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PERSONAJES 

CIPIÓN

BERGANZA

AMO GRANJERO

AMO PROPIETARIO

GUARDIA VIEJO

GAURDIA JOVEN

CRIADA

AMO GEÓMETRA

AMO MAESTRO

AMO POLICÍA

SEÑORA

NINFA

MOTORISTA

AMO POETA

QUÍMICO

ECONOMISTA

COMPAÑÍA

AMO CAÑIZARES

VOZ

UNO

DOS

De noche. Berganza despierta sobresaltado. Se descubre observado por Cipión a quien no conoce. Tampoco sabe dónde está.

CIPIÓN: ¿Una pesadilla? (Berganza ladra contra Cipión.) –Conmigo no te vale ese teatro. Te he oído hablar. En sueños. (Berganza se aleja de Cipión, busca una salida.) –No irás lejos. No saltarás la verja. Y si la saltases, no escaparías a los guardias.

(Viendo que no puede alejarse de él, Berganza intenta ignorar a Cipión.) –Sé qué tienes en la cabeza. Me oyes hablar y no lo crees. Hasta hoy, te tenías por ejemplar único. De pronto, abres los ojos en la noche, te encuentras a otro tan raro como tú y piensas: «Es un sueño». Pero, por si no lo soy, decides fingir, fingir una vez más. También yo he pensado fingir, fingir una vez más. Mas, al verte despertar, me he dicho: «No dejes pasar esta oportunidad, Cipión, quizá no tengas otra. Hasta hoy no has hablado sino contigo mismo, temeroso de que hombres o perros, al escucharte, te matasen como monstruo. Porque sería monstruoso descubrir, para hombres o perros, un perro que habla como hombre; porque un perro que habla como hombre está en peligro ante perros y ante hombres. Te creías condenado a morir sin hablar con otro. Pero esta noche estás ante un igual, uno que comparte tu don y tu maldición, uno que puede escucharte, como tú a él. ¿No es esto lo que soñaste desde que tuviste palabra?».

(Silencio) –Sé que tu lengua revienta de preguntas, ¿no me harás ninguna? Quienquiera que seas: repara en que no sabemos cuánto durará esta ocasión. Pueden separarnos en cualquier momento. Y, con toda seguridad, no podremos hablar a la vista de los guardias. El sol nos devolverá a la sombra del silencio.

(Silencio) –No te forzaré a hablar, pero yo no callaré, pues sé que me entiendes. Yo hablaré por los dos, tengo palabras pendientes para llenar mil y una noches…

BERGANZA: ¡Calla! ¿No te avergüenza tu lengua? Yo mil y una vez he deseado arrancarme la mía. En nuestra especie, lo que se alaba es la fidelidad. Conocí a un dálmata que se arrojó a la sepultura de su amo, y un pachón que al perder al suyo murió de pena. Fidelidad, abnegación, constancia… Palabra no, la palabra no es cosa de la que podamos presumir. Es inmodestia pretender hablar cuando se carece de razón. También es cierto que a veces me digo: «No eres tan raro, Berganza. ¿No habla el loro? ¿Y no hay animales muy razonables -el mono, el elefante- que hablarían de proponérselo?». En el fondo, esta cháchara nuestra no debe de ser propiamente hablar, cabeza de perro no da para tanto. (Se toca la lengua, asombrado por lo mucho que está hablando.) –Nunca oí expresarse así a ningún loro. Este hablar nuestro es salirse de naturaleza, y cuando hay milagro se sabe qué calamidad acecha. Con razón he oído que este año en la universidad hay cincuenta mil estudiando veterinaria.

CIPIÓN: ¿Tantos? Y, ¿qué vienes a deducir de esa cifra?

BERGANZA: Deduzco que, o esos cincuenta mil van a tener bichos que curar o se han de morir de hambre. Más nos vale cerrar el pico o vendrán grandes males.

CIPIÓN: No hay milagro sin razón. Alguna habrá para que la naturaleza haya puesto letra en nuestros labios. Si se desata el diluvio, no será por culpa nuestra.

BERGANZA: Mejor no tentar la suerte. Yo no diré más.

Y se echa a dormir donde antes.

CIPIÓN: Pues yo diré aunque se hunda el mundo. Morir sin conocer a un semejante, eso sí hubiera sido para mí una catástrofe… No te duermas, por favor, no me dejes solo, no quiero volver a estar solo.

Silencio. Berganza se incorpora. Ofrece la mano a Cipión, que la estrecha.

BERGANZA: Ya oíste mi nombre.

CIPIÓN: Y tú el mío. ¿Sabes, Berganza, que empieza a parecerme menos áspera la vida? ¡Al fin tengo a quién contarla! Llevo tanto tiempo queriendo referir a alguien mis desventuras…

BERGANZA: Lo mismo digo, Cipión.

Ambos se lanzan a hablar sin escuchar al otro. Silencio. Al unísono, vuelven a hablar sin escucharse. Silencio.

CIPIÓN: Empieza tú, cuenta tú primero. Pero abreviando, para que también tenga sitio mi relato. Escucharé tus sucesos a cambio de que luego tú prestes oreja a los míos.

BERGANZA: Sea éste mi turno y venga luego el tuyo. Voy a darme prisa a contar cuanto recuerde.

Va a lanzarse, pero una desconfianza lo detiene.

CIPIÓN: Habla sin miedo. Ésos están más para dormir que para escuchar. Atiende tú a decir, que yo vigilaré si se acercan.

Pero Berganza no encuentra por dónde empezar.

BERGANZA: ¿Tengo que comenzar por el principio? No recuerdo el rostro de mi madre. No recuerdo a mi padre. No recuerdo nada de cuando era cachorro. Nada.

CIPIÓN: Me pasa igual. Mi madre, mi padre… Ahí fracasa mi memoria, ahí mi pasado es una sombra. La hora en que rompiste a hablar, ¿tú la recuerdas?

BERGANZA: Maldigo esa hora sin recordarla.

Silencio.

CIPIÓN: Cuando me traían hacia aquí, me pareció oír voces y oler olores como los que suelen salir de hospitales. Debemos de estar cerca de uno.

BERGANZA: Mañana veremos si es así. ¿Pero qué importa eso?

CIPIÓN: Quizá sólo seamos el delirio de un enfermo. O quizá seamos cada uno delirio del otro, mutuamente creados por el deseo de tener quien nos escuche. Acaso cada uno necesite desdoblarse para hablar consigo mismo. Acaso seamos cada uno el delirio de un perro que teme morir sin haber hablado.

BERGANZA: Qué cosas más locas dices, Cipión. Tiene que haber una explicación más sencilla. Si nos cuesta recordar es porque, de no contar las cosas, se nos han ido oxidando en el desván de la memoria. De no contarlos, se nos han enmohecido los recuerdos.

Silencio.

CIPIÓN: Claro, tiene que haber una explicación más sencilla. Contémonos la vida hacia atrás, de la Z a la A. Yendo a la contra, de lo más reciente a lo más lejano, quizá lleguemos a ver cómo fuimos de cachorros, cómo eran nuestros padres.

BERGANZA: De la Z a la A. ¡Brillante!

CIPIÓN: Viajando del final hacia el principio, forzosamente pasaremos por el origen de nuestro hablar. Verás cómo esta rareza nuestra tiene causa en algo extraño pero natural que les ocurrió a nuestros cuerpos.

BERGANZA: ¿Un meteorito? ¿Una mutación?

CIPIÓN: Algo de ese estilo. Cierra los ojos y dime: antes de aquí, ¿dónde te ves?

Berganza cierra los ojos. Silencio.

BERGANZA: Antes vivo para la ciencia.

CIPIÓN: ¿?

BERGANZA: Miden mis respuestas. Buenos filetes me dan a cambio. Hay otros chicos allí, mayormente ratas y simios, pero los mejores trabajos son para Berganza, y los mayores premios.

CIPIÓN: ¿Sabes lo que te están metiendo?

BERGANZA: No quiero saberlo. Sé es que es un trabajo importante. Un trabajo necesario. Curamos gente. Niños. Lo último que veo es una pastilla azul, un resplandor azul, un sueño en azules. Al despertar me veo aquí, donde nunca había estado. ¿Dónde estoy?

CIPIÓN: Quizá naciste allí y no tienes, propiamente hablando, padres. Quizá naciste en un laboratorio y no has visto más mundo.

BERGANZA: Hay algo antes. (Cierra muy fuerte los ojos, porque le cuesta recordar.) –Sobre una tapia, a la luz de la luna, al acecho.

CIPIÓN: ¿Y qué acechas?

BERGANZA: ¿No lo oyes? ¿No oyes esa discordia de mugidos, balidos, gruñidos y cacareos?

CIPIÓN: No oigo nada, Berganza. Estando yo tan lejos, de ti depende que oiga.

BERGANZA: ¿Sólo depende de mí? ¿No tendrás tú que poner algo de tu parte?

CIPIÓN: Otra cosa te quiero advertir: que los cuentos unos tienen gracia en sí mismos; otros, en el modo de contarlos. Unos dan gusto aunque se cuenten sin ornamentos, otros es menester vestirlos con gestos del rostro y de las manos y con cambios en la voz para que se vuelvan sabrosos. (Berganza tarda en elegir gesto y tono. Si al fin reanuda el cuento es porque Cipión expresa su impaciencia.) –Ahora oigo. Cuánta bestia junta.

BERGANZA: Salto donde los corderos, dudo entre dos presas, dudar me pierde. Siento una bota en el cuello y una voz áspera que dice: «No hacerle daño».

AMO GRANJERO: No hacerle daño, que es fuerte y puede servirme. (El Amo Granjero examina a Berganza. Le prueba tirando algo que Berganza corre a recoger y a devolverle.) –Buena vista y piernas fuertes. Ponedle las carlancas de Leoncillo, el que se murió de triste, y dadle su ración. Doble ración hoy, porque me tome cariño. Hacedle entender que comerá más si me cuida el ganado que si lo asalta. Y que aprenda pronto la regla: un palo por cada gramo que falte.

BERGANZA: La regla me parece razonable. A la vista de mi ración, encuentro que me es oficio natural ser perro de granja, y oficio virtuoso: defender a los inocentes de los malvados. Aunque no tan armonioso como me lo había pintado mi Amo Poeta.

CIPIÓN: ¿Tu Amo Poeta?

BERGANZA: Otro que tuve antes. Según ése, todos los pastores se llaman armoniosamente Lisandro o Erastro y viven una vida armoniosa en los amenos prados, junto a las cristalinas fuentes, y se pasan el día cantando armoniosamente canciones bien rimadas y con voz delicada al son de rabeles y churumbelas. En la granja comprendo que los poetas hablan de oídas y exagerando. Mi Amo Granjero canta, sí, pero escucha lo que canta. (El Amo Granjero canta.) –Y no se nombra Erastro ni Lisandro, ni verás en él reliquia de armonía. Lo que verás en él…

CIPIÓN: Calma, Berganza, que se te calienta la boca.

BERGANZA: Es que me anima ver qué voy diciendo con mejor discurso.

CIPIÓN: Di lo que quieras, pero sin hacer sangre. No es bueno que la lengua mate a uno por agradar a otro. Si puedes hablar sin matar, te tendré por discreto.

BERGANZA: Aprovecharé esa nueva advertencia y esperaré con ansia que me refieras tus sucesos. De quien tanto sabe enmendar cuentos de otros, se pueden esperar novelas ejemplares. Ahora, si respetas mi turno, te hablaré sobre este hombre admirable y sobre lo que aprendí a su lado. Sabrás que al olor de la carne ronda gente sin civilización. Si los hay dispuestos a matar por un cartón con que cubrirse, ¿qué no harán por una chuleta o por un muslo? Raro es el día sin navajazos entre esos salvajes, que se disputan las sobras que mi amo les echa -se las echa por la gracia que le hace verlos pelear-. Devorarían la granja si les dejásemos. Pero mi amo y yo nos bastamos para contener una legión.

CIPIÓN: ¿Has matado, Berganza? ¿Has dado muerte a otro?

Silencio.

BERGANZA: Hago lo que mi amo me manda. A cambio, a su lado no me falta alimento ni para el cuerpo ni para el espíritu.

AMO GRANJERO: Ojalá pudieras entenderme. Cuando me miras con esos ojitos animales, me pregunto… (Enmudece bruscamente al tapar Cipión la boca de Berganza. Cipión indica a Berganza que, como él, se haga el dormido. Cipión y Berganza no abandonan su fingimiento hasta estar seguros de que no son escuchados.) –Ojalá pudieras entenderme. Cuando me miras con esos ojitos animales, me pregunto: ¿notarás lo que me pesa la vida? ¿Me tomarás por un insensible? ¿Pensarás que no me planteo el misterio de existir y sus angustias?

BERGANZA: De tanto tratar con la muerte, se ha vuelto un Séneca mi amo. Ver tanta última hora junta le hace pensar en la suya.

AMO GRANJERO: La muerte es el alma de la vida. Desde que nace, el hombre comienza a morir. El hombre es un ser para la muerte.

BERGANZA: Hoy se ha cepillado quinientos pollos. Con esa palanca hace funcionar la máquina. En treinta días los nacen, los engordan, los trocean y los empaquetan sin que hayan visto otra luz que la eléctrica, que se la encienden y apagan cada tres horas para darles ilusión de que transcurren los días y las noches.

AMO GRANJERO: Soy un ser para la muerte.

BERGANZA: Lo que eres es un hipócrita, me digo. Pero por hipócrita que seas, yo me hallo a gusto contigo. Poco va a durarme el gusto.

AMO GRANJERO: … noventa y ocho, noventa y nueve… En este lote me falta un corderito. Ha sido el lobo. ¡Búscalo o te deslomo!

BERGANZA: Una mañana le falta un cordero, otra doce pollos, otra tres cerditos. Yo corro por los pasillos de la granja, salto a los tejados, escudriño los rincones, siempre llego tarde, nunca hallo al lobo ni su rastro. Me desespera ver de qué poco me sirve mi diligencia.

AMO GRANJERO: Ojalá pudieras entenderme. Me duele más que a ti. Cada palo que te doy es como si me lo diese en el alma.

Apalea a Berganza.

BERGANZA: Me duele cuando lo recuerdo y me duele sin acordarme, aquel molimiento. Determino mudar de estilo. En vez de buscar al lobo, lo esperaré escondido. Así, aunque hasta encontrarlo me lleve unos palos, alguna noche tendré que verlo. Claro que lo veo. Míralo.

CIPIÓN: ¿?

BERGANZA: Es mi amo que, sonámbulo, suelta esta noche algunos de los destinados a morir mañana. Y mañana al amanecer volverá a castigarme.

CIPIÓN: Qué injusticia.

BERGANZA: Tentado estoy, amo, de decirte la verdad. «No hay lobo. No hay más lobo que tú mismo».

CIPIÓN: No puedes, Berganza.

BERGANZA: Pero quizá pueda hacerle entender, sin usar palabra…

CIPIÓN: Más te vale dejar este oficio y escoger otro donde, por hacerlo bien, ya que no te premien, tampoco te castiguen.

BERGANZA: Así hago, y no paró hasta que un hombre en bata blanca me ofrece dos lonchas. Y pastillas de colores.

Silencio.

CIPIÓN: Antes del laboratorio y de la granja-matadero… ¿La casa del poeta?

BERGANZA: Veo una casa, sí… Dos casas, se mezclan dos casas… Ya las distingo… ¡Es una casa grande en Madrid! Y digo Madrid y se me agolpan en la lengua mil sucesos que merecen ser contados.

CIPIÓN: ¿Por qué Madrid? ¿Por qué estás en Madrid?

BERGANZA: No lo sé. La verdad es que en Madrid no conozco a nadie que sepa por qué está en Madrid. Mi amo sí, mi amo está en Madrid porque en Madrid está su dinero y esa razón le basta. Yo, dando gusto a mi cuerpo, soy feliz en cualquier parte.

CIPIÓN: De modo que sirves a un hombre de fortuna. No es fácil entrar en servicio de gente próspera. Los principales, para aceptar la cercanía del humilde, le espulgan el linaje. ¿Qué medio usas tú para entrar en la buena sociedad?

BERGANZA: Yo lo consigo a base de humildad, que es madre, hija y hermana de todas las demás virtudes. Sabrás, Cipión, que con humildad…

CIPIÓN: No me prediques, Berganza. Dime ya cómo te dio la humildad aquel empleo.

BERGANZA: A punto estás de verlo. Me arrimo a una casa rica y, cuando alguien se acerca, le gruño con mucho escándalo. Hasta que sale el propietario. Entonces bajo la cabeza y lo miro con los ojos más humildes de que soy capaz.

AMO PROPIETARIO: Tú has nacido para cuidar esta propiedad.

BERGANZA: Acepto el collar que me ofrece y empiezo a quererlo. ¿Cómo no amar a quien te acoge con tan buena voluntad?

CIPIÓN: ¿Qué se hizo de las carlancas de Leoncillo, el que se murió de triste?

BERGANZA: ¿?

CIPIÓN: Al ver este collar, he recordado las carlancas que te pondrán en la granja. ¿Collar sobre collar? ¿Y cómo es que ahora no llevas ninguno? ¿No será que tus collares, y algo más, son adornos que agregas al suceso?

BERGANZA: Las carlancas, olvidé decirte, las carlancas me las quita un chatarrero entre la granja y el laboratorio. Este otro collar me lo arrancaré yo mismo al salir de Madrid, como pensaba referir a su debido tiempo. Me lo arrancaré de rabia, enojado con mi suerte. Porque si mi mala sombra no me hubiera perseguido, yo me habría hecho viejo en el mejor barrio de la capital. Pero este empleo sólo me durará una noche. Cuando pienso en lo que hubiera sido mi vida si mi amo no me hubiera…

Le interrumpe el teatral bostezo de Cipión.

CIPIÓN: Si en describir tus amos y sus hazañas te has de estar tanto como hasta aquí, habrán de dejarnos juntos un año entero. Y aun así, a este paso no llegarás a la mitad.

AMO PROPIETARIO: Póngale de comer, que se le notan los huesos del espinazo.

BERGANZA: Ganas me dan de besarte, amo, y de jurarte que te seré tan fiel como tú eres liberal conmigo, pues la fidelidad…

CIPIÓN: Adelante, que ya te ha entendido.

BERGANZA: Ojalá que, como él me entiende, me entendiese esta otra.

AMO PROPIETARIO: Déle otra galleta, mujer, que el pobre tiene una noche de trabajo por delante. No se olvide de dejarle cena al niño. Buenas noches.

BERGANZA: Y me dispongo a vigilar la propiedad. Seguro que ahí fuera hay mucho bribón que codicia lo que hay dentro. Aunque, bien mirado, ¿qué hay dentro? ¿Qué podrían llevarse?

CIPIÓN: ¿Qué codicia éste?

BERGANZA: Éste que entra por el garaje dando tumbos es el niño. Ya no cumple menos de treinta. Se va a la cama sin cenar, si es capaz de  encontrar su alcoba. ¿Has visto el Ferrari? El padre, en cambio, va en metro a sus negocios.

CIPIÓN: Muchos poderosos son mayores en su sombra que en sí mismos. Presumen de modestos y no muestran su poder en la propia persona, pero su ambición muere por manifestarse y marcan a sus vástagos como príncipes.

BERGANZA: No es mala la ambición si no hace daño a un tercero.

CIPIÓN: Rara vez se cumple con la ambición sin daño de tercero.

BERGANZA: Había entendido que no te gustaba la murmuración.

CIPIÓN: ¿Me has oído murmurar?

BERGANZA: Acaba un murmurador de calumniar diez linajes y, si le reprendes, responde que él no lo decía por nadie.

CIPIÓN: ¿De quién he murmurado yo?

BERGANZA: Hay que esforzarse mucho para tener coloquio sin caer en murmurar. En mí a tres palabras que digo me acuden malicias a la lengua como mosquitos al membrillo. El hablar mal, en la leche lo mamamos.

CIPIÓN: Cuando hablaba de la ambición, hablaba en general. Filosofaba.

BERGANZA: Pienso si no será tentación del demonio ese ímpetu de filosofar que te ha venido. Tengo visto que no encuentra la murmuración mejor disfraz que parecer sentencia de filósofo. Algunos se proclaman filósofos para vocear defectos ajenos. Pero no hay filosofía ni vida de filósofo que si la escudriñas no la halles llena de vicios. Al murmurar llaman filosofar. A la plaga de la murmuración dale el nombre que queráis, que yo la llamaré filosofía.

CIPIÓN: Te propongo que usemos un remedio. Cada vez que vayamos a caer contra el precepto de no murmurar, o de no filosofar, mordámonos la lengua. La aversión al dolor nos hará evitar la culpa. Y ahora, por tu vida, sigue con el cuento.

BERGANZA: Nos hemos de morder tantas veces que nos quedaremos sin lengua. Sólo eso nos impediría murmurar.

CIPIÓN: Y filosofar.

BERGANZA: Lo dices como si supieses qué es filosofía y yo no lo supiese.

CIPIÓN: La palabra se compone de dos griegas: «filos», que quiere decir «amor», y «sofía», que es…

BERGANZA: Mucho sabes, Cipión, ¿quién te enseñó nombres griegos?

CIPIÓN: Lo sabrás cuando llegue la hora de mi cuento. Si es que le deja noche el tuyo, que ya parece pulpo según le añades colas.

BERGANZA: Habla con propiedad, que no se llaman colas las del pulpo.

CIPIÓN: Llámalas como gustes, pero vuelve a vigilar la propiedad.

BERGANZA: Como vigilando me estoy bastante ocioso y la ociosidad es madre de la filosofía, me doy a filosofar. Así que, Cipión, para que el cuento sea preciso, tendrás que oír mis filosofías.

CIPIÓN: Qué le vamos a hacer, Berganza, filosofea.

BERGANZA: La vida es un juego de bolos, me digo. La mano que te pone en pie, esa misma te derribará. ¡Y qué duro será verse por el suelo cuando se ha estado erguido! La continuidad de las desgracias acostumbra a padecerlas, pero qué duro es ir de la felicidad a la desdicha. Como ves, paso una vida de filósofo, o sea, la mejor de las vidas. Pero mi mala sombra no se quedará contenta hasta apartarme de la vida filosófica. Mira quién me distrae.

CIPIÓN: ¿Quién en la noche?

BERGANZA: La criada me llama desde su cuarto, mostrándome una pelota colorada. No es que me interesen mucho las pelotas coloradas, pero por no defraudarla acabo acercándome. Enseguida nos tomamos afición. Me pone los labios aquí, en esta cicatriz del cuello. ¡Qué razón tenía la vieja Cañizares, que me dijo: «¡La boca fue hecha antes para besar que para hablar!» Quiero más. Por señas, ella me dice cómo ganármelos.

CRIADA: Sacas de casa la pelota y se la llevas a aquel hombre, ¿lo ves, en la otra acera?, que él te la va a cambiar por una verde.

BERGANZA: Qué juego más tonto. Ahora tengo que traerle la verde y ella me dará una amarilla, y ahora a cambiar la amarilla por la colorada, y así sucesivamente. Quince veces hago el camino, a cambio de quince besos. La pelota que llevo pesa más que la que traigo. ¿Me toma por tonto? Me apresuro para sorprenderla, entro en la cocina y la veo en acción: no hay pieza de la que no se cobre lo más sabroso. Los jamones los poda como sauces, los salchichones… ¿Me atiendes, Cipión?

CIPIÓN: ¿Quién es esa Cañizares que te dijo: «La boca fue hecha antes para besar que para hablar»?

BERGANZA: Sólo ha sido un soplo de memoria que me ha venido.

CIPIÓN: Estás con una vieja llamada Cañizares. ¡Te habla como si pudieras entenderla! ¿Te escucha?

BERGANZA: Es un recuerdo muy débil y borroso. Debe de ser de un tiempo muy anterior.

CIPIÓN: Un esfuerzo, Berganza. Ese recuerdo es importante. En esa vieja puede hallarse el secreto de tu hablar. (Berganza se esfuerza. En vano.) –Paciencia. De la Z a la A, en algún momento aparecerá esa Cañizares. Adelante, Berganza, continúa relatando en orden contrario tus sucesos.

BERGANZA: Pues de vuelta al hilo, al ver a esa mujer asaltando la despensa…

GUARDIA VIEJO: ¿Quién habla ahí? He oído gente.

GUARDIA JOVEN: Será en sueños.

GUARDIA VIEJO: Te digo que he oído gente.

Cipión ladra y anima a Berganza a hacerlo.

BERGANZA: Me cuesta ladrar como solía.

Cipión y Berganza ladran.

GUARDIA VIEJO: Tienes razón, sería en sueños.

BERGANZA: Al ver a esa mujer asaltando la despensa, me asalta a mí la cólera.

Ladra a la Criada.

CIPIÓN: Berganza, «el Centinela». Berganza, «el Guardián del Hogar». Berganza, «el Ángel Custodio»… ¿No crees que sobreactúas?

BERGANZA: ¿Sobreactúo? ¿Hay algo más bajo que el servidor ingrato? ¿Hay peor ladrón que el doméstico, que roba a su señor el dormir con confianza? Lo peor no es lo que le quita, lo peor es que le hace vivir sospechando de tu sombra.

CIPIÓN: Repara, Berganza, en que esta mujer no es tu enemigo, ni es tu amigo ese hombre al que quieres defender. Repara en lo que, con gestos, intenta decirte la humilde trabajadora.

CRIADA: El amo, en cuanto se le acerca una moneda, la condena a cárcel perpetua. No gasta en diversiones porque su única diversión es no gastar. Por amontonar dinero, hasta de comer se priva. Pero en nada ahorra tanto como en mi soldada. Ese tacaño me paga una miseria. Abriéndole la despensa, me cobro una pizca de lo que me adeuda. (Berganza vacila, pero vuelve a ladrar.) –Piensa en el futuro. Si te enemistas conmigo, te retiraré de tu ración hasta los huesos.

BERGANZA: Pero el ladrar no podrás retirármelo, ni la voluntad de estorbarte. Voy a dar ladridos hasta que el amo despierte. ¿Crees que puedes comprar mi silencio con una longaniza? Qué bien me sabe.

CIPIÓN: Habet bovem in lingua.

BERGANZA: ¿Griego?

CIPIÓN: Latín.

BERGANZA: En este punto, Cipión, tengo otra vez que filosofar un poco.

CIPIÓN: Si es preciso, filosofea.

BERGANZA: Qué poco me gustan los que meten en conversación palabras que no entienden. Hay quien dispara latines no sabiendo conjugar los verbos castellanos. Pero peca más el que dice latines ante quien los ignora que quien los dice ignorándolos. En tiempos de Séneca todos hablaban latín, y algún majadero habría entre ellos. Se puede decir necedad igual en latín que en castellano. Para hablar en latín y callar en castellano, discreción es menester. Tampoco hablar en inglés excusa de ser asno.

CIPIÓN: Basta, Berganza, y comienza a decir tus filosofías.

BERGANZA: Eran las de los latines.

CIPIÓN: El que yo he pronunciado viene aquí de molde. Los romanos tenían una moneda con la figura de un buey, y cuando un juez dejaba de hacer lo justo, la gente decía: «Habet bovem in lingua!», o sea, «¡Tiene el buey en la lengua!».

BERGANZA: La aplicación falta.

CIPIÓN: La criada gana tu complicidad con lo que hurta a tu amo. Con la longaniza entre las fauces se te olvidan tus principios.

BERGANZA: Me parece, Cipión, que inventas dichos y los barnizas de latín para sentar sobre ellos tus lecciones. Habet bovem in lingua. Pues no, mira cómo escupo el embutido y amenazo dentelladas. No temas, no pondré colmillo sobre piel tan blanca. A la belleza hay que tenerle respeto, me conformo con asustarte. No pudiendo rendirme, te me rindes.

CRIADA: En correspondencia por no haberme mordido esta piel tan blanca, voy a cocinarte un solomillo.

BERGANZA: Me sabe a gloria.

CIPIÓN: ¡Vomita, Berganza, que te ha cocido una esponja! ¡Vomita, que a quien come esponja se le hincha el estómago y se le escapa la vida!

BERGANZA: Mira qué inconvenientes nacen de respetar la belleza.

CIPIÓN: Di qué inconvenientes nacen de andar entre bellacos.

BERGANZA: Al desdichado, la desdicha lo busca, y lo halla aunque se esconda en el último rincón de la tierra.

CIPIÓN: Esta vez la desdicha no te ha buscado a ti, eres tú quien ha salido hacia ella. ¿Quién te metió en lo que no te llamaban? Mejor harías alejándote de semejante enemigo.

BERGANZA: Pongo tierra de por medio. Salgo de Madrid sin decir adiós y con dolor de tripas, hacia ninguna parte. A mitad de camino me vence el sueño. Esta noche, duermo sin amo.

CIPIÓN: Y despiertas, con dolor de tripas, al oír una discordia de balidos, mugidos y cacareos que viene del otro lado de una tapia, y piensas si no estará al otro lado de esa tapia tu nueva suerte. Recapacita, Berganza, en que nada ha ocurrido hasta ahora que explique el portento. Y que esa Cañizares aún no aparece. Sigamos avanzando hacia atrás.

BERGANZA: No sé si podré, Cipión, tanto recordar ya me fatiga. Estoy harto de esponjas fritas, palos e inyectables. Empieza a parecerme que en mi vida ha habido poco bueno. Cuando se ha vivido mal, segundo castigo es la memoria. Vidas como la mía más vale olvidarlas. Quédese aquí mi relato, que me entristece. Vamos con el tuyo.

CIPIÓN: Ánimo, Berganza. Ánimo y memoria. ¿Quién es ése que te mira como si te reconociese?

BERGANZA: Su cara me suena.

AMO GEÓMETRA: Yo a ti te conozco. Yo a ti te conozco… Tú eres el que iba detrás de aquel poeta chiflado. ¿Andas sin empleo? Yo tengo algo para ti.

BERGANZA: Es el geómetra de la cuadratura del círculo. Mejor lo dejamos aquí.

CIPIÓN: Vamos, Berganza, valdrá la pena. Veamos cómo te acoplas a tu nueva suerte.

BERGANZA: ¿Valdrá la pena? Ya lo ves: me reciben a pedradas.

CIPIÓN: ¿Quién te apedrea?

BERGANZA: Esos angelitos, en el patio. ¡Ahora trabajo en la enseñanza obligatoria!

CIPIÓN: ¿Nadie les dará un libro que los desasne?

BERGANZA: Los libros les ponen tristes. Suena el timbre y, aunque protesten, los meto en clase. Mi amo me paga para que imponga disciplina.

AMO MAESTRO: Dado que, conforme a la hipótesis, el triángulo es rectángulo, podemos descomponer el ángulo recto C en dos ángulos iguales a A y B en la forma en que se indica en la figura, puesto que, en virtud de la propiedad que acabamos de ver, se trata de ángulos complementarios.

CIPIÓN: Benditos maestros. Con qué solicitud se afanan en enderezar las tiernas varas de la juventud.

AMO GEÓMETRA: Queda el triángulo ABC descompuesto en dos, AMC y CMB, cada uno de ellos isósceles por tener dos ángulos iguales.

CIPIÓN: ¿No será en esas lecciones donde aprendes la lengua de los hombres?

BERGANZA: Yo por entonces ya hablo para mis adentros. Otras cosas aprendo en esta aula. Fíjate en esos dos, ni miran la pizarra. Les gruño para mostrarles mi disgusto, me entremeto para estorbarles sus feos pasatiempos.

CIPIÓN: Alabo tu intención

BERGANZA: Poco me aprovecha. El único que respeta a mi amo es el chico de la última fila.

AMO GEÓMETRA: Ergo MA y MC son iguales, así como MC y MB. Lo que prueba que la circunferencia de diámetro AB, es decir, de centro M y radio MA igual a MB y a MC pasa por C.

BERGANZA: Al fondo hay un armario para dejar mochilas. Allí, junto a cosas que a mí no me aprovechan, hallo otras a las que me entrego con toda mi alma. En un pispás me cepillo diez meriendas.

AMO GEÓMETRA: Por tanto, ¡si un triángulo ABC es rectángulo en C, la circunferencia que tiene por diámetro la hipotenusa AB pasa por el vértice C del ángulo recto! Quod erat demonstrandum!

CIPIÓN: ¿Ya se te ha olvidado lo que acabas de decir contra los latines?

BERGANZA: No soy yo, es el enseñante.

AMO MAESTRO: Quod erat demonstrandum!

BERGANZA: Estoy en la undécima merienda cuando siento una chavala en el cogote. Ésta advierte a los demás, que acuden a rebato armados de cartabones y compases. ¿Cuántos mochilazos no me dan, cuántos puntapieses? No sé si salgo vivo de esta aula.

AMO MAESTRO: Quod erat demonstrandum!

BERGANZA: Renuncio para siempre a la enseñanza.

CIPIÓN: Y buscas casa grande donde valoren tu humildad. Me vas a disculpar, pero…

BERGANZA: ¿Pero qué?

CIPIÓN: Todo este episodio de la escuela… No hay chavales como ésos.

BERGANZA: ¿Me estás llamando mentiroso?

CIPIÓN: Sólo digo que exageras un poco. Y no mientes si tú mismo no distingues lo que recuerdas de lo que inventas.

BERGANZA: No digo que a otro no lo hiciera, pero a ti yo no te miento.

CIPIÓN: Verte apaleado por chavales, eso es… Siniestro.

BERGANZA: ¿Siniestro?

CIPIÓN: Se aplica a algo que sale a luz pero debería haber permanecido oculto. Algo que nos pasó y deberíamos haber olvidado o que nunca debería pasar pero en nuestra cabeza pasa muchas veces y se nos presenta de pronto, como se nos presentan de pronto en el sueño nuestros muertos.

BERGANZA: ¿Por qué siempre buscas complicar las cosas, Cipión? ¿Por qué nunca te conformas con la explicación más sencilla? Todo eso pasó, y como pasó te lo cuento.

Silencio.

CIPIÓN: Démoslo por bueno y sigue. Veamos dónde te hallas antes de tropezar con la enseñanza obligatoria.

BERGANZA: Estoy corriendo.

CIPIÓN: ¿Persigues o te persiguen?

BERGANZA: Aún no lo sé.

AMO POLICÍA: Te atrapé, pulgoso.

CIPIÓN: Te persiguen.

AMO POLICÍA: Yo te voy a enseñar a hacer teatro, pero del bueno.

BERGANZA: Observa, Cipión, la rueda de mi fortuna: un día me hallo filósofo y la víspera a los pies de un policía.

CIPIÓN: Ya no hay tiempo para filosofías sobre la fortuna y sus vaivenes. Pasa adelante, que el amanecer debe de estar muy cerca. ¿Qué demonios hacéis?

BERGANZA: Ronda nocturna.

AMO POLICÍA: A partir del puente, ojito avizor, que eso es Carabanchel y allí no ha llegado la Reconquista. Los más de ese barrio no temen la justicia.

CIPIÓN: ¿Con quién habla?

BERGANZA: Consigo mismo. Aparta, Cipión, no vayas a recibir un mal golpe. ¿No te maravilla la fiereza con que acometemos los mamporros de esos tatuados, los bellos contraataques que dibujamos, cómo nos movemos entre navajas cual si fueran alfileres? Los hacemos recular desde Marqués de Vadillo hasta Aluche, que ya son pasos. Desde las ventanas, los vecinos aplauden nuestra bravura. ¡Toreros! ¡Hemos lidiado con los malos más malos de Madrid! Lo cierto es que…

CIPIÓN: ¿Qué es lo cierto, Berganza?

BERGANZA: ¿Se puede hablar mal de policías?

CIPIÓN: ¿Tú qué piensas?

BERGANZA: Pienso que hablar mal de uno no es hablar mal de todos. No todos se asocian con fulleros. No todos son juez y parte. Por un sinvergüenza que se señale, no se maldice al gremio, ni se culpa a España entera por un súbdito.

CIPIÓN: Razón llevas, pero abrevia.

BERGANZA: ¿No lo ves ahora en un garito de Usera, sentado a la misma mesa que sus rivales?

CIPIÓN: Ya voy comprendiendo en qué se sustenta vuestra valentía.

BERGANZA: Mi amo los tiene a sueldo para hacerse creer que es valiente. Si por casualidad caza a un malhechor auténtico, lo deja ir a cambio de un impuesto. En teatro y recaudaciones se nos va la noche. El amanecer nos halla en este garito de Usera, donde entre trago y trago mi amo cuenta lo que jamás contará a su mujer. ¿Oyes las maldades de que se jacta, los hurtos que refiere, las tropelías de que presume? Poco espera él que al día siguiente…

GUARDIA VIEJO: ¿Quién anda ahí?

GUARDIA JOVEN: ¿Otra vez con ésas?

GUARDIA VIEJO: Esta vez estoy seguro. Hablaban de Carabanchel. Entremos a ver qué es ese coloquio.

GUARDIA JOVEN: No será en la jaula. Será fuera. Serán ésos que viene a mirarlos.

CIPIÓN: Hablemos, Berganza. Habla de lo que las personas. (Haciéndose oír por los guardias.) – ¿Ve usted la multitud de ellos que hay esparcidos por el país? Por maravilla se halla uno bueno. Todos se conocen y entre ellos trasiegan sus hurtos y aunque entienden nuestra lengua hablan entre ellos en la suya para que sus malas costumbres no salgan a ser conocidas. Todos sus pensamientos los dedican a imaginar engaños. Son doctores en embustes. Desde que andan se ejercitan en malicias para robarnos, y con lo que nos roban manejan el país.

BERGANZA: (Haciéndose oír.) –Esta misma tarde me han contado de uno de ellos que iba por Carabanchel con un burro sin cola y en el trasero le pegó una falsa y se lo vendió a un labrador y le sobró cuajo para decirle que si le compraba el hermano le hacía precio. Pues tuvo maña de robárselo, quitarle la cola y vendérselo por segunda vez.

GUARDIA VIEJO: Tenías razón, no es dentro de la jaula. Podemos dormir tranquilos.

BERGANZA: ¿De quién hablábamos?

CIPIÓN: Ellos sabrán. Eso del burro, ¿de dónde lo has sacado?

BERGANZA: Anda que no es viejo ese cuento.

CIPIÓN: ¿Ya no estamos en el garito de Usera?

BERGANZA: Ahora paseamos por Ballesta, entrepierna de Madrid. Verás que también aquí, como en la granja, me toca vigilar carne.

CIPIÓN: Cavilo cómo se podría remediar la perdición de estas chicas, que por no aprender a tiempo buenas costumbres, dan en malas, y de propina pueblan los hospitales de imprudentes.

AMO POLICÍA: ¿Me hará el favor, señora, de mostrarme la licencia?

SEÑORA: No conmigo tretas, agente, que sé despolvorearme. Yo soy mujer cabal y hago este oficio muy limpiamente. El permiso lo tengo clavado en la puerta donde todo el mundo lo vea. Qué se haga en otros cuartos no lo sé, que no nací lince para ver tras las paredes. ¡Pero bonita soy yo para que en mi cuarto se haga nada fuera de las leyes del oficio! Jamás ha habido en mi familia puta de mala sospecha. Así que váyase con Dios, señor. Si no, por mi santiguada que saco a la calle toda la chirinola, que bien nos conocemos. No haga que me aclare más y quedemos todos por buenos. Pero si tiene un rato, pase y nos daremos buen tiempo. Ambos quedaremos contentos. Y si no, acójase a lo sagrado, como hacen los que dejan los vicios cuando ya no pueden ejercerlos.

CIPIÓN: ¿De verdad hablan así estas mozas?

BERGANZA: Hablan más áspero. Yo lo pronuncio así por no ofender tus castas orejas. Mientras mi amo trata con ésta, yo busco mi suerte. Qué guapa esa perrita.

CIPIÓN: ¿Qué te pasa, Berganza? ¡Te estás enamorando!

BERGANZA: Lees en mi alma. Nos perdemos en un callejón. Es la hora más dulce de mi vida. Ojalá durase para siempre. Ojalá pudiera decirte que te quiero, morenita.

AMO POLICÍA: ¿Dónde te habías metido, pulgoso? ¿No ves que tenemos trabajo?

CIPIÓN: Qué graciosa, la pelirroja.

BERGANZA: Ésta sirve a mi amo de cebo para pescar en seco. Observa el procedimiento. La ninfa conduce a un incauto hasta su cuarto. Al poco, mi amo y yo irrumpimos con mucho escándalo.

AMO POLICÍA: ¿No sabe usted que esta señorita es menor de edad? Sírvase ponerse los pantalones, que voy a llevarlo donde hay más sombra. También podemos arreglarlo entre nosotros, más discretamente.

BERGANZA: El incauto abona la tarifa sin rechistar y se va echando leches. Mi amo reparte con la ninfa -la cual no cumplirá los veintinueve- en razón de nueve a uno. La secuencia se repite quince veces.

NINFA: ¿Que por qué aguanto?, me preguntarías si pudieras. Aguanto porque tengo una deuda como un grillete. Aguanto hasta que pesque otro que me defienda de éste.

BERGANZA: Quince veces. Pero a la dieciséis, la ninfa se mete entre mi amo y el incauto.

NINFA: Este panoli acaba de jurarme, si dejo la calle, santo matrimonio. Yo quiero boda, que se me pasa el arroz.

AMO POLICÍA: Si ése se te lleva, tendrá que compensarme. Echa la cuenta y verás que, de lo que me costaste, me debes la mitad.

NINFA: Ya está hablado. Mira esa moto bajo el balcón.

BERGANZA: A mi amo, viendo la moto, le crece el ojo.

NINFA: El problema es que vale el triple de la deuda, y no puede partirse.

BERGANZA: Mi amo, con el ojo hinchado, saca diez billetes.

AMO POLICÍA: Tu libertad y estos diez a cambio de la moto. No lo vale, pero hago el esfuerzo porque te veo ilusionada.

BERGANZA: No pudiendo hablar, señor, ladro para advertirte. Tú me haces callar de tal patada que, si no me aparto un poco, nunca oyeras este cuento. Esta cojera es reliquia de aquella coz. ¿Merecía tal premio mi intención?

CIPIÓN: ¿Aún no sabes, Berganza, que el grande rara vez admite consejo del chico?

BERGANZA: Si hay un futuro para mí, en él recordaré esa advertencia. El caso es que la ninfa se va con su novio y con su dote. Mi amo ya está sobre la moto, más hueco que un aldeano vestido de domingo.

MOTORISTA: ¿Haría usted el favor de bajarse de esa moto?

AMO POLICÍA: ¿Quién es usted?

MOTORISTA: Yo soy concejal, amén de motorista. Ya ve, con esa llave suya no arranca. Sírvase bajar, que a esta preciosidad y a un servidor nos esperan en el distrito de Salamanca.

BERGANZA: Aquí es el gran berrinche, aquí llegan al cielo los gemidos y los juramentos.

AMO POLICÍA: ¡Puta! ¡Voy a devolverte a la trena, donde debierais estar todas las hembras! Y al panoli voy a hacerle trizas. ¡Al ladrón! ¡Vamos, tú, al ladrón!

BERGANZA: Al ladrón, me dice. Yo tengo muy fresca la coz y hago lo que me manda. Lo echo al suelo, lo tengo a punto de dentellada. O así quiero recordarlo.

CIPIÓN: Perdónalo, Berganza, que el daño premeditado es de mal ánimo. Perdónalo y no esperes que él te perdone. Corre antes de que se levante.

BERGANZA: ¿Y mi perrita? Con los ojos me dice que no puede seguirme. ¿Qué voy a hacer sin ti?

CIPIÓN: No vaciles, Berganza.

BERGANZA: Te quiero.

CIPIÓN: Corre, Berganza, mereces mejor amo.

BERGANZA: El que me espera es el del Quod erat demonstrandum.

CIPIÓN: Mientras lo encuentras, déjame decirte que, por lo que he entendido, ya aquí hablabas contigo mismo.

BERGANZA: ¿Sigues con eso, Cipión? Desengáñate, nunca desharemos el misterio.

CIPIÓN: Vamos, Berganza, un esfuerzo más.

BERGANZA: Me tiene desgastado hacer memoria. Empieza tú con lo tuyo y, refrescado, completaré mi relación.

CIPIÓN: Vamos.

BERGANZA: ¿Seguro que quieres contarme tu vida, Cipión? ¿No será que tienes un secreto?

CIPIÓN: Hemos llegado muy lejos, Berganza. La Vieja Cañizares tiene que estar a punto de comparecer. Vamos.

BERGANZA: Más atrás, sólo tengo recuerdos absurdos y mezclados.

CIPIÓN: Cuenta lo que creas recordar, por confuso que parezca.

BERGANZA: Me recuerdo aprendiendo a hacer de perro.

CIPIÓN: Estás realmente cansado, Berganza. Eso que has dicho no se entiende.

AMO POETA: ¡Vive Dios que será la mejor tragedia que se haya compuesto desde Sófocles!

BERGANZA: Dice, y saca un mendrugo de pan tan duro que no consigue hincarle el diente. Lo arroja contra mí.

AMO POETA: Buen provecho te haga.

BERGANZA: Ya ves el néctar que me ofrece. Y lo entrega a mis dientes después de pasarlo por los suyos.

CIPIÓN: Grande suele ser la miseria del poeta.

BERGANZA: Mayor es mi necesidad, que me fuerza a roer lo que el poeta desecha.

CIPIÓN: Bien está con tal de que no te falten un mendrugo y una fuente en que saciar tu sed como monarca. ¿Dónde sigues a ese hambriento? ¿También éste frecuenta aquel garito de Usera?

BERGANZA: Esto es un café en la Glorieta de Bilbao. Escucha la tertulia.

QUÍMICO: ¡Ay, me han retirado la beca! Precisamente cuando estaba a punto

Calla cuando Cipión tapa la boca de Berganza. Lo que le ha movido es la presencia de un Tercero, que les ladra.

CIPIÓN: Ten la lengua, que te pierdes, escóndela al fondo de la garganta. (A traición, el Tercero muerde a Berganza y corre a esconderse. Berganza quiere alzar su voz, pero Cipión se lo impide. Hasta que el Tercero está lejos.) – ¿Qué querías decir a ese valiente?

BERGANZA: Quería decirle: «Ven aquí, hijodeputa».

CIPIÓN: Ése era el perro de los guardias. Uno de ésos que sólo son bravos a la sombra de sus amos.

BERGANZA: Cerrándome la boca, me has salvado, Cipión.

CIPIÓN: Pues págame abriéndola para completar tu cuento.

QUÍMICO: ¡Ay, me han retirado la beca! Precisamente cuando estaba a punto de fabricar la piedra llamada filosofal, que vuelve en oro la roca. Más que por mí, me duele por España.

AMO GEÓMETRA: Bien exagera usted su desventura. Al fin y al cabo, tiene la fórmula de la piedra. Mi desgracia no encuentra en qué consolarse. Veinte años hace que, en este país enemistado con las ciencias exactas, persigo la cuadratura del círculo. Me parece haberla hallado cuando me descubro lejísimos de ella. Subo y bajo como un Sísifo, más solito que él, porque ni un pedrusco me acompaña.

ECONOMISTA: Para ambos habría recursos si el Gobierno atendiese mi propuesta. Yo, señores, he remitido un estudio a fin de sanear sus cuentas. Propongo que se obligue a todos, de entre doce años y setenta, a ayunar un viernes al mes, y que lo que se ahorre se entregue a Hacienda sin defraudar un céntimo. Pronto quedará el Estado libre de deudas. Porque si se hace la cuenta, como yo la tengo hecha, hay en este país miles de esa edad y ninguno dejaría de ahorrar, tirando por lo bajo, la cantidad que anoto en esta servilleta para que quede registrada. A los ayunantes esas medidas les serían provechosas en lo referente a sus saludes. Todo cuadra, pero el ministro no da respuesta ni a este informe ni a los treinta que antes le remití.

AMO POETA: Yo de economías, químicas y matemáticas poco entiendo, así que mal puedo hacerme cargo de sus desdichas. Pero les aseguro, señores, que no se igualan a la mía. ¿No he guardado lo que Aristóteles manda en su Poética? ¿No he cumplido, como pide Horacio, que no se dé a luz sin que pasen por la pieza nueve años de sombra? ¿No me ha ocupado diez esta obra grave en el tono, original en la invención, entretenida en los episodios, completa en la división -porque el principio responde al medio y al fin-, una tragedia alta, sonora y sustanciosa? Pues con todo esto no he encontrado compañía que me la represente. Si bien tengo mucha esperanza en una troupe con la que me he citado aquí esta tarde.

QUÍMICO: ¿Y de qué trata la obra, si puede saberse?

AMO POETA: Trata del Papa. (Silencio.) –Parte en octavas y parte en verso heroico. Todo esdrújulamente, o sea, en sustantivos esdrújulos, sin admisión de llanas ni de agudas. Pero allá donde llevo mi tragedia, se me quejan de los muchos personajes.

AMO GEÓMETRA: Eso de quejarse tiene muchos partidarios en España.

QUÍMICO: Los que más se quejan son esponjas de taberna.

ECONOMISTA: En este país sobran ganapanes, cuentistas y adictos a comer si trabajar.

CIPIÓN: La lengua, Berganza.

BERGANZA: No es la mía, es la de ellos.

CIPIÓN: ¿No hay nada de la tuya, Berganza? Esos lenguajes tan bastardos, ¿son así sin que tú pongas?

BERGANZA: Tienes razón. (Se saca la lengua para mordérsela. Se arrepiente.) –Ya sé lo que prometí, pero hoy no se hacen las promesas con el rigor de antes, y conviene que así sea. Hoy se hace una promesa y mañana, por prudencia, se incumple. Ahora prometes enmendarte de un vicio y al poco recaes por no sufrir un daño mayor.

CIPIÓN: Si fueras persona, serías cínico, que quiere decir filósofo perro.

BERGANZA: Quedándome cosas por decir, preciso la lengua entera. Muérdase el diablo.

CIPIÓN: Si al salir el sol nos separan, será como arrancarnos las lenguas. Concluye ya tu cuento sin desviarte más.

BERGANZA: Tengo delante cuatro ases. ¿A quién de ellos seguirías tú, si pudieras elegir amo?

CIPIÓN: Yo de éstos escapaba como de jinetes del Apocalipsis. ¿Quiénes son esos otros que ahora entran?

BERGANZA: Éstos son la Compañía, que todo lo hacen juntos.

COMPAÑÍA: ¿Se ha resuelto por fin el tercer acto?

AMO POETA: Gallardamente.

COMPAÑÍA: ¿De qué manera?

AMO POETA: De una bien rotunda: llega el Papa de pontifical con sus cardenales, todos vestidos de morado. Al fondo, a modo alegórico, salen dos perros.

COMPAÑÍA: Niños y animales nos los tenemos prohibidos. En cuanto a los cardenales, ¿de dónde quiere que saquemos tanta tela y tanto figurante?

AMO POETA: Imagen tan soberbia no puede perderse. Piensen lo que ha de impresionar la caída de telón sobre el colegio cardenalicio. Y en el centro, el Sumo Pontífice.

COMPAÑÍA: Tendrá que conformarse con un par de cardenales.

AMO POETA: Retírenme uno y les retiro la obra. Es preciso que salga a escena todo el cónclave.

COMPAÑÍA: Echemos un vistazo a ese libreto.

La Compañía hojea la tragedia. Las hojas que van cayendo las atrapa Cipión.

CIPIÓN: Se ha equivocado de género. No es tragedia, es comedia, ¡y musical! Un musical sobre el Papa. Bailando bajo la lluvia en la Plaza de San Pedro, con los cardenales haciéndole los coros.

COMPAÑÍA: Ya le llamaremos.

BERGANZA: La Compañía se va y mi amo se abraza a su tragedia.

AMO POETA: Esto me pasa por servir margaritas a los puercos.

CIPIÓN: ¿Por qué sólo te arrimas a mentecatos o a malvados?

BERGANZA: Mi perra suerte.

CIPIÓN: No te quejes de tu suerte, que suenas a hombre.

AMO POETA: Esto me pasa por servir margaritas a los puercos. Si tú y yo sumásemos destrezas, no necesitaríamos a esos analfabetos.

CIPIÓN: Huye, Berganza, que está armando compañía.

BERGANZA: El hambre aviva el ingenio.

CIPIÓN: El hambre achica el ingenio. Aléjate de éste genio.

BERGANZA: Determino seguirle a buscar aventura, que la encuentra el que se muda. Voy a acomodarme a él, así me lleve a Nápoles o a Flandes. ¿No dice el refrán «Quien necio es en su villa, necio es en Castilla»? Andar tierras hace a los hombres discretos. El griego Ulises debe su fama de astuto a haber comunicado con muchas gentes…

CIPIÓN: Tienes razón, pero dime ya qué hace este hombre.

BERGANZA: Yo diría que imita a un perro.

CIPIÓN: Qué afición tan fea. Rebuznar, fingirse mono o hacer el perro es propio de hombre bajo. Me pone enfermo ver a un humano a cuatro patas. A tu amo estas habilidades sólo pueden traerle mala fama.

BERGANZA: Imita a un perro por animarme a imitarlo. Qué mundo el de la farándula, Cipión, qué extraños seres los cómicos y qué raras sus costumbres. Cuántas cosas verás aquí que piden enmienda.

CIPIÓN: Temo que se te abre ancho campo para dilatar tu plática. Y que, si cuentas tan a menudo como hasta ahora, se nos vaya la noche.

BERGANZA: Pues, abreviando, mi amo me enseña destrezas que otro con menos talento no asimilaría. En poco tiempo sé hacer corvetas como chucho napolitano y andar a la redonda como sabueso de tahona, con otras habilidades que se podría dudar si soy demonio en forma de can.

AMO POETA: Nos anunciaremos como «Teatro cínico ambulante» y representaremos a un precio o a otro, según sea el sitio grande o chico. Cuando lleguemos a un lugar, echaremos los carteles, y como nuestra fama se nos habrá adelantado, en una hora se nos llenará el teatro. Comenzaremos la función en el número del aro. Brazo en alto, señal de salto; bastón bajo, te quedas quieto. Vamos a ensayarlo. ¡Ea, perrito, por el vino de Valdeiglesias –suponiendo que estamos en Valdeiglesias-, que es mejor que el de La Rioja! ¡Alejop! Ahora, hacia atrás, ¡por las mozas de Valdeiglesias, que no tendrían más gracia si fueran venezolanas! ¡Alejop!

CIPIÓN: Pienso si no será este amo quien, ya que no la voz, te dio ese estilo de lengua tuyo, que parece de otro tiempo.

AMO POETA: Esto será en las villas. En capitales, nos especializaremos en vanguardia. Yo pronunciaré un monólogo con abundancia de tacos y tú improvisarás como se te ocurra. Lo único fijo será que, haciendo yo un corte de mangas, tú saltarás al patio de butacas y atacarás al respetable. ¡Que al diablo se den todos! Trata a mordiscos a cuantos puedas, que a ellos les dará mucho gusto y a nosotros mucha ganancia. En temporada y media nos retiraremos a la vida pastoril, que es la más armoniosa de las vidas. Cuando seamos pastores dormiremos al raso y cambiaremos de nombre, pues allí todos se llaman Erastro o Laurencio.

CIPIÓN: ¿Y a cuántos mordiste?

BERGANZA: Verás, Cipión, llega la noche del estreno en Madrid y el público me da tanto miedo que me quedo en blanco.

AMO POETA: Perezoso estás, ¿no vas a asaltarles, pulgoso? (Al público.) –Doce entremeses le tengo enseñados, que por oírlos vale la pena caminar treinta leguas. Baila charlestón mejor que su inventora. A cambio de una frasca, que se bebe sin derramar gota, baila el dorremí como un sacristán. Todas esas mercedes las irán descubriendo ustedes esta noche. Pero lo que mejor hace es morder orejas, como en seguida van a presenciar. Luego podrán ustedes practicarlo los unos con los otros. (A Berganza) –Salta ya, pulgoso.

CIPIÓN: ¿Muerdes o no muerdes?

BERGANZA: Estoy por decidirme cuando irrumpe la fuerza pública. No habrá segunda función.

AMO POLICÍA: ¡Se suspende este espectáculo indecente! ¡Quedan requisados atrezo, vestuario, escenografía y taquilla!

BERGANZA: Y yo con todo eso.

AMO POETA: Yo te voy a enseñar a hacer teatro, pero del bueno.

BERGANZA: Ya lo creo que me enseñó, y salí águila en eso.

CIPIÓN: A hacer el mal pronto se aprende. De modo que es el teatro lo que te lleva a Madrid y al Cuerpo de Policía. Todo cuadra. Pero qué extraño me ha parecido, Berganza, este último recuerdo.

BERGANZA: También a mí. No puedo más, Cipión. Aquí me quedo.

CIPIÓN: Ya no puedes parar. Vas a seguir hasta deshacer el enigma.

BERGANZA: No, Cipión. Me da pánico seguir entrando en el pasado.

CIPIÓN: No tengas temor, que yo te acompaño.

BERGANZA: Me estás haciendo sufrir. ¿Quién eres en realidad? ¿Eres amigo o enemigo?

CIPIÓN: Soy tu amigo, Berganza.

BERGANZA: Cierro mi boca, Cipión. Y si me vuelves a pedir que la abra, lo haré para abrirte a ti a dentelladas.

Se prepara para atacarlo. Silencio.

CIPIÓN: ¿Qué haces debajo de esa cama, Berganza?

BERGANZA: Yo diría que me escondo.

CIPIÓN: ¿Perseguido otra vez?

BERGANZA: Me he colado por esa ventana.

CIPIÓN: Y ése que está sobre la cama, ¿quién es?

BERGANZA: Digo yo que el dueño de la casa.

CIPIÓN: Alcanza la puerta antes de que te descubra.

BERGANZA: No puedo salir a la calle. ¿No oyes esas voces? Me buscan.

CIPIÓN: Sea quien sea el que te persigue, mi instinto me dice que éste tiene más peligro.

BERGANZA: Intento escurrirme hacia la puerta. El vejestorio salta de la cama y me cierra el paso.

AMO CAÑIZARES: ¿Te ibas sin despedirte, morenito?

BERGANZA: ¿Morenito?

Cañizares intenta besar a Berganza, que evita el beso.

CIPIÓN: Bien haces en apartar el morro. No es regalo, sino tormento, dejarse besar por éste.

BERGANZA: Me sienta en la cama. Me divido entre el asco y la curiosidad. ¿Morenito?

AMO CAÑIZARES: Pero si estás empapado, morenito. Deja que te caliente.

CIPIÓN: ¿Estás empapado?

AMO CAÑIZARES: Sé que te doy grima, pero ya me dirás dentro de un ratito. ¿Ves esta piel reseca, estos labios blancos, estos pechos yertos? Pronto verás la piel más limpia, los labios más jugosos, unos pechos llenos. ¿Te parece imposible? No hay imposibles para la Vieja Cañizares.

CIPIÓN: ¿Ha dicho…?

AMO CAÑIZARES: Si se me antoja, cubro de nubarrones el sol o pongo en calma el más turbado cielo. Por diciembre tengo rosas en mi jardín, en enero siego trigo. Sólo por reírme, convierto a un hombre en vegetal. ¿Ves ese cactus? Antes era funcionario.

CIPIÓN: Cuidado, Berganza, no te haga ensalada y se te zampe.

AMO CAÑIZARES: Igual traigo volando un monte desde lejanas tierras que remedio a la doncella descuidada en guardar su entereza. Encubro malos partos. Ayudo a engendrar sin varón. Y en esta mano te doy a ver los muertos que me pidas.

CIPIÓN: Amigo, esta casa huele a azufre. Busca una salida.

AMO CAÑIZARES: No creas que no he intentado dejar estos vicios en que ando engolfada y este modo de hablar, que es de otro tiempo. ¿Qué más quisiera yo que apartarme de esta habla y del pecado? Pero el de hablar antiguo y el de embrujarse son vicios dificilísimos de abandonar. Ésos y el de dormir con chavalitos. Mira que me gusta hablar, pues más me gusta dar besos, la boca está hecha antes para besar que para hablar. ¿Te han dicho que eres un hombre bien guapetón?

BERGANZA: ¿«Hombre» ha dicho? Muy corta está de vista.

CIPIÓN: Síguele la corriente hasta ver en qué para.

AMO CAÑIZARES: A mí no me importa que seas morenito. Cuanto más tostado, más sabroso.

CIPIÓN: Dale carrete, Berganza. Que no calle.

BERGANZA: ¿Puedo hablarle?

CIPIÓN: ¿No ves que te trata como hombre? Aprovecha su confusión.

BERGANZA: No sé si ya conozco su idioma o si es ahora, al recordar aquello, cuando lo entiendo.

CIPIÓN: Tú haz como que ya lo conoces.

BERGANZA: ¿Y qué le digo?

CIPIÓN: Dile, por ejemplo: «¿Suele hacer este clima en esta zona?». Por ver si le sacas la zona en que estás.

BERGANZA: ¿Suele hacer este clima en esta zona?

CIPIÓN: ¿Lo dices por el calor o por la humedad, salao?

BERGANZA: Se siente la cercanía del mar en costumbres y vestimentas.

CIPIÓN: Al grano, Berganza, que ya clarea. Averigua en qué sitio estás y en qué fecha. Dile…

BERGANZA: ¿Cuándo y dónde se celebran los próximos Juegos Olímpicos?

CIPIÓN: Di lo que quieras y como quieras.

BERGANZA: No digo más porque siento golpes en la puerta. Él no quiere oírlos, concentrado en explorarme.

AMO CAÑIZARES: ¿Quién llama a estas horas? Sea quien sea, ¡no puedo abrir! ¡Estoy en cama con mucha jaqueca!

VOZ: Buscamos a un moreno. Se hundieron a cien metros de la costa, pero vimos a uno alcanzar la orilla. ¿No lo habrá visto usted?

AMO CAÑIZARES: ¿Un moreno? ¿Es que vamos a importar a todos los hambrientos del mundo, hasta que se nos coman? Descuide, que si lo veo enseguida les aviso. Tú tranquilo, que esta bruja sabrá encubrirte. En mi casa no necesitas papeles. El único documento que precisas lo llevas entre las piernas. Y en esta cama hay sito para ti y para tu tribu entera.

BERGANZA: No entiendo nada, Cipión. ¿Éste me convirtió en perro? Ganas me dan de embestirlo a mordiscos.

CIPIÓN: Deja en paz a este chiflado. No es él quien hizo de ti un perro. Entre todos hicieron de ti un animal.

BERGANZA: No te entiendo, Cipión… Pero míralo, ahora prende fuego y pone sobre él una marmita… Mira qué hierbas vuelca, qué tierras, qué líquidos, ¡salen humos de todos los colores, la casa parece una caldera! Está hirviendo, pero él mete la mano en la marmita como en agua tibia. Saca un ungüento. Me lo da a oler.

AMO CAÑIZARES: El vulgo dice que está hecho de la sangre de los niños que ahogamos. Falso de toda falsedad. ¿Qué provecho sacaría mi Señor de hacernos matar criaturas tiernas, si por tiernas se van al cielo? La pesadumbre que se da a los padres matándoles los hijos no justifica el esfuerzo. Y si lo hiciésemos, serían consentidas por Dios, que sin su permiso ni mi Señor puede ofender una hormiga.

CIPIÓN: Ahora que se ensimisma en su discurso, busca un espejo, mírate y dime qué ves.

AMO CAÑIZARES: Todas las desgracias que pasan a las gentes, las muertes súbitas, los naufragios, los incendios, todos los males son consentidos por Dios, que presume de impecable.

BERGANZA: ¿Cómo entiende tanto de Dios y obra tanto del diablo?

AMO CAÑIZARES: Dirás tú: «¿Por qué no deja de ser bruja, siendo tan teóloga?». A esto te respondo, como si me lo preguntaras, que la costumbre vuelve el vicio en naturaleza, y el de ser bruja enfría tanto mi alma que ni me acuerdo de los espantos con que Dios me amenaza ni de las glorias con que me convida. Ya sé que los gustos que me da mi Señor son sólo aparentes, pero esos falsos deleites me tienen echados grillos a la voluntad. Ni un buen pensamiento se me pasa por el cráneo. Siempre seré mala.

BERGANZA: Y sobre estas palabras empieza a desnudarse.

AMO CAÑIZARES: No ayuno, porque me dan vahídos; ni ando romerías, por la flojera de mis piernas; ni doy limosna, porque soy tacaña; ni pienso bien de nadie, porque prefiero murmurar. Pero lo mucho que peco, lo peco en secreto, y lo poco que rezo, lo rezo en público. Las apariencias me acreditan en el barrio. Acércate, hombre.

BERGANZA: Cada vez que me llama hombre, me atraviesa a lanza el corazón.

AMO CAÑIZARES: Soy vieja, pero aún puedo vivir un año. Y mientras llega la parca, buenos ratos me dan mis unturas. Ya aprenderás que el placer crece con el acabamiento. Las hay brujas más tiernas, pero ninguna se me sube a las barbas en saber de ungüentos. Mis fórmulas las reservo para mí y me moriré sin revelarlos a ninguna, porque hasta con las malas soy mala.

BERGANZA: Y se aplica el ungüento, que le da escalofríos de gozo.

AMO CAÑIZARES: No me mires mal, que por ti lo hago. Para gustarte, tengo que untarme. No te espantes si untada desaparezco, que aún estaré a tu lado, aunque mudada de forma. Me verás como gallo, lechuza o cuervo y te llevaré volando donde mi Señor nos espera. Todo se lo debo a él, príncipe de las tinieblas.

BERGANZA: Y murmurando un juramento del que no quiero acordarme, cubre de grasa los últimos rincones de su cuerpo.

AMO CAÑIZARES: Allí, en el país de mi Señor, recuperaré mi forma de cuando muchacha, para que tú la goces. Muy pronto verás en mí a la mujer más bella. Dame la mano.

CIPIÓN: No se la des.

AMO CAÑIZARES: ¿Recelas? ¿Así pagas las caridades que te estoy haciendo? ¿Prefieres que llame a esos brutos que te buscan? Conmigo lo pasarás mejor. ¿Sabes que las brujas nos juntamos con nuestros invitados en una pradera y allí pasan cosas que ni yo me atrevo a contarlas? Cierto que a esos convites ni nosotras ni ellos vamos en cuerpo, sino con la fantasía, pero lo que allí pasa de mentira es tan intenso que vale más que lo que en verdad pasa.

CIPIÓN: Atrás, Berganza.

AMO CAÑIZARES: De propina, si me acompañas, podrás preguntar a mi Señor por lo que te espera y por aquello que no comprendes de lo que ya has vivido. A lo preguntado, mi Señor nunca responde a derechas, sino mezclando frases rectas con torcidas, pero yo te valdré de traductora, y de su turbio discurso sacaremos la verdad de tu vida. Dame la mano y te presentaré al que todo lo sabe.

Le ofrece la mano; Berganza va a tomarla; Cipión quiere impedírselo.

BERGANZA: Atónito estoy por ver en qué para todo esto.

Toma la mano de Cañizares.

AMO CAÑIZARES: ¿Estás ahí, mi dueño? Ábreme, señor, tu amiga Cañizares soy, y vengo acompañada.

BERGANZA: Y apenas acaba de cubrirse de ungüento, se desploma. Acerco mi hocico a su boca. No respira.

CIPIÓN: Gran temor me da verte a solas con esta figura delante. ¿No te asustan la mala ocupación de su alma y la peor visión de su cuerpo?

BERGANZA: ¿De qué hablas? Nunca he visto ni veré una mujer tan bella.

CIPIÓN: ¿Una mujer bella, eso ves? Te ha hechizado, Berganza. ¡Despierta, amigo! ¿No ves que no tiene carne en los huesos? ¿No ves que la piel es curtida y vellosa, como de estraza? ¿No ves que con el cuero de la barriga, que es de badana, tiene para cubrirse las partes deshonestas y aun le cuelga hasta las rodillas? ¿No ves denegridos los labios, traspillados los dientes, la nariz corva y entablada, desencasados los ojos, desgreñada la cabeza, angosta la garganta…?

BERGANZA: Y las tetas semejantes a vejigas secas.

CIPIÓN: Si has despertado, aléjate.

BERGANZA: No, Cipión, quiero ver en qué para este viaje y qué me enseña del futuro y del pasado. Voy a morderla por ver si así vuelve. Pero no encuentro lugar donde hacerlo sin asco. Estoy buscando parte donde el disgusto no me estorbe hincarle diente cuando derriban la puerta. Corro a meterme otra vez bajo la cama.

UNO: No tiene pulso.

DOS: Ya la bendita Cañizares es muerta.  Mira cuán desfigurada la tenía la Cuaresma. Expiró en éxtasis, de puro buena. Ha rendido el alma con tal sosiego que parece como en un tálamo de flores.

UNO: Atiende a esa marmita. El puto viejo debía de ser bruja. No está muerto, sino untado.

DOS: Llamemos al cura, que estudió exorcismos y sabrá conjurarla.

UNO: Mira mis exorcismos.

BERGANZA: Patean a mi amo, la pobre. Ni por ésas despierta.

DOS: ¿Y si le echamos agua bendita?

UNO: Menos aguas y más palos. Santíguale los lomos.

BERGANZA: Ponen su sueño a prueba de paliza. ¡Basta! ¡Dejadla en paz!

DOS: ¿Quién es éste?

UNO: Éste será el demonio de la bruja.

CIPIÓN: Explícate, Berganza, que te toman por diablo.

UNO: Si eres demonio, sabrás leer. Lee aquí. ¿No sabes? Yo te traduzco. Es la ley. Está para protegerte. Van a intentar abusar de ti, la ley lo dice. La ley dice que, sin la ley, vales menos que un perro.

DOS: Al suelo, animal, a cuatro patas. ¿Incómodo? Haberlo pensado antes de venir donde no te llamaban.

UNO: Pero progresarás si te esfuerzas. En la vida hay que tener afán de superación. Que te decimos «haz esto», tú lo haces. Sin preguntar.

DOS: Que te decimos «a esconderte», tú te escondes. Sabes esconderte, qué coño. Que alguien te pregunta, tú te haces el mudo. Sabes callarte, coño.

UNO: A nosotros no nos conoces. Esto es un secreto entre nosotros y tú.

AMO CAÑIZARES: ¡Bellacos! ¿Qué estáis haciendo a mi morenito? ¿Qué me habéis hecho?

BERGANZA: Parece venir del mismo infierno. Se duele de todos los mamporros que le han dado. Agarra a los bellacos por el cuello.

AMO CAÑIZARES: Escapa, morenito, corre muy deprisa.

BERGANZA: Y deprisa corro hasta que me vence el cansancio. No puedo más, me echo a dormir. Sueño que sigo corriendo y que así tendré que sobrevivir siempre, por velocidad, sueño que siempre viviré escondiéndome del mundo. Me despierta una voz entusiasmada.

AMO POETA: ¡Vive Dios que va a ser la mejor tragedia que se ha escrito desde Sófocles!

Berganza despierta, sobresaltado. Pero ahora no se comporta como un perro, sino como un hombre en desamparo. El Amo Poeta saca un mendrugo de pan tan duro que no consigue hincarle el diente. Acaba arrojándolo contra Berganza. Éste se echa sobre él como un perro. Cipión le obliga a erguirse. Berganza y Cipión se miran.

BERGANZA: ¿Hemos estado buscando respuesta a una pregunta equivocada? La pregunta no es cuándo empecé a hablar, ¿verdad? La pregunta es cuándo empecé a sentirme perro. ¿Es eso, Cipión?, ¿fue la gente la que me hizo perro? ¿Me hicieron perro de tanto hacerme perrerías? Dime algo, Cipión. Desde hoy, ¿cómo habré de tratar a los perros que me encuentre? Y a los hombres, ¿cómo?

Silencio.

CIPIÓN: Reparemos en lo que has contado esta noche. ¿Podemos dar crédito a esos recuerdos tuyos? Grandísimo disparate sería creer que alguna vez fuiste hombre.

BERGANZA: Pero yo recuerdo claramente…

CIPIÓN: Como tú sueles decir, tiene que haber una explicación más sencilla. Tu hablar de otra parte viene y otro misterio contiene. Eso que te parecen recuerdos no deben de ser sino sueños. O cuentos como el del hombre lobo, con los que las viejas se entretienen al fuego las largas noches de invierno. Sumando a Cañizares, me salen siete amos. Siete precisamente. Un número de cuento.

BERGANZA: Todo lo que he dicho es verdad.

CIPIÓN: No te estoy llamando mentiroso. Pero quizá tus palabras haya que tomarlas en sentido metafórico.

BERGANZA: ¿?

CIPIÓN: Metáfora significa que la palabra no dice lo que la letra suena, sino otra cosa diferente, aunque semejante.

BERGANZA: ¿Diferente aunque semejante?

CIPIÓN: Por ejemplo, cuando dices: «Fue la gente la que me convirtió en perro». Lo que quieres decir es que a veces se te olvidaba tu ser animal, pero la gente te lo recordaba.

BERGANZA: ¿Eso quiero decir?

CIPIÓN: Más o menos.

Silencio. 

BERGANZA: ¿Y si no fuese metáfora sino la verdad monda lironda? Si así fuese… Si un día fuimos hombres, quizá otro volveremos a nuestro ser. Quizá un día recuperemos nuestro ser humano, si un día fuimos hombres.

CIPIÓN: Olvídalo, Berganza. Por más que hagamos, seguiremos tan canes como hoy nos vemos. Conformémonos, como hasta ahora, con comer de vez en cuando. El amo tira un palo y espera que se lo devuelvas, y quizá te premie si lo haces bien. Eso es todo lo que podemos esperar. ¿O prefieres decirte que somos el delirio de un enfermo y nuestras voces frutos de su fiebre? Yo quiero creer que al menos somos perros. Y, puesto que el amanecer ya apunta, más vale poner fin a nuestra plática. Despidámonos del habla.

BERGANZA: ¿No hablar? ¡Ni hablar! Ahora sé que, si te roban la palabra, te lo roban todo. Mucho me queda por decir. Los sucesos que has oído sobre mis caminos y amos no son nada comparado con…

CIPIÓN: Ahí la tienes, la primera luz del día. Ese resto que te queda por decir, tendrás que dejarlo para otra noche, si es que ha de haber otra.

BERGANZA: Quizá haya por ahí más como nosotros. Perros que hablan. Quizá, si nos juntamos…

CIPIÓN: Confórmate con ser buen perro.

BERGANZA: Si nos juntamos, entre todos…

CIPIÓN: Calla, que se acercan. Haz que duermes

Cipión se hace el dormido; Berganza, no.

GUARDIA VIEJO: Tú atiende a ver cómo lo hago. Lo mejor es aplicársela al pescuezo, donde más dura el efecto. Empecemos por éste, que ya está roque. Al otro tendrás que sujetármelo. Luego, al transporte, y una vez allí, si te he visto no me acuerdo. Nosotros los tratamos humanamente, conforme a la ley, lo que les pase allí no es asunto nuestro. Se trata de que al final podamos decir: «Teníamos un problema y lo hemos solucionado». Prepara la anestesia.

BERGANZA: No te dejes, Cipión, defiéndete.

CIPIÓN: ¿Cómo perro o como hombre?

BERGANZA: Como hombre, Cipión. Como hombre rabioso. Pelea y sígueme.

CIPIÓN: ¿Adónde, hermano?

BERGANZA: A un lugar mejor. A un lugar donde ser hombres.

Berganza y Cipión se disponen a luchar.

 

Leer la obra original de Miguel de Cervantes:

El coloquio de los perros