la calle, y se quedaba frente a la puerta de la casa esperando a la negra ésta, y se juntaban de noche, claro. La negra me traía un queso, un poco de pan, un pedazo de carne, buenos pedazos de carne y yo me hacía el zonzo. Porque el patrón me tiraba un hueso cuando se acordaba y no se acordaba mucho, y con lo de la negra por lo menos iba tirando.

PERALTA: No diga tantas veces negra, negro, negra. Queda feo.

CAMPUZANO: Y si era negra.

PERALTA: Bueno siga, pero termine de sacarse la ropa.

CAMPUZANO: ¡No me apure si me quiere sacar bueno!

PERALTA: Dígame su edad.

BERGANZA: Sesenta. Bueno, en fin. La señora ésta, la negra. Me conquistó un tiempo con esto, pero al fin resuelvo que tenía que responder a mi patrón, porque yo dormía en su casa, comía mal o bien lo que me daba, y entendí que tenía que hacer algo.

CIPIÓN: Muy buena filosofía, Berganza.

BERGANZA: ¿Qué es filosofía? Yo siempre digo filosofía, filosofía, pero si me preguntan, me quedo así… boca abierta.

PERALTA: Se lo resumo. Esta palabra se compone de dos palabras griegas, que son «filos» y «sofía», filos quiere decir amor, y sofía, ciencia; así que filosofía es amor por la ciencia.

CIPIÓN: ¿Escuchaste? Aprenda del doctor.

PERALTA: No soy doctor.

CAMPUZANO: ¿Cómo sabe de griego?

PERALTA: No es que sepa griego, son palabras que se aprenden.

CAMPUZANO: Ojalá que reviente toda la mugre que anda hablando en griego y la mayoría no sabe nada, puro hacerse el sabio, todo pose, para la foto.

PERALTA: Muérdase la lengua señor, no se puede estar hablando así.

CAMPUZANO: No se ponga mal.

PERALTA: Es que eso no es otra cosa que chusmear como viejas.

BERGANZA: No es tan malo tampoco, para entretener la boca. Tampoco nos vamos a estar mordiendo la lengua a cada rato. Hoy se hace una ley, mañana se borra, se hace otra, se borra, se hace otra, se borra, y así.

CAMPUZANO: Mejor me callo.

PERALTA: Basta, que yo no quiero ser un hipócrita, y que si hay que morderse la lengua y arrancarse el pedazo se hace.

BERGANZA: Conmigo no cuente que todavía no terminé la historia.

CAMPUZANO: Ya estoy.

PERALTA: ¿Ya está qué?

CAMPUZANO: Desnudo.

PERALTA: Ah sí, es que con tanta conversación me olvidé. Cuente y no se divague.

CAMPUZANO: ¿Me acuesto?

PERALTA: Sí, boca arriba. Espéreme que lo atienda a Campuzano.

Peralta examina a Campuzano.

PERALTA: Tosa. Otra vez. Otra vez.

BERGANZA: Cuando me doy cuenta lo mala gente que era esta negrada, ahí decido que no le sigo más el juego. Ella bajaba la escalera con un jamón. ¡Cómo pueden los regalos doctor!

PERALTA: Pueden, pueden. Siga. Cuente. No se demore.

BERGANZA: Viene con el jamón y yo cierro los ojos y me le tiro encima, la empujo, le rompo toda la ropa, agarro el jamón, le muerdo las nalgas…

PERALTA: ¡Basta! ¡Por qué hizo eso! ¡Está loco!

BERGANZA: No le iba a pegar a una mujer.

CIPIÓN: Pero eso es peor.

BERGANZA: Pero ella no dijo nada. Ella calladita, se fue llorando para el cuarto.  Al otro día nada. Seis días en cama estuvo y decía que estaba con «gastroeternocolitis». Y nadie le preguntaba más nada.

PERALTA: No se dice así.

BERGANZA: ¿El qué?

PERALTA: No importa siga.

BERGANZA: A la semana otra vez. Baja despacito para que yo no la escuche. Pero la huelo. Le salto y la rasguño toda, toda la cara, las piernas, todo, la espalda. Parecía que le había pasado un arado por encima. Al otro día nada. No dijo nada. Pero me escatima la comida.

PERALTA: ¿Y quiere que no le escatime? Si es un animal.

BERGANZA: Me escatimaba la comida la desgraciada. Hasta que un día me sirvió unas albóndigas muy sospechosas. Olí… miré… tanteé… mordí…

TODOS: ¿Y?

BERGANZA: Vidrio molido. Hasta acá llegué yo, pensé. No voy a quedarme cerca de gente tan malintencionada. Y me fui.

PERALTA: ¿Y se fue?

BERGANZA: Y me fui.

PERALTA: Siéntese en la camilla, por favor.

CAMPUZANO: ¿Ahora? Bien, yo no tengo problema.

Campuzano se sienta en la camilla.

CAMPUZANO: ¿Así?

Peralta observa las manchas. Toca las manchas con un instrumento quirúrgico.

CAMPUZANO: Tengo una anécdota. ¿Se puede? Un día me encuentro con un amigo del Romo, mi patrón del matadero, ¿se acuerdan? Me llama y ya nos encontramos, lo abrazo, salto, él también saltaba, saltamos. Comisario. Venía con cuatro ursos, de seguridad. Les dijo que yo iba con él, que era amigo de un amigo y que trabajaba con ellos. Así que me convertí en asesor del comisario en un segundo.

PERALTA: No me extraña. ¿Le arde acá?

CAMPUZANO: No, nada, nada. Bueno, mi amigo el comisario era amigo de un escribano, que no me acuerdo el nombre, y los dos veteranos andaban atrás de unas «chicas». Estaban bonitas las muchachas, pero de lejos te dabas cuenta que aquello era… pelo bien arregladito, delicadito, perfumito, carita, culito, todo y con unas calzas reventando todo, un enterito rojo como de cuero, te morís… bien ligeritas. La del escribano tenía un… ¿Me está escuchando?

TODOS: Sí, siga, siga. Lo estamos escuchando.

Suena el teléfono de Peralta.

PERALTA: Hola. Hola.

Apagón. 

Noche tranquila.

Se enciende una portátil en el escritorio de Peralta. Escucha una grabación y toma nota.

VOCES EN EL GRABADOR:

CAMPUZANO: Y ahí… cuando estaban ahí… ya para arrancar… ¡pumba! Puerta abajo, comisario, cinco o seis ursos, entraba yo también, se revuelve un poco, vuelan las frazadas, vuelan las chancletas, y enseguida aparecen los billetes. Nadie quiere ser preso extranjero.

PERALTA: No se mueva tanto.

CAMPUZANO: Una vuelta que ya estaba todo cocinado: el comisario exageraba, que iba a ir preso y qué sé yo, lo manda vestir, lo amenaza con la cárcel, en eso aparece el escribano, negocian un monto bien, buena plata, en eso el gringo pide el pantalón para pagar, y el pantalón no aparece. ¿Dónde está el pantalón? ¿Quién tiene el pantalón? ¿Lo tenés vos? No, yo no lo tengo. Yo qué sé. Yo no lo vi.

CAMPUZANO: ¿Me puedo vestir?

Peralta apaga el grabador.

PERALTA: Es de madrugada. Están todos durmiendo. Tiene que descansar.

CAMPUZANO: Me quiero ir.

PERALTA: Tiene que descansar. Mañana se va a sentir mejor.

BERGANZA: Hay perros hablando.

PERALTA: No hay perros, acuéstese a dormir que va a despertar a todos.

CIPIÓN: Tengo frío.

PERALTA: Ahí está. Todos despiertos.

BERGANZA: Tienen rabia.

Peralta enciende una portátil en la camilla. Cipión y Campuzano acostados en ella. Berganza en el suelo.

CIPIÓN: Mijo, venga, mijo, mijo.

PERALTA: En una hora viene el boticario. Les vamos a dar un fármaco.

CIPIÓN: Bien esperaba yo en el cielo que antes que estos mis ojos se cerrasen con el último sueño te había de ver, hijo mío, y ya que te he visto, venga la muerte y lléveme desta cansada vida.

PERALTA: Tranquilícese, se va a poner bien.

BERGANZA: Hay dos perros que están hablando afuera, en el patio.

CAMPUZANO: Mísera edad y degenerado tiempo nuestro.

PERALTA: No grite.

CAMPUZANO: Hay que irse. Nos quieren untar con sangre de bruja.

BERGANZA: ¡Auxilio! ¡Auxilio!

PERALTA: No grite.

CIPIÓN: Lo que tu madre parió, y le mostró que había parido dos perritos; y así como los vio dijo: «Aquí hay maldad», y se murió.

BERGANZA: ¡Auxilio!

CAMPUZANO: Dios es impecable, nosotros somos autores del pecado, en la palabra y en la obra.

BERGANZA: Es larga, toda llena de huesos, cubierta de piel negra, peluda, la barriga le cuelga hasta las rodillas, las tetas como vejigas de vaca, renegridos los dientes, los labios partidos.

CAMPUZANO: Están todos locos.

Peralta llama por teléfono habla por encima de los gritos.

PERALTA: Estefanía, soy yo. Si vos no venís, por lo menos mandá a alguien con la medicación. No. Sí. No. No, te dije. ¿La ropa? Quemala. No sé, preguntale al doctor. Preguntale a él que tenés confianza. Yo no te puedo contestar. Están gritando. Mandame algo.

BERGANZA: Las mejillas chupadas, angosta la garganta, los pechos sumidos, toda flaca y llena de monstruo.

PERALTA: Ya les vamos a dar el fármaco. Ya viene.

BERGANZA: Un poco de agua. Agua, agua, agua.

CIPIÓN: Tu madre, hijo, se llamó la Montiela…

CAMPUZANO: No me quiero quedar más.

Enciende la luz.

 

CAPÍTULO 2

Día.

PERALTA: Hola. Estefanía. Hola. ¿Me llamás y no hablás nada? ¡Qué te pasa! ¿Estás loca mujer? Hola, sí. Hola, mi amor. No, pensé que me estabas escuchando y no hablabas. Yo qué sé para qué vas a hacer eso. Yo pensé que vos estabas haciendo eso. Bueno, ta. ¿Sabes lo qué? Hablamos después… estoy trabajando… yo te llamo… ya te dije que cuando termine te llamo.

Peralta cuelga el teléfono.

PERALTA: Disculpen.

CIPIÓN: Tranquilo.

BERGANZA: ¿No quiere un vaso de agua?

PERALTA: No, gracias. Es mi…

CAMPUZANO: ¿Quiere contar?

PERALTA: No.

BERGANZA: Y sí…

CAMPUZANO: Hay que estar ahí.

PERALTA: No, no.

BERGANZA: Sí, sí, sí. Hay que… ¿eh?

CAMPUZANO: No, claro que no.

CIPIÓN: Y si no quiere no quiere.

PERALTA: No, está bien así.

CAMPUZANO: Y sí…

BERGANZA: Está bien así. No se hable más, está bien así, está bien así.

PERALTA: No terminamos todavía con eso. Acuéstese.

CAMPUZANO: ¿Falta?

PERALTA: Boca abajo. Siga contando, me distrae.

CAMPUZANO: El negocio era que las «chicas» se llevaban algún turista, algún extranjero. Si no hablaba español mejor: mucho húngaro, blanco, Bélgica, buena ropa. Lo llevaban para un hotel que ya estaba arreglado… y ahí… cuando estaban ahí… ya para arrancar… ¡pumba! Puerta abajo, comisario, cinco o seis ursos, entraba yo también, se revuelve un poco, vuelan las frazadas, vuelan las chancletas, y enseguida aparecen los billetes. Nadie quiere ser preso extranjero.

PERALTA: No se mueva tanto.

CAMPUZANO: Una vuelta que ya estaba todo cocinado: el comisario exageraba, que iba a ir preso y qué sé yo, lo manda vestir, lo amenaza con la cárcel, en eso aparece el escribano, negocian un monto bien, buena plata, en eso el gringo pide el pantalón para pagar, y el pantalón no aparece. ¿Dónde está el pantalón? ¿Quién tiene el pantalón? ¿Lo tenés vos? No, yo no lo tengo. Yo qué sé. Yo no lo vi. ¿Cómo que no lo vio si tenía la nariz metida ahí? Nadie sabía nada y ya empezábamos a desconfiar uno del otro. Resulta que en todo el alboroto entró un perro y se llevó los pantalones.

CIPIÓN: No, eso no se puede creer. ¿Qué hacía un perro ahí? ¿Nadie lo vio?

CAMPUZANO: Le juro que es todo verdad.

CIPIÓN: Todo lo otro no tengo la menor duda, pero lo del perro… ¡No sea malo!

CAMPUZANO: Bueno, un momentito, que no hay que estar hablando mal de la gente.

CIPIÓN: No, yo no digo «la gente», digo «esa gente». Yo no digo que todos los milicos son coimeros, que todos se arreglan negocios entre ellos, que todos andan buscando la forma de sacarle jugo al puesto, que todos andan con «chicas», que todos andan entre ladrones, en negocios internacionales. No, seguro que también hay de los decentes.

BERGANZA: Debe haber Cipión, pero los que yo conozco son todos de «esa gente». Conocí a uno que se las daba de guapo pero pagando.

CAMPUZANO: ¡Cómo pagando!

CIPIÓN: No me extraña.

PERALTA: ¡Que no se mueva!

BERGANZA: Una vuelta, a lo mejor ustedes ya oyeron la historia porque fue muy conocida. Una vuelta esta persona, se agarró a trompadas con seis ladrones. Había que verlo esquivando, saltando, pegando: un, dos, un, dos, gancho, patada, salto, aquello había que verlo. Yo estaba esa noche. A pura piña y patada los fue llevando desde la puerta de la Ciudad Vieja hasta la Plaza España. De eso recuperó cuatro billeteras, tres planchas, un par de mocasines, botellas y pendorchos de todo tipo, yesqueros, tijeras, soquetes, paquetes y paquetes de goma inglesa, manteca al techo, de todo, y después se quedó dando vueltas y en todos lados era el personaje de la noche.

CIPIÓN: Yo escuché algo de eso.

PERALTA: Muéstreme las manos.

CAMPUZANO: Yo no robé nada. No tengo nada.

PERALTA: No es por eso. Muéstreme las manchas.

CAMPUZANO: Ésta es la que está más fea. No, ésta está más fea. No, ésta. Ésta. Ésta.

PERALTA: No hay mucha diferencia, me parece. Siga Berganza.

BERGANZA: Digo, que se pasó toda la noche de arriba para abajo mostrándose acá y mostrándose allá. ¡Lo gracioso es lo que me contó mi compadre! Parece que el fulano este se había arreglado con los malandrines para hacer el teatro de la pelea y que todos se reunieron en un boliche donde se junta todo el malandraje, a chupar y comer, todo pagado por él.  Este personaje termina haciéndose el gran justiciero pero pagándoles a los ladrones para que se dejen agarrar.

CAMPUZANO: Bueno, por lo menos no es ratón.

CIPIÓN: Sí, con la plata pública.

BERGANZA: Lo que es a nosotros, no nos importa de dónde viene, ¿verdad Campu?

CIPIÓN: Yo tengo una historia que pasó cuando era joven.

BERGANZA: Pero eso ya fue hace mucho Cipión. Ya caducó hasta el cuento.

CIPIÓN: Cállese atrevido.

PERALTA: Deje su ropa en el rincón y póngase la bata. Cuélguese este cartel al cuello que tiene su nombre. Y usted Berganza sáquese la ropa.

Campuzano se pone una bata y se coloca el cartel.

BERGANZA: ¡Si está que es una heladera de frío!

PERALTA: Vamos, vamos. Sáquese la ropa. Vaya atrás del biombo Berganza por favor, es para hoy.

Berganza pasa detrás del biombo.

CIPIÓN: Me acuerdo como si fuera ayer. Dos ladrones se habían robado un caballo.

BERGANZA: Andaban a caballo, no te digo yo.

CAMPUZANO: Déjelo empezar.

CIPIÓN: Habían robado un caballo, un manchadito me acuerdo, precioso bicho. ¡Qué hicieron! Lo robaron a unos diez kilómetros, y lo traen para venderlo cerca del hipódromo. ¡Qué hacen! Se separan y uno acusa al otro de deberle… qué sé yo, cinco mil pesos, que cinco mil pesos de aquella época era…

PERALTA: Deje la ropa ahí en el montón.

BERGANZA: ¿Y las cosas de los bolsillos?

PERALTA: Sáquelas que las vamos a guardar.

CAMPUZANO: Ahora con cinco mil pesos no se compra nada.

PERALTA: Déjelas arriba del escritorio.

CIPIÓN: ¡Cinco mil pesos era plata! ¡Era plata! Resulta que viene uno de los que robaron el caballo con un comisario para cobrarle la deuda al otro. La deuda era mentira.

BERGANZA: Ya entendimos Cipión.

Berganza sale de atrás del biombo y se sienta en la camilla.

CIPIÓN: Bueno, le viene a cobrar los cinco mil pesos. El otro dice que sí. Muy bien. Le muestran un recibo que él firmo: sí, esta es mi firma, pero no tengo plata.

CAMPUZANO: Pero tenía el caballo.

PERALTA: Respire hondo. Exhale, inspire, exhale.

CIPIÓN: El caballo, ahí está. Tome el caballo, llévelo.

BERGANZA: No puedo respirar tan rápido, si quiere que respire hondo tiene que ser más lento. Respire, sople, respire, sople.

CIPIÓN: Y rematan el caballo. El comisario, loco de vivo como la mayoría, arregla el remate para quedarse con el caballo por poca plata. Por los cinco mil pesos y el caballo valía más. Valía… yo qué sé… veinte mil pesos. Que veinte mil pesos…

BERGANZA: ¡De aquella época!

CIPIÓN: Era más plata.

BERGANZA: ¡No va a ser más plata!

CAMPUZANO: No se burle.

BERGANZA: Sabes todas las veces que escuché la historia del caballo. Y los cinco mil pesos de antes.

PERALTA: Bueno, vamos a tratar de no gritar. Esto es un hospital, no es un estadio para andar a los gritos. Hay que ubicarse en el lugar que uno está.

BERGANZA: Perdón.

PERALTA: Lo digo por todos.

BERGANZA: Yo estaba gritando.

CAMPUZANO: Si quieren les cuento lo de los pastores.

CIPIÓN: Yo no terminé.

BERGANZA: Ya terminó Cipión. Ya contó el final. Al final aparece el dueño del caballo y el comisario se jode por andar arreglando remates.

CIPIÓN: ¿Ya lo conté?

PERALTA: Boca abajo.

BERGANZA: Sí, ya contó. Le toca al Campu.

CAMPUZANO: Para mí el trabajo de pastor tenía que ser bueno. Hay que estarse ahí, cuidando a las ovejas y punto. Hay que protegerlas, que no las roben más que nada, que no las ataquen los coyotes. Hasta los murciélagos se comen al ganado.

CIPIÓN: Los chupasangre.

BERGANZA: Me pica… ahí, ahí, ahí… más arriba. Ahí, ahí, más al costado también.

PERALTA: Bueno listo, listo. ¿Berganza con b larga y zeta?

BERGANZA: Sí.

CAMPUZANO: La primera noche, la pasé bien, tranquilo. Había dos pastores más y el dueño de la estancia que venía de a ratos a ver en qué andaba. Un brasilero grandote, medio bestia. Pero yo me la pasaba tranquilo, mirando para arriba, caminando de acá para allá, me traían la vianda y se comía bien. A veces nos poníamos a cantar con los otros, ahora no me acuerdo cómo se llamaban, pero había uno que cantaba muy bien, pero había que cantar bajito para no espantar a las ovejas. Y en eso me pasaba el día.

BERGANZA: ¡Tranquilazo!

CIPIÓN: Yo no conté el final todavía.

PERALTA: Berganza, póngase este carné en el cuello.

BERGANZA: ¿Para qué?

PERALTA: Tiene su nombre.

BERGANZA: ¿Para qué quiero tener mi nombre?

PERALTA: Es por si le pasa algo, por si se pierde. Para saber que está internado y que no hay que echarlo.

CIPIÓN: Póngaselo Berganza, no la complique.

CAMPUZANO: Yo ya tengo el mío.

BERGANZA: Me lo pongo entonces para estar a tono.

CAMPUZANO: ¿Y bueno, en qué estaba?

PERALTA: Cipión, venga siéntese en esta silla. Vamos a hacer el ingreso.

CIPIÓN: Estaba en las canciones. Se sabe esa de: «Yo soy puro guatemalteco y me gusta bailar el son».

BERGANZA: ¿Cuál?

CAMPUZANO: … «con las notas de la marimba también baila mi corazón».

PERALTA: Bajito, bajito.

CIPIÓN: … «cuando bailo con mi María».

CIPIÓN/ CAMPUZANO/ BERGANZA: … «hasta un grito me sale así: ¡Auuuuu!».

PERALTA: ¡Bueno, bueno, no se puede gritar! Silencio, es un hospital, por favor.

CAMPUZANO: Perdón, perdón.

BERGANZA: Me había olvidado de esa canción.

CIPIÓN: Es vieja esa canción.

CAMPUZANO: Esa se cantaba a veces. También otras.

PERALTA: No se puede cantar.

CIPIÓN: No cantamos más.

CAMPUZANO: También se contaba la historia de la Cañizares.

BERGANZA: ¿Y eso?

CAMPUZANO: La Cañizares era una imagen que algunos habían visto en el campo.  Se decía que era una bruja que aparecía cuando no había luna, cuando estaba nueva.

BERGANZA: Mentira.

CIPIÓN: La historia de la Cañizares.

BERGANZA: ¿Usted la conoce?

PERALTA: Cipión venga, por favor. Siéntese.

Cipión va hacia el escritorio y se sienta en la silla.

CIPIÓN: La Cañizares.

CAMPUZANO: Es una vieja barbuda que anda buscando a su hermana que también es bruja y fantasma. Se dice que viene a darles besos a los pastores y que si te besa te mata.

BERGANZA: Los besos de los viejos son siempre un horror.

CAMPUZANO: Se cuenta que a unos pastores los transformó en perros de la noche a la mañana.

BERGANZA: En sus historias siempre aparecen perros.

CAMPUZANO: Eso me contaron.

CIPIÓN: Yo también escuché eso.

A Peralta se le termina la cinta de su grabadora que guarda en un bolsillo y salta el botón.

BERGANZA: ¡Y eso! ¡Quién anda ahí!

CAMPUZANO: Al doctor le sonó algo ahí.

PERALTA: Ya le dije que no soy doctor.

CAMPUZANO: ¿Qué tiene ahí?

PERALTA: Nada, es un aparato. Es para grabar los datos de los pacientes, es más rápido que escribir. Parece que me olvidé de pararlo la última vez que lo usé.

CAMPUZANO: ¿Nos estaba grabando?

PERALTA: ¿Para qué voy a querer grabarlos? No, me olvidé de apagarlo nada más.

BERGANZA: ¿Para qué nos va a estar grabando? Qué susto. Justo que estaba contando cosas de bruja.

CIPIÓN: No hable más de eso que Berganza después no duerme.

PERALTA: Vamos a ir haciendo la ficha de ingreso.

BERGANZA: Siga mejor con lo de las canciones.

CAMPUZANO: Volviendo a la historia que yo quería contar: la pasaba bien como pastor, comía sin tener que estar robando nada a nadie, no estaba ocioso, las noches las tenía que pasar atento por si se aparecía algún coyote, algún lobo.

PERALTA: ¿Nombre?

CIPIÓN: Cipión a secas.

CAMPUZANO: Una noche me llaman: «¡Campuzano! ¡Campuzano! ¡Hay un lobo por tu lado!». Ahí salí a correr al lobo, a ver qué pasaba. Corro el monte, busco entre los árboles, espero, cruzo los caminos, miro, me voy al arroyo, busco por todos lados… busco, busco… y nada.

PERALTA: ¿Edad?

CAMPUZANO: Cuando vuelvo me encuentro con que el lobo se había comido dos ovejas de las mejores.

BERGANZA: Mentira…

CAMPUZANO: Pucha carajo, digo yo.

Cipión dice algo que no se logra comprender.

PERALTA: Disculpe, no le entiendo Cipión. ¿Cómo dijo? ¿Se siente mal?

CIPIÓN: Más o menos.

CAMPUZANO: A la mañana vino el dueño de la estancia con el capataz que también era brasilero y nos decían cualquier cosa, que nos iban a dar palo, qué sé yo, la mitad no le entendía porque eran brasileros cerrados.

BERGANZA: Yo tampoco les entiendo nada cuando hablan.

PERALTA: ¿Lugar de nacimiento?

CAMPUZANO: A una semana de esto, una noche, estaba yo atento y escucho: «¡Lobo! ¡Lobo! ¡Lobo!». Entonces me escondo atrás de unas piedras y me quedo a ver si le puedo dar captura al bicho este.

PERALTA: ¿Cipión, se acuerda dónde nació?

CAMPUZANO: Ahí veo que mis propios compañeros, agarran una oveja y se la carnean adelante mío. Yo era un chico.

BERGANZA: Qué bandidos.

PERALTA: ¿Se siente bien?

CAMPUZANO: Quedé congelado cuando me di cuenta que los pastores eran los lobos y el que cuidaba el ganado era el que lo mataba.

BERGANZA: Así es como se mueren más los confiados que los desconfiados, pero vivir desconfiando de todo el mundo, no es vivir.

CIPIÓN: Un poco de agua.

CAMPUZANO: Eso es lo que yo digo.

PERALTA: Ya le alcanzo el agua. Respire hondo.

CAMPUZANO: Al final son todos lobos.

Cipión se desmaya y deja caer la cabeza sobre el escritorio.

Apagón.

Noche tormentosa.

Berganza está dormido. Campuzano y Cipión aún deliran por la fiebre.

CAMPUZANO: ¡Los lobos! ¡Los lobos!

PERALTA: Cállese.

CAMPUZANO: Hay un lobo ahí. Ahí, contra la puerta.

PERALTA: No hay nada.

CAMPUZANO: Se van a comer a las ovejas. Los lobos se…

PERALTA: Tranquilo. Estamos en el hospital. No haga ruido. No es un lobo, es una silla.

CAMPUZANO: Es una silla, es… una…

CIPIÓN: Está frío.

PERALTA: Duérmanse. Eso, eso.

Los pacientes duermen. Se oyen ronquidos. Golpean la puerta. Peralta abre. Entra la hospitalera Caicedo con un tapabocas.

CAICEDO: El doctor está afuera.

PERALTA: Que pase.

CAICEDO: Dice que le lleve la orina.

PERALTA: ¿Está acá? ¿Qué dice? ¿Qué tienen?

CAICEDO: No está muy claro, es una enfermedad nueva. No se sabe mucho.

PERALTA: ¿Saben cómo se transmite?

CAICEDO: Todavía no está muy claro.

PERALTA: ¿Por aire?

CAICEDO: No, por aire no.

PERALTA: ¿Por qué usas tapaboca?

CAICEDO: Por las dudas. ¿Por qué me mirás así? ¿Te gustaría que me pasara algo?

PERALTA: No, no es eso. ¿Pero por qué no entra el doctor?

CAICEDO: Te doy el tapaboca si tanto te importa el tapaboca.

PERALTA: No es que me importe el tapaboca. Quiero saber.

CAICEDO: Porque hay olor feo. Está todo viciado.

PERALTA: ¿Olor feo? ¿Se sabe algo más?

CAICEDO: La mancha ataca los genitales y si no es detenida a tiempo se extiende a las ingles y partes vecinas. Entonces los signos de la enfermedad llegan a ser más evidentes.

PERALTA: Sí, eso ya lo sé, pero qué más.

Peralta busca debajo de la camilla recipientes con orina.

CAICEDO: De noche, el calor natural del cuerpo, retirándose al interior y no llegando a los miembros del enfermo, oprimido por un cúmulo de humores espesos, siente en los brazos, en las espaldas y en las piernas un dolor muy agudo.

PERALTA: Sí, ahora están tranquilos.

CAICEDO: Muy pronto todo el cuerpo se cubre de una erupción con que la cara y el pecho se ponen horriblemente deformes: se forman pústulas, parecidas a ampollas llenas de una materia espesa que, después que revientan, sacan un pus amarillento mezclado con sangre coagulada.

PERALTA: ¿No podrá venir el doctor?

CAICEDO: Pero no es sólo eso, la peste también penetra profundamente en el cuerpo y los consume hasta dejarlos a la miseria. Nosotros hemos visto enfermos con los miembros desnudos de carne, los huesos blancos horribles, saliendo para afuera, la boca partida por las úlceras y la garganta sólo podía articular sonidos como de gárgara.

CIPIÓN: La Cañizares tiene la boca partida.

PERALTA: Tranquilo. No pasa nada.

CIPIÓN: A mí me cagaron como un perro.

PERALTA: Se tiene que recostar.

CIPIÓN: Yo nunca duermo de noche.

PERALTA: Pero por lo menos levante los pies.

CIPIÓN: Un balde.

PERALTA: ¿Para vomitar?

CAMPUZANO: Tengo frío.

PERALTA: Espere.

CAMPUZANO: Dios es impecable… nosotros somos….

Peralta sirve agua en un vaso.

PERALTA: Yo no sabía nada.

CAICEDO: ¿No sabías? ¿Seguro?

PERALTA: Tengo que trabajar. Andate por favor.

CAICEDO: No te encariñes, chiquito. Esta noche se los llevan.

Caicedo sale.

 

CAPITULO 3

Día.

Peralta le alcanza el agua a Cipión.

PERALTA: Acá tiene el agua.

BERGANZA: Si habrá que ser desconfiado.

CAMPUZANO: Si habrá…

PERALTA: Levante la cabeza

CIPIÓN: Perdón me dormí.

PERALTA: Tome el agua.

BERGANZA: ¿Se siente mal?

PERALTA: Le bajó un poquito la presión nada más.

BERGANZA: Está mimoso.

CIPIÓN: Me dio un sueño.

CAMPUZANO: Yo también estoy con sueño.

BERGANZA: Hace un tiempo trabajé cuidando niños y es así: los viejos y los niños son la misma cosa. Se van achicando, se ponen mimosos y cuando son bien viejitos se transforman en gato.

CAMPUZANO: ¡En gato!

BERGANZA: Esas cosas enseñan en la escuela ahora. Eso vendría a ser toda la parte de ciencia.

PERALTA: No diga disparates hombre.

BERGANZA: Yo lo escuché con mis orejitas, señor licenciado.

PERALTA: Libéreme la camilla, por favor. Vamos Cipión, hay que revisarlo. Sáquese la ropa.

BERGANZA: Dale viejo atorrante.

CIPIÓN: Cállese atrevido. ¡Vapaya! ¡Vapaya!

CAMPUZANO: No sea bobo amigo, no ve que está muy viejito.

BERGANZA: No se me convertirá en gato este viejo. Vamos Compadre. Vamos a sacar esa camisa.

PERALTA: Agarre de ahí y tire.

BERGANZA: Todo esto me hace acordar a cuando trabajaba con los chicos. Aquello que le conté al principio, que me echaron mal. Porque yo pasaba lindo. Me gusta ayudar. Pero me ensuciaron.

CIPIÓN: La gente ensucia.

BERGANZA: ¿No va a ensuciar? Yo lo que hacía era llevar a los chicos al colegio. Los hijos de un tipo, un magnate, una cosa así. Había que llevar los hijos chicos. Los llevaba en el coche y me quedaba cuidando a la hora de la escuela.

CAMPUZANO: ¿Todo el día para eso? ¿Y no se iba a dar una vuelta? ¿Unas chicas?

BERGANZA: Está loco, me llegan a agarrar y me echan a la calle.

CAMPUZANO: Un poco de peligro… de riesgo…

BERGANZA: Nada de eso. Yo estaba ahí las horas y nada. Un día digo: me meto, y me metí para la escuela.

CAMPUZANO: ¿A la escuela?

BERGANZA: Sí, no sabe todo lo que aprendí ahí. Que los viejos cuando son muy muy viejitos se van poniendo chiquitos…

PERALTA: Déjese de hablar pavadas y ayude con el pantalón.

CAMPUZANO: ¿Alguna vez anduvo en barco?

BERGANZA: En bote.

CAMPUZANO: Una vuelta anduve en un barco militar. Me decían Alférez porque me había conseguido uniforme de alférez. ¡Los miliquitos así! Yo pasaba despacito. No podía hacerme ver mucho porque había muchos generales y comandantes.

PERALTA: Recuéstese.

CAMPUZANO: La mayor parte del tiempo la pasaba con los maquinistas. Gente bien. Se armaban fiestas, de todo tipo.

Se oyen gritos desde el patio.

BERGANZA: ¿Qué es ese ruido?

PERALTA: Es en el patio.

CAMPUZANO: ¡A ver!

CIPIÓN: ¡Qué alboroto!

Miran por una ventana que da al patio.

BERGANZA: ¡Mirá ese perro!

CIPIÓN: ¡Cómo salta!

CAMPUZANO: Está enseñado.

BERGANZA: Claro que está enseñado.

CIPIÓN: Eso no es normal.

BERGANZA: Porque está enseñado.

CIPIÓN: Esto ya lo vi antes. Es cosa de bruja.

BERGANZA: Todo es cosa de bruja para usted.

PERALTA: Continuemos por favor. Tienen que ir a sala.

CAMPUZANO: Dicen que en el patio del hospital se escondía una bruja.

BERGANZA: No, no, no.

CAMPUZANO: Pregúntele al doctor a ver si estoy mintiendo.

PERALTA: Se dice que en una época había una bruja que…

CAMPUZANO: … que aparece de noche.

CIPIÓN: La Camacha.

BERGANZA: Yo acá no me quedo.

PERALTA: Es una historia, no es verdad.  Yo nunca vi nada.

Golpean la puerta.

CAMPUZANO: ¡Cuidado!

BERGANZA: La bruja, la bruja, la bruja.

CIPIÓN: La Camacha.

Peralta abre. Entra la hospitalera Caicedo. Habla con Peralta pero no puede escucharse lo que dicen.

CAMPUZANO: ¡Ah bueno!… La brujita.

BERGANZA: Me la había imaginado diferente.

CAMPUZANO: Esa no es bruja.

BERGANZA: No, porque si era la bruja…

CAMPUZANO: Quédese tranquilo.

CIPIÓN: Qué lindo perrito ese.

BERGANZA: A mí me ponen nervioso los cuentos de brujas. Yo no quiero tener nada que ver con eso.

CAMPUZANO: Tranquilo.

PERALTA: La hospitalera Caicedo les va a dar una inyección y después se van directo a que los vea el doctor.

Caicedo se dirige a Berganza

BERGANZA: ¿No podría ser un comprimido?

CAMPUZANO: No sea cobarde hombre.

CAICEDO: ¿No le gustan los pinchazos? No se preocupe. Todavía no estoy tan mayor como para que me tiemble el pulso. Con estos ojitos veo perfecto todo lo que tengo que ver. No me tiemblan las piernas. ¿Le parece que me tiemblan las piernas?

BERGANZA: No.

CAICEDO: No mire la aguja. Míreme a mí que le estoy conversando. Usted quédese tranquilo que no le va a doler ni un poquito. Ya está.

BERGANZA: ¿Ya está?

CIPIÓN: Ese perro me hizo acordar una historia de la Camacha.

BERGANZA: ¿Otra más? Pare un poco.

Caicedo se dirige a Campuzano.

CAMPUZANO: Tranquilo, acá estoy yo para defenderlo en todo lo que ande precisando. Si tiene miedo, si tiene frío, yo la abrigo…

BERGANZA: Gracias.

CIPIÓN: En esta villa vivió la más famosa hechicera que hubo en el mundo. La llamaban la Camacha. Fue la más grande bruja que se haya conocido, más que cualquier otra, mucho más poderosa que la Cañizares. Hacía y deshacía a su antojo. Se hacía traer hombres de cualquier parte, le crecían las joyas entre los dedos; si ella quería le llovía, y si quería sol tenía sol, con una mirada lo podía convertir a uno en lo que quisiera. Se cuenta que una vez la Camacha le hizo un brujería a una muchacha que estaba embaraza y le convirtió los hijos en perros. La mujer parió dos perritos.

BERGANZA: Yo eso no me lo creo.

CAMPUZANO: Yo no creo en brujas, pero que las hay… que lo embrujan a uno… con la mirada…

CIPIÓN: … y eran perros que hablaban.

BERGANZA: No, mentira.

Caicedo se dirige a Cipión.

CIPIÓN: Conversaban como usted o yo. Y eran inteligentes, por eso me hizo acordar el perrito ese. Saltaban que daban miedo. Te descolgaban los chorizos de un mordisco y se iban corriendo.

CAICEDO: ¿Abuelo, dejó la ropa en el rincón?

CIPIÓN: Sí, la dejé ahí.

CAICEDO: Muchas gracias, le pregunto porque yo me encargo personalmente de lavarla, mandarla planchar, ver que quede bien despulgada, separo lo que es de cada quien. Si a alguno le pasa cualquier cosita, yo me tengo que hacer cargo de sus pertenencias. Dios quiera que no les pase nada, pero en caso que le llegara a pasar…

CAMPUZANO: Si quiere la ayudo… con el despulgue, digo.

CAICEDO: No, gracias. Afloje la manito abuelo. Ahí está, déjese.

PERALTA: Bueno, podemos ir terminando.

CAICEDO: ¡No me apures, me hacés el favor, que lo puedo pinchar al señor!

CIPIÓN: Déjela, déjela. No la ponga nerviosa.

CAICEDO: Gracias, ya no quedan caballeros.

BERGANZA: Perros que hablan. Cualquier disparate. Cuando ya no sabemos qué inventar… empezamos a hablar pavadas. Descolgaban los chorizos.

CIPIÓN: Son cuentos que se cuentan.

PERALTA: Hace como una hora que estamos cuento y cuento, cuento y cuento.

CAICEDO: Esto ya está. Muchas gracias.

CAMPUZANO: Por mí ya nos podemos ir yendo.

PERALTA: Un momento y ya le hacemos el pase a sala.

Caicedo y Peralta hablan en la puerta. Caicedo sale.

BERGANZA: ¡Adiós!

CAMPUZANO: Perdone, no me di cuenta que había ahí una cosita con la hospitalera.

PERALTA: No se preocupe.

CAMPUZANO: ¿Esta es la señora doctora digamos? ¿Con la que hablaba por teléfono?

PERALTA: Sí, pero no se preocupe.

CAMPUZANO: ¡Uh! Disculpe.

CIPIÓN: Bueno, ya está bien.

BERGANZA: ¡Qué atrevido!

CAMPUZANO: ¡Qué habla usted! Si le estaba mirando… yo lo vi que le miraba la… mejor me callo.

PERALTA: No se preocupe, vamos a hacer el pase a sala. Les hacemos el mismo tratamiento a los tres, con una frotación al día, van a ir sudando la enfermedad, les vamos aplicando también inyectables.

BERGANZA: ¿Por comprimido no se puede hacer?

PERALTA: Hay una serie de pastillas. La píldora fétida.

CIPIÓN: Yo quisiera dormir un poco. Me duelen los brazos.

BERGANZA: Qué nombre para un remedio.

PERALTA: Ya pueden ir yendo a sala.

CAMPUZANO: ¿Para dónde hay que ir?

PERALTA: Sala once.

CIPIÓN: Lindo numerito, para jugarle unos pesitos.

BERGANZA: Viejo timbero.

CAMPUZANO: Yo creo que antes…

BERGANZA: ¿Qué?

CAMPUZANO: Habría que…

BERGANZA: ¿Qué?

CIPIÓN: Una tonadita.

CAMPUZANO: Un, do, tre.

PERALTA: No, por favor, no.

La hospitalera Caicedo abre la puerta para acompañar a los pacientes.

CAICEDO: ¿Vamos yendo?

PERALTA: La hospitalera los lleva a sala. Mientras tanto voy avisando que van tres pacientes para la sala once.

CAMPUZANO: Salud, doctor.

BERGANZA: Hasta luego.

CIPIÓN: Muchas gracias.

Los tres pacientes salen de la sala. Apagón.

Noche tranquila.

Caicedo cierra la puerta y queda dentro de la habitación. Caicedo enciende un cigarrillo. Peralta se sienta en el escritorio. Luz de escritorio. Peralta habla por teléfono.

PERALTA: Estoy terminando… Me falta sólo el final, pero lo tengo en la cabeza… Está bueno… Sí… No, el tema central son dos perros que hablan… Sí. La idea es cuestionar el sistema de salud, y la sociedad en general. Es un texto crítico… No, porque los perros están en un hospital. La idea es más complicada en realidad, es una historia dentro de otra… Claro. La primera es un tipo que está internado para una curación de sífilis. Hay una plaga de sífilis y el tipo en una noche escucha que están hablando dos perros, ¿entendés? Ahí escribe lo que escucha que dicen los perros, ¿entendés?… Ahí va. La historia dos viene a ser los perros que se cuentan sus vidas, los dueños que tuvieron, y así. Es una comedia… Ahí va… Está bueno eso que me decís… Ahí va… Claro, después está el personaje que lee lo que escribió el otro. Es todo muy crítico, ¿entendés? De la sociedad, la moral, los sistemas de salud, marginalidad, todo eso. Ahora tengo que solucionar el final. Todavía no lo tengo escrito pero cuando lo tenga te lo mando… Yo qué sé… Es crítica… A mí me parece que puede funcionar. Es gracioso, tiene gancho me parece… Sí, algunas cosas las escucho acá, eso lo agrandas, lo achicas, le mezclas cosas, yo qué sé, es un viaje. Es un viaje… Dale. Un abrazo… Hasta mañana.

CAICEDO: ¿Vamos?

PERALTA: Vamos.

CAICEDO: ¿Con quién hablabas?

PERALTA: Un amigo.

CAICEDO: Sabes que fui al spa que te dije.

PERALTA: No, no sabía.

CAICEDO: Yo no sabía nada, me llevé una sorpresa. Te cubren con un compuesto de jugo de hierbas en todo el cuerpo. Es una pomada muy fría, pero muy fría. Te deja todo el cuerpo adormecido, no sentís nada y te dejan acostada en el suelo, desnuda…

PERALTA: Mirá qué interesante.

CAICEDO: Y entonces empezaba a pensar en cualquier cosa y me daba una sensación como de estar flotando, no sentía el cuerpo. Dicen que hay gente que tiene sueños con animales…

PERALTA: ¿Con animales? ¿Cómo?

CAICEDO: Con animales.

PERALTA: ¿Con qué animal soñaste vos?

CAICEDO: ¡Qué estás pensando!

PERALTA: Nada, te pregunto.

 Salen.

 

 

 

Leer la obra original de Miguel de Cervantes:

El coloquio de los perros